Esa maldita pared,

Que no deja que nos acerquemos.

José Manuel Soto

 

Por Arturo J. Flores

Escribo estas líneas, al día siguiente de ir a ver a El Mató a un Policía Motorizado. “Ir a ver” es un decir, porque no vi casi nada. Podría decirse que escuché a la banda argentina mientras contemplaba el esplendor de una espalda.

Por más esfuerzos que hice para encontrar una rendija que me permitiera asomarme al escenario, igual que un adolescente lo haría por mirar, a través de la cerradura del baño, a su tía mientras se ducha, casi todo el tiempo me mantuve confinado a esa pared humana, como la que Trump quiere construir en la frontera con México.

Mido 1.63 cm y después de más de 20 años yendo a conciertos, puedo concluir que la música en vivo no es una pasión para chaparros. Tarde o temprano te resignas, pero resulta frustrante sentirte escuchar tu canción favorita detrás de algo similar a lo que los vikingos llamaban Skjaldborg (el “shield wall”), formación militar que repelía el avance del ejército contrario, mediante la apilamiento de escudos hasta parecer un gigantesco caparazón de tortuga.

En mis tiempos chaparros conciertos CDMX

De no ser porque en la mayoría de los festivales se colocan pantallas, muchos nos habríamos resignado a pagar por un boleto completo, aunque sólo utilicemos en la experiencia un tercio de nuestros sentidos.

A excepción del Auditorio Nacional, que aunque presenta el insultante inconveniente de prohibir el consumo de bebidas en su interior, pero está construido como una fosa en la que el escenario se sitúa en el fondo, la mayoría de los venues fueron construidos en gente alta. Los hobbits somos discriminados en la tierra de Aragorn. Porque hay una ley no escrita que dice que en un concierto, el que se pare delante de siempre será enorme.

Por razones que no vienen al caso, pero se adivinan, me gusta mucho El tesoro, el tema que abre La Síntesis O’ Konor, el más reciente disco de Él Mató a un Policía Motorizado. Bastante tenía con la absurda medida que se impuso esa noche en el Lunario. Por tratarse de un concierto “para todo público”, no se podía consumir alcohol dentro de la sala, por lo que se nos confinó a un diminuto corral a los que, ya fuera porque hacía calor o porque a un oficinista se le antoja una maldita cerveza al final de la jornada, pretendimos remojarnos la garganta con una bebida que tuviera un mínimo de grados Gay-Lussac.

¿No era más sencillo que nos pusieran una pulserita o algún distintivo a los que tenemos edad para embrutecernos?

Total, cuando Santi Barrionuevo soltó ese primer y desgarrador “paso todo el día pensando en vos”, mi pigmea humanidad se afanó en encontrar un hueco entre el Skjaldborg hipster-millennial para admirar a los gauchos, pero fue imposible. Mucho menos porque varios levantaban sus celulares como los vikingos lo harían con sus copas en el salón del Valhalla. Los teléfonos se han convertido en el tiro de gracia de los sotacos melómanos.

Me tuve que imaginar a los músicos.

Datos duro (de procesar):

La Industria Nacional del Vestido, con base en un estudio realizado entre más de 17,000 personas, determinó que la estatura media del mexicano es 1,58m en mujeres y 1,64m en hombres. Pues parece que a esa “minoría” que son gigantes, les obsequiaran una membresía para ir a conciertos, porque es un hecho que te los va a encontrar en el próximo al que vayas.

Esa era la razón por la que una exnovia siempre usaba zapatos de plataforma cuando íbamos a un concierto. Prefería soportar el dolor de pies antes que resignarse a pasar varias horas observando los atrapasueños tatuados en espaldas de otras chicas y los parches de Terror Cósmicos cosidos a chamarras de mezclilla Pull&Bear.

En mis tiempos chaparros conciertos CDMX

Todo lo que hice fue para vos… y perdí mi tiempo. Fotografía de José Jorge Carreón / OCESA.

Del concierto de Él mató a un Policía Motorizado recuerdo los gritos de la gente. Los porrazos certeros de Doctora Muerte en su tarola. El distorsionador de la guitarra que como acelerador pisaron a fondo que Pantro Puto y Niño Elefante. Las atmósferas pachecas que Chantrán Chatrán (dicho sea de paso, alguien se prendió un churro en el Lunario que nos puso a salivar como perros callejeros en puesto de tacos) fue tejiendo a lo largo de más de una hora y media. Y la voz a punto de romperse en pedazos de Santiago, entonando un sentido “todo lo que hago es para vos… vos pensás que pierdo el tiempo”.

Por un momento pensé que me la dedicaba, a mi intento por mirar algo que no fueran los omóplatos de mi vecino, todo lo hacía por Él Mató a un Policía Motorizado… y sólo perdí mi tiempo.

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