Por definición, una fiesta de compromiso es “una celebración para anunciar oficialmente el matrimonio y compartir la emoción con familiares y amigos”, pero, ¿será que las celebraciones son la cúspide de las apariencias familiares? En esa delgada línea se mueve la propuesta de Clemente Vega en el Foro Shakespeare; un cruce visceral de monólogos internos, danza y tensiones disfuncionales. La consigna es clara: que todo quede reluciente, hay que sonreír para la foto antes de que se levante el telón.

Guiado por las voces enlatadas que resuenan en los parlantes del teatro, el espectador se topa de frente con contradicciones; con todo eso que alguna vez pensó en una cena, pero que nunca se atrevió a sacar de su propio eco interno. A propósito de este espejo incómodo, Elisabetha Gruener, quien encarna a la novia en la obra, se sentó con Marvin para desmenuzar su universo y recordarnos que, al final del día, todos fingimos más de lo que quisiéramos admitir.
Cuando leíste el guión de esta obra por primera vez, imagino que te enfrentaste a un texto puramente mental, lleno de monólogos internos. ¿Cómo fue ese proceso de pasar de la lectura de un pensamiento a ponerle el cuerpo en el escenario por primera vez? ¿Cambió mucho tu perspectiva de la novia al escuchar tus propios pensamientos resonar en las bocinas del teatro?
Nosotros iniciamos este proceso de ensayos sin un guion; es decir, sin libreto ni nada. Sabíamos que la historia seguiría a una familia con un formato de teatro-danza. Eso era todo. Cuando arrancamos, nadie sabía hacia dónde iba a ir la cosa. Fue un voto de confianza a ciegas, de nosotros hacia él y de él hacia nosotros, para ir descubriendo todo sobre la marcha. De pronto llegó con unas ideas que grabaríamos, fue tan rápido que no pude digerirlo. Más bien era algo que tenía que digerir con el cuerpo. Esa sensación de pararte en el escenario y sentir el golpe de la obra fue desde el día uno.

Desde las butacas, los pensamientos resuenan diferente, hay muchas frases dentro de la obra que pueden pigmentarse dentro como una mancha indeleble. ¿Cómo se siente desde el escenario lanzar esas verdades tan crudas al aire? ¿Hay alguna línea o pensamiento de tu personaje que a ti en lo personal te mueva el piso cada vez que arranca la función?
Fue un trabajo de dejarme habitar pensamientos que normalmente uno reprime. Esta obra es pura tensión acumulada todo el tiempo. Todas esas verdades incómodas son cosas que nos pasan por la cabeza, pero la sociedad nos ha enseñado que está mal pensarlas y peor decirlas; entonces las mandas al fondo de la mente como algo reprimido. Lo increíble de esta obra, es poder habitar esa zona… ser la villana, ¿me entiendes? Aunque aquí no hay villanos, protagonistas ni antagonistas como tal, es esa delicia de decir: “Puedo pensar lo que sea de los demás, eso me va a detonar algo y se vale”. Para eso está el arte: para explorar la sombra. Se vale darle lugar a esa violencia y canalizarla en forma de arte.

Los bailarines que se mezclan con los detalles en el escenario funcionan como una extensión visual y física de las emociones que habitan a los que personajes. ¿Cómo es tu relación en escena con ellos? ¿Los percibes como fantasmas de tu propia mente, o cómo fue el reto de coordinar tu interpretación actoral con el pulso y el movimiento de los cuerpos que te respaldan atrás?
Siento que todavía le sigo encontrando el significado a su presencia. Son maravillosos, su presencia es increíble ya en escena. Pero nuestra preparación fue separada, ellos se unieron ya casi al final del proceso, ensayando por su cuenta y llegando a sumar esta belleza. Aún no sé qué representan en mi cabeza, pero a veces los veo como invitados. Esos invitados incómodos. Los veo como el deber ser. Son esas figuras por las cuales haces todo el teatro, pero que ni siquiera forman parte del núcleo real de tu vida.
La obra te exige sentarte a la mesa con tensiones familiares, secretos y dinámicas psicológicas densas que todos hemos rozado alguna vez en la vida real. Para ti, ¿cuál ha sido el desafío físico o mental más grande al que te has enfrentado en Fiesta de Compromiso?
Creo que arrancar sin un guion e ir coreografía por coreografía. Siento que muchas veces nos sobreintelectualizamos todo. Nos aferramos a lo que está dicho, a los objetivos, a por qué el personaje dice esto o qué dicen de él. Aquí lo interesante fue deshacerse de eso y confiar en que el cuerpo sabe. El cuerpo tiene memoria y sabe ponerte en una situación porque, de alguna manera, ya has estado ahí. Fue muy liberador que alguien se aventara a intentar un proceso así de distinto.

A pesar de que es una historia cargada de conflicto, deseos reprimidos y apariencias que se desmoronan, siempre hay zonas de disfrute para el creador. ¿Cuál es tu parte favorita de habitar a esta novia? ¿En qué momento de la obra sientes que ella encuentra su mayor momento de catarsis o de libertad?
Justo en el clímax de la obra, algo en ella se quiebra por completo. Cuando todo cae, la familia llega al límite, y la fiesta se vuelve algo diferente.Al ver las cosas por lo que realmente son, mi personaje tiene un golpe de realidad: “A ver, todo este esfuerzo fue para sostener algo que no importa, algo que inventamos”. Es una mentira construida. Lo único real es tu relación con el otro. Pasan muchas cosas que la pobre novia no ve, pero yo no puedo actuar con lo que no sé; yo juego con lo que ella vive y sí ve: su relación con su familia y con el tipo con el que se va a casar. Eso lo que importa, no de qué está hecha la mesa ni por qué querrías aparentar otra cosa. Ese momento es mi favorito, definitivamente.

Al salir del teatro, el espectador se queda con una sensación muy fuerte de introspección, como si nos hubieran obligado a revisar nuestros propios secretos familiares. Cuando se apagan las luces y sales a saludar, ¿qué es lo que esperas que la gente se lleve sembrado en la cabeza camino a casa?
Justo ese cortocircuito: verse reflejado en esa cena disfuncional y cuestionarse: “¡Ay, guau! ¿Cuántas cosas no hacemos por pura inercia, por cumplir con un deber ser que ni siquiera nos importa?”. ¿Qué es lo que realmente vale la pena? ¿Importa este estándar social, mi estatus o cómo quedo parada ante los demás? Me interesa que salgan con esa espina clavada, dándole vueltas a sus propias dinámicas familiares.
Durante toda la obra hay una sensación asfixiante de culpa que flota en el aire; parece que todos en la mesa cargan con una responsabilidad oculta, pero nadie la asume. Al final quedan ustedes, sosteniendo el núcleo. Desde tu perspectiva como actriz, ¿quién crees que carga realmente con el peso de todo lo que se rompió en esa cena? ¿Es una culpa heredada de los padres o es la responsabilidad de ustedes por aceptar jugar ese juego?
Creo que es un híbrido de las dos cosas. Hay una frase que dice infancia es destino, y es real que de niños absorbemos toda la neurosis de los papás; lo importante es decidir si vas a cumplir ese guion o si vas a romperlo. Para mí de eso se trata vivir; ese es el verdadero sentido de la vida: escapar de ese molde o trascender lo que te toca. El problema es que todos entramos al juego con las herramientas que nos dieron o que nos faltaron, y ahí es donde te topas con la pared de cómo resolverlo. Siento que está en ambos lados.

En la obra, en medio del colapso de las apariencias y el ruido mental de la cena, aparece esta imagen tan poderosa del “agua del estanque” como ese refugio de quietud al que se puede correr cuando todo lo demás se desborda. Llevando esto fuera del escenario, a tu propia realidad como Elisabetha: cuando el peso de tu profesión, la intensidad de los personajes o el caos del día a día se vuelven demasiado ruidosos, ¿cuál es tu propio “agua del estanque”? ¿A qué lugar, memoria o estado mental corres tú para encontrar refugio?
La verdad es que no sé si tengo uno, porque yo soy más de las que deja que las cosas se caigan a pedazos. Yo soy de las que dice: “¡Ay, ya que se queme todo!”. Más que buscar un oasis de paz, cuando hay caos yo le echo más gasolina al fuego. De niña escuché una frase que se me quedó grabada: Reinvéntate o muere. Siento que esa idea me marcó y siempre opero bajo esa lógica.
Esta puesta en escena rompe con las convenciones tradicionales de cómo se cuenta una historia en el teatro. Tras encarnar a este personaje y desnudarte mentalmente función tras función, ¿qué representa esta obra para ti en este momento de tu vida y de tu carrera? ¿Qué te ha enseñado sobre tus propios silencios?
Definitivamente, es un antes y un después. Yo jamás me creí capaz de hacer algo así. Era como un sueño frustrado de hacer personajes complejos, pero sentía que no iba a llegar a esas fibras emocionales. Estar en el escenario es un sueño cumplido. También es una obra que le dedico a mi mamá. Ella también es artista, entonces hay una sombra, una presión y un peso sobre lo que yo debería o no debería hacer en esta carrera. Siento que es una catarsis muy fuerte en ese sentido, pinto mi raya y me desmarco de eso. Somos lo que somos gracias a nuestro pasado, pero también tenemos el poder de decidir no ser eso.
Para cerrar: los actores suelen quedarse con líneas de diálogo grabadas en la memoria para siempre. En tu caso, al haber hecho una obra donde tus pensamientos juegan en el espacio a través de un diseño sonoro, ¿cuál es esa frase, ese sonido o ese remate de la obra que crees que se va a quedar resonando en tu cabeza por el resto de tu vida?
Definitivamente el clímax. Ese momento que no es un baile, pero que se siente como tal, que tenemos el novio y yo. Y el momento en el que mi madre en la obra, Moni Bejarano, le da un beso a mi personaje por primera vez. Eso fue un choque eléctrico. Aunque es un instante brevísimo que a lo mejor el público ni nota tanto desde afuera, desde adentro te vuela la cabeza.

También te puede interesar: “El Peso de las Hormigas por Teatro UNAM“






