#ENMISTIEMPOS

POR ARTURO J. FLORES

Dice Kinky en una canción que en el After siempre habrá una fila muy larga, pero también lugar para millones de almas. Por eso se reguló el horario de venta de bebidas alcohólicas en establecimientos mercantiles. Dicho en cristiano, nos pusieron un hastaquí, porque saben que los exploradores nocturnos no tenemos llenadera.

Antes, los bares no cerraban nunca. Hoy es un poco más complicado encontrar un After donde aguardar a que nos pulverice el amanecer.

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Una noche antes de escribir estas líneas fui a ver a A Place To Bury Strangers dentro de la Semana Indie Rocks. En medio de los caballazos me topé con un exalumno a quien le di clases en la UNAM. Me invitó que lo acompañara a la slam. Le respondí que no, que a mis casi 40 ya prefiero ver a los toros desde la barrera, por más que a mis 19 una vez me catapultó un amigo en Rockotitlán y fui a caer en el escenario en medio de un toquín de las Víctimas del Dr. Cerebro. Esa historia la contaré otro día.

Mi alumno tiene 24 y me contó que desde el lunes llevaba bebiendo y escuchando música en el Foro Indie Rocks. Yo, en cambio, apenas pude zafarme del yugo oficinista para pasar lista –convenientemente, además– en viernes. Nos despedimos porque él quería ir a abrevar a la barra para apagar su sequedad de garganta.

Cuando la música terminó (Jim Morrison dixit), me encaminaba hacia la salida del Foro, cuando una amiga me extendió un brazalete VIP para el After. Lo pensé 15 segundos, pero me lo até a la muñeca. Está escrito en el ADN periodístico que nos fascina charolear.

Instalado en un mullido sillón, haciendo zapping entre las Instagram stories de mis amigos con la derecha y una cuba helada de Bacardí en la otra, reflexionaba acerca de los Afters. Extensiones a fuerza de necedad de una fiesta que se rehúsa a terminar, decidida a verse la cara con el sol. Pasarela etílica donde los vampiros presumen sus mejores atuendos, platican a todo volumen, intentan localizar al dealer de confianza y en general, celebran el ritual del insomnio.

Rehusarse a dormir es un acto de insurrección que no todos compartimos.

Nos fascinan los Afters. A veces los buscamos con más insistencia que a la fiesta que los antecede. Porque no cualquiera los encuentra. El After no es país para los débiles.

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No se anuncia, ni se promueve. Su ubicación siempre es secreta, desconocida, incierta. Vale oro. Se guarda con el celo del espía que se dejaría dar electroshocks en los genitales antes que revelar una pista. Y cuando se consigue, se queman las naves para que ningún colado te pueda seguir la pista. El After no es para todos. Sólo los cool, los que son amigos del DJ, del dueño, los que van por la vida enarbolando el eslogan I’m with the band, son admitidos.

En el After se vale ser Mala Copa. Embrutecerse hasta la ignominia. Porque borracho no vale, dice Daniel Santos a ritmo de salsa.

Aunque no falta quien mete la pata hasta la cintura en la mierda. Cuyo error trasciende el limbo del desvelo que es el After y afecta su reputación cuando es de día. A él se le cierran para siempre las puertas del After. La próxima vez que pregunte “¿Dónde la seguimos?” quienes lo rodean le sacarán la vuelta, aprovecharán que fue al baño para desaparecer de su radar. Se le hará solo o sola montado en Uber de camino a su casa, con la vergüenza del destierro social tatuado en la frente.

Hay romances que han florecido en un After. También parejas que no sobreviven a él. Pues es terreno fértil para colocar cornamentas. Para argumentar un absurdo es que estaba muy pedx. Porque no hay que olvidar que Instagram todo lo mira y se tarda 24 horas en olvidar.