“¡Qué guapo!”, dijo ella mientras clavaba los ojos en la puerta del refrigerador, adonde había sujetado con un imán mi fotografía. Me levanté ilusionado de la mesa del comedor, con la idea de abrazarla por la cintura y hacerla girar lentamente, para depositar en sus labios el beso que durante meses había guardado.

TXT: Arturo J. Flores

#EnMisTiempos: La vez que Iron Maiden me robó la novia

 

Con el índice derecho, aquella mujer a la que llamaré Transylvania, dibujaba sobre el papel el contorno del receptáculo de sus suspiros. No era yo, sino la imagen que llevaba impresa en la camiseta que me puse el día que me tomaron la fotografía que colgué en la puerta del frigorífico. Transylvania estaba enamorada, me contó, de Eddie The Head, la mascota de Iron Maiden.

Un muerto viviente desollado al que el artista Derek Riggs publicó por primera vez en el disco homónimo de Iron Maiden en 1980.

En mi fotografía, en la que aparecía yo con las manos metidas en los bolsillos y mirando disimuladamente hacia la cámara, llevaba yo una camiseta con la cubierta del disco Killers, exhibido en los anaqueles de las tiendas de discos apenas un año después, en 1981. Si hubiera sabido que sería con ese horrendo garabato con quien disputaría los favores de Transylvania, hubiera preferido retratarme de smoking y pajarita.

Transylvania tocaba en una banda. Fanática irredenta del grupo británico, capitaneado por el Steve Harris –a quien una vez tuve la oportunidad de entrevistar en Washington–, Transylvania se había vuelto mi amiga desde que me convertí en asiduo visitante de aquella taberna deportiva desde cuyo escenario despachaba su agrupación tres noches por semana. Poseo un talento natural con aires de maldición gitana, para convertirme en el mejor amigo de mis crushes.

–No sé por qué me gusta tanto. Se me hace hermoso. Me excita– me confesó aquella noche de borrachera antes de que terminara fulminado encima del sillón, mientras la hermosura de Transylvania casi levitaba sobre mi cama.

Incluso recuerdo que me platicó que una vez deslizó demasiado abajo una de sus manos, mientras en la otra sostenía una portada de Iron Maiden.

#EnMisTiempos: La vez que Iron Maiden me robó la novia

Hago una pausa mientras vacío en la pantalla de la computadora los flashazos de este relato. Googleo. Una camiseta de la actual gira de Iron Maiden, la que los traerá a México este viernes, domingo y el lunes próximo, en su tienda online, cuesta algo así como 1,200 pesos. Del grupo en el que canta Bruce Dickinson podrá decirse que ya no vende discos (¿qué artista en 2019 puede presumir de hacerlo?), pero no camisetas. Tal como lo estableció un periodista en los dosmiles a propósito de Cradle of Filth, la agrupación también inglesa de black metal que suma casi tantas colecciones de moda, como cambios de músicos en su formación.

¿Por qué a mi generación nos enorgullecía tanto funcionar como marquesinas humanas?

Porque, al final, los nombres de Iron Maiden, Megadeth, Metallica, Guns N’ Roses, Pantera y otras vetustas glorias sonoras del pretérito, representan también marcas de consumo. Llevarlas en el pecho alguna vez significó un motivo de orgullo, identidad y pertenencia.

Llegó un momento, durante mi adolescencia, en la que mi armario parecía un hermano gemelo de mi anaquel de discos.

Observo que esa conducta se ha transformado. Los más jóvenes prefieren vestir como sus ídolos, mas no con la ropa, memorabilia, merchandise que les venden sus dioses.

Está bien. Si dos décadas atrás hubiera yo elegido cualquier otra camiseta para el día en que me tomaron aquella fotografía que coloqué en la nevera como quien asesta el último martillazo en el clavo de un ataúd, tal vez hubiera tenido una oportunidad de acomodarme en el corazón de Transylvania.

Iron Maiden es una asociación junto a la que mi vida profesional ha vivido experiencias tan emotivas como irrepetibles. Compartí con ellos una fiesta en Londres y un backstage en Washington. Perdí mi primer smartphone durante una proyección del documental Flight 666, en el que aparece un pastor evangélico que se tatuó 172 veces a Eddie sobre el cuerpo, lo que para mi amada Transylvania hubiera representado porno puro.

Los he visto en vivo varias veces. Incluso me tocó atestiguar un desafortunado jaloneo en medio de una de sus conferencias de prensa.

Pero lo único que no les perdonaré –y este viernes y lunes iré al Palacio de los Deportes a recordárselos– es que su Eddie me haya robado la novia.