El fin de semana, el sábado 13 de julio, fue el Día Mundial del Rock. De ese que dicen que está muerto. Y prueba de que descansa ya bajo tierra, agusanado y oliendo a carne descompuesta, es que tiene un día mundial. Porque los pretextos que se celebran normalmente son aquellas que el sistema –¿porque quién, si no el establishment se apropia de los héroes, de las causas y las revoluciones y nos las regurgita procesadas?– decide que merecen ser destinatarias de un homenaje.

Porque son ellos y no nosotros, como dijera Pink Floyd, los dueños del calendario.

Por Arturo J. Flores

Se conmemora a raíz de que el 13 de julio de 1985 se llevó a cabo Live Aid. Un concierto multitudinario, celebrado simultáneamente en Filadelfia y Londres, con el objetivo de reunir fondos para combatir el hambruna en África, que en sólo un año había cobrado la vida de un millón de personas.

El line-up podría parecer la programación habitual de Universal Stereo. Entre los headliners de aquel, ahora legendario, festival (del que los más bebés –como dicen los chicos– pudieron enterarse gracias a una escena de la película Bohemian Rhapsody), figuran los que hoy son los ancianos-juveniles (el término chavorruco ya no los representa) más emblemáticos de la historia de la música: Judas Priest, Black Sabbath, Led Zeppelin, Sting, Mick Jagger y Queen, quien –como ya nos enteramos por la peli– concretaron así su regreso.

Nadie discute lo genuino de la causa. Combatir el hambre, defender Wirikuta, apoyar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, promover el comercio justo o repudiar la violencia, el machismo y la homofobia, son temas que deberían ser puestos sobre la mesa todo el tiempo.

Pero el rock no necesariamente es la gasolina que echará a andar un motor de cambio. El rock ya está chimuelo y le duelen las articulaciones.

Porque como él, muchas de esas consignas son ya marcas registradas. Que una botella de vodka se pinte de arcoíris o que para mostrar nuestra indignación porque una tortuga se trague un popote haya que colocar un #, se parecen mucho más a una acción BTL de marketing que a una iniciativa rebelde y disruptiva.

El Día Mundial del Rock, que se “celebró” con promociones para comprar vinilos, boletos para conciertos y aprovechar paquetes de alitas y cervezas en bares donde se toquen tributos. Hubo fiestas temáticas en las que lucimos nuestros outfits más “rockeros” y proyecciones especiales de películas con soundtracks inspirados en el ritmo de 4/4.

Hace tiempo un amigo relacionado con el mundo empresarial me dijo nunca perdiera de vista lo que la gente hacía en la ilegalidad, porque tarde o temprano eso se volvería tendencia.

Lo que Sean Parker y Shawn Fanning iniciaron con el nombre de Napster en el año 1999, y que los llevó a enfrentar la furia de Metallica en los tribunales, terminó por sentar las bases de lo que hoy conocemos como servicios de streaming. Spotify, Deezer, Tidal y todas las plataformas que nos permiten disfrutar de la música en digital a cambio de una módica -o no tanto- suscripción, son la cristalización regularizada de lo que comenzó como una movida marginal. El intercambio de archivos P2P.

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Otro ejemplo es el uso recreativo y medicinal de la marihuana. Ya es legal desde el año pasado en el mismo estado, California, en el que se formaron grupos como Cypress Hill, que sonaban tan provocativos rapeando temas como “mucha gente me decía que yo no podía fumar mota, por la policía…”.

Esa letra dejó de tener sentido, igual que la batalla de Metallica contra Napster.

En los cincuenta, a Elvis Presley, el Rey del Rock, no lo grabaron en televisión de la cintura para abajo, porque sus movimientos de cadera parecían demasiado sexuales para la moralidad de la época. Hoy los rockeros se asustan porque los reggaetoneros perrean hasta que barren el suelo del infierno.

En 2019, el rock es tan disruptivo, rebelde, incómodo, contestatario y subversivo que, igual que los retretes, la pereza y los zapatos diferentes en cada pie… tiene su día.

Seguramente muchos de ustedes lo ignoraban y ahora que lo saben, tampoco les importa. It’s only rock and roll… but who cares.