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El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja): El ruido que deja el silencio

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El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja): El ruido que deja el silencio

Dicen que el cine es un escape: llegas, te sientas y, por un par de horas, te escondes en la vida de alguien más. Pero hay películas que no te dejan salir tan fácil. El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) se siente como un rompecabezas con piezas faltantes a propósito, como si el espectador tuviera que armarlo con lo que le queda. Vale la pena. No es cómoda. Y tampoco quiere serlo.

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Ernesto Martínez Bucio construye un retrato crudo de la infancia atravesada por la disfunción, la madurez forzada, la esperanza y la incertidumbre. Cinco hermanos, una casa que debería ser refugio, una madre ausente por trabajo, una abuela atrapada en su propia mente, un perro, un pequeño gallinero y demasiadas cosas ocurriendo al mismo tiempo. Era verano. Debería haber sido ligero. No lo fue. En encuadres precisos, casi fríos, vemos el deterioro de su ambiente y la opacidad de sus emociones, de su infancia. Una infancia que deja de serlo sin previo aviso.

¿Qué pasará en la vida de aquella persona que llora en la calle, quien antes de entrar a su trabajo, limpia sus lágrimas? ¿Se puede juzgar a alguien por sus decisiones sin saber el trasfondo de estas? La repentina desaparición de su madre, quien vivía abrumada en un espacio que pareciera seguro, desencadena una serie de sucesos que incomodan con el paso del filme. El padre sale a buscarla, pidiéndole a su hijo de 12 años que “sea mayor” y cuide a sus hermanas. Arranca el auto y se lleva consigo, detrás, la única esperanza de ver su hogar reunido.

Lo que sigue no es una tragedia escandalosa, sino algo más incómodo: días que continúan. Rutinas que intentan sostenerse. Hermanos que juegan, se pelean, se cuidan. Porque incluso cuando todo se rompe, la infancia insiste (aunque sea a medias). Había duda, emociones contenidas, dolor, miedo, pero en sus risas hay un desliz de esperanza. El espejo del mundo exterior (su televisor en la sala de la casa) mostraba dos polos: cólera y la tan esperada visita del papa. Había vida o muerte. ¿La bendición de Dios alcanza a los buenos y a los malos?

Hay algo inquietante en cómo la película se mueve entre el recuerdo, la realidad y lo que podría ser una alucinación. Un cerillo. Una vela, que fugazmente se enciende y quema las palabras al aire que dice uno de los niños… “Querido señor diablo…”, dice en su oración quien, infundado por la paranoia de su abuela, cree que este ente es quien acecha su hogar y el único que podría escucharle e incluso ayudarle. No hay respuestas claras. Y quizá ese es el punto.

A lo largo de este rompecabezas emocional, entre espejos rotos y silencios incómodos, la película no explica: sugiere, observa y deja huecos. No porque no tenga algo que decir, sino porque confía en que el espectador los habite. El final no resuelve demasiado. Tampoco lo intenta. Lo que queda es esa sensación de haber visto algo frágil romperse lentamente, sin hacer ruido… y no saber del todo qué hacer con eso.

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Stephania Santoyo

Stephania Santoyo

Un INFJ intentando sobrevivir con un poco de cafeína, música e intentos de poesía.

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