La vida es un tránsito; el mundo es una sala de espectáculos; el hombre entra en ella, mira y sale”. – Jacques Cousteau

TXT :: Juan Carlos Hidalgo  |  FOT :: Alan Kugelmass

Esta es una maravillosa historia que parece concentrarse en la extraña combinación entre música y geografía. Y es que el tercer álbum de este numeroso y peculiar combo argentino ha sido nombrado Atacama, como el desierto chileno que es el más árido del planeta y que cubre una superficie aproximada de cien mil kilómetros cuadrados, dado que​ tiene una longitud de casi 1600 km y un ancho máximo de 180 km.

Si uno pretendiera salir de la ciudad de Paraná (muy cerquita de Santa Fe) tendría que recorrer poco más de mil seiscientos kilómetros en un viaje hecho por carretera para llegar hasta allá. Toda una incursión aún encontrándose en el noreste argentino. Paraná es una palabra que resume una frase en guaraní que quiere decir: “pariente del mar”, dado que nombra al enorme río que inicia en Brasil, cruza Paraguay y luego llega hasta Argentina.

Paraná es la capital de la provincia de Entre ríos y se localiza a 470 km de Buenos Aires; podría pensarse que la gran capital ejerce su influencia, y algo de eso habrá, pero lo cierto es que estamos ante una agrupación de no fácil descripción sonora y en la que el hecho de ser de provincia se constituye como un elemento crucial en lo que hacen. Los ocho o nueve músicos que conforman la banda (según el día) se asumen como una especie sui generis que ha mutado para dar paso a la composición de una música hermosa y peculiar que se distingue por su carácter instrumental –algo que es una rareza en nuestros días-.

De entrada, se debe enfatizar que se percibe un fuerte envión artístico en aquel país sudamericano. ¿Será que el ansiado relevo generacional se ha dado ya de facto? ¿La globalización está permitiendo que se expongan más propuestas sin necesidad de una discográfica establecida? ¿El folklore ha encontrado un sitio vigoroso en la música contemporánea?

Sobre lo que se propusieron hacer con Atacama (2018), el grupo dejó muy en claro sus intenciones: “Que sea clásico y no pierda el conocimiento de culturas autóctonas y tradicionales de la música del mundo; que sea moderno y rompa con lo clásico para aportar al nacimiento de un nuevo folklore y que sea psicodélico y se conecte al individuo sensible con su parte más salvaje a través del poder de la creación”. ¿Qué más se podría esperar si se nombran como mutantes?

Desde el corte inicial, “Faro del desierto” dejan bien en claro que han cumplido con su objetivo. ¿Qué es lo que suena aquí? Pues hay referencias al espagueti western, al country y al folk de Zárate, la población entrerriana de la que son originarios. A todo ello agreguemos una serie de pistas de sintetizador muy espaciales que nos hacen recordar tanto del enorme Juan García Esquivel como de Combustible Edison.

Y el asunto geográfico no para; hay 9500 km aproximadamente entre Paraná y Lisboa, la capital de Portugal, a la que han dedicado el segundo tema; y entonces vienen pasajes que nos hacen acordar del ska de la vieja escuela –al estilo Moon Ska Records-, pero también hay fragmentos de los que podríamos decir: -¿es un vals o están tocando bambuco?-. Quizá también encontremos alguna cumbia distorsionada o un chamamé.

Estos Mutantes saben montar la fiesta y en “Desentierro” la memoria –siempre juguetona- nos hace pensar en los jams instrumentales de los Fabulosos Cadillacs, en los que sacaban su vena jazzera-. Es imposible escuchar “Mala espina” sin rememorar a Django Reinhardt y su maravilloso jazz manouche.

Durante una emisión del programa radiofónico Clics Eternos, Nahuel Dirrheimer (guitarras y coros) explicó acerca de la mixtura de ritmos que realizan y que es algo que distingue al grupo: “La mezcla de los estilos es una decisión que no es tan decisión, no es tan consciente como decir “vamos a hacer una chacarera que tenga algo balcánico”. No, no se plantea de esa manera. Sólo va pasando, en el transcurrir del tocar se va cambiando el ritmo. Muchas veces se cambia también por no saber cómo se hace dicho ritmo. En la investigación de cómo hacerlo se genera un aire que no es el tradicional. Las zambas que hay en todos los discos de Los Mutantes no tienen las mismas vueltas que deben que tener las zambas. Lo mismo sucede con las chacareras; es un aire, un toque, una pizca”.

Atacama, con sus doce piezas, no deja de emanar sorpresas; en “Neón” existe una especie de homenaje a “Signos” de Soda Stereo –breve pero evidente- (ojalá y la banda aclarara este detalle), mientras que “La ira del mamut” es el momento en que esa excursión de sintetizadores se da rienda suelta y puede que el viaje ahora sea hacia el pasado remoto.

Los mutantes del Paraná guardan cercanía por lo que hacen Morbo y Mambo, pero no dejan de reconocer que Los Espíritus van marcando la pauta de un nuevo aliento para el rock argentino, un soplo igual de folk que psicodélico. Han logrado un viaje poderoso por muchos registros estilísticos sin perder identidad; para ellos el mundo es su aldea y desde su pueblo recorren el cosmos mientras nos bombardean con música exquisita.

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