#EnMisTiempos

TXT: Arturo J. Flores

Llega una edad en la que la muerte de tus héroes te recuerda que la tuya podría estar esperándote a la vuelta de la esquina. Mientras aguarda por ti, afila su hoz.

Este lunes nos despertamos con la noticia de que Keith Flint, el vocalista de The Prodigy, fue encontrado muerto en su casa de Essex. Más adelante, Liam Howlett, su compañero de banda, confirmó que Flint se había quitado la vida.

Era sabido que el músico luchaba contra una depresión profunda y una adicción severa a los medicamentos para combatirla.

The Prodigy forma parte de una lista de dinosaurios de los años 90 que marcaron a mi generación y se convirtieron en ancianos de culto para la manada millennial. A quien tuve la fortuna de ver en 2005, la primera vez que los ingleses vinieron a México.

Horas después de enterarme de su muerte, me encontré con un curioso posteo en redes sociales. Ana, una amiga a la que hacía algunos años no veo pero sabía que radicaba fuera de México, subió una fotografía del boleto que compró para ver a The Prodigy en mayo. Específicamente el jueves 16 en un auditorio cercano a Times Square, en Nueva York.

La fecha formaría parte de una gira norteamericana, como hacía diez años no ofrecía, que arrancaría en el festival Welcome to Rockville en Jacksonville, Florida y continuaría por Carolina del Norte, Chicago, Boston, Washington D.C. y la Gran Manzana.

Nada de eso sucederá porque Flint, oficialmente, hizo honor a una canción de The Prodigy en la época anterior a que se volviera cantante, justo cuando sólo bailaba, Death of the Prodigy Dancers: “Gonna kill you, gonna send you to the grave tonight, oh yeah, that’s right!” (“Te mataré, te enviaré a la tumba esta noche ¡oh, sí, eso es lo que haré!”).

A veces las estrellas de la música escriben cartas suicidas y en otras ocasiones, cantan mensajes suicidas.

Ana nunca vio a The Prodigy en vivo. Ya nunca lo hará. Aunque los conoció en un lejano 1996, cuando MTV simbolizaba una ventana infernal a través de la cual nos asomábamos a videos como el Firestarter. Aquel en el que Flint parecía amenazaba con salirse de la pantalla para rompernos la nariz.

Igual que un sátiro electrónico, con cuernos de cabello inmovilizado con grenetina, nos escupía de frente lo mucho que le agradaba iniciar incendios.

Ana me dijo, “resultaba increíble toparse con ese viejo punk de mirada retadora”.

Un poco fue eso lo que la motivó a levantarse temprano el 8 de febrero, fecha en la que salieron a la venta los boletos de la gira norteamericana de los británicos, para ir a comprar sus boletos directo a la taquilla. Dos, porque Ana iría con su marido.

“Aunque era un día de invierno neoyorkino en el que lo que menos se te antoja es salir a la calle, decidimos ir a comprarlo a la antigüita, en taquilla, en vez de hacerlo online”, me platicó.

Se salieron con la suya, porque en cuestión de horas, los conciertos eran sold out.

Aunque por desgracia, Keith Flint tenía otros planes.

Hasta el momento, nadie les ha avisado cómo será el reembolso de sus localidades, pero la eficiencia gringa nos hace pensar que no habrá problema. Por el momento, los organizadores ya borraron el evento de Facebook. Lo que nadie podrá devolverle a Ana es la esperanza de ver a una de tus bandas favoritas.

Si lo sabré, si una tarde cuando tenía 15 años regresé después de pasar las vacaciones de Semana Santa en Mazatlán, con mi primo y sus amigos, para encontrarme con un recorte de periódico sobre mi cama.

“Te dejé una noticia que salió del rockero ese que te gusta mucho”, me dijo mi mamá.

La noticia daba cuenta del balazo que Kurt Cobain se metió en la mandíbula. Lo primero que me vino a la cabeza fue un “puta madre, ya nunca veré a Nirvana”.

Mientras escribo, miro videos en los que Keith Flint luce lleno de vida. Es una criatura satánica que se agita como si en vez de sangre, le caminaran alacranes por dentro del cuerpo.

Pienso en las palabras de Ana: “Tengo también un par de los codiciados boletos para Cornucopia, el concierto que Björk realizará para inaugurar un complejo cultural en Manhattan, y en realidad me emocionaba mucho más la posibilidad de ver a Keith Flint y compañía, que a la islandesa.”

Ya para despedirme le pregunto qué le diría a Flint si lo tuviera un enfrente. ¿Se atrevería un fan a reclamarle a un músicos por quitarle para siempre la posibilidad de disfrutar de su arte?

La respuesta de Ana me llena de sentimentalismo, “A Flint le diría lo que siempre le digo a un artista cuando lo veo: ¡Gracias!… Por tu trabajo, por tu música, por tu baile, por tus pelos, por tus imágenes, por ser parte de mis más enfiestados recuerdos”.

Lo demás… carajo, va y viene.

En lo que nos llega la muerte a nosotros.