El Cuarteto de Nos muta, se reescribe, se burla del tiempo. Más de cuatro décadas después los uruguayos siguen dinamitando certezas con la misma inteligencia corrosiva que los convirtió en un fenómeno. Su disco Puertas es una disección lírica y emocional de la identidad, la ironía y la frustración contemporánea; no busca redención ni nostalgia, sino desarmar al oyente con humor negro, cinismo elegante y una precisión quirúrgica para retratar lo absurdo de la existencia moderna.
TXT::Tim Drake
La banda ha atravesado transformaciones. Cambios de alineación, nuevas dinámicas creativas y una madurez que no la vuelve complaciente, sino más despiadada. Ha aprendido que sobrevivir en el arte no es resistir al tiempo, sino adaptarse sin perder la esencia. México ocupa un lugar especial en esta ecuación, su público capta el doble filo de la ironía, comparte la misma tragicomedia existencial. Platicamos con Roberto Daniel Musso Focaccio (voz y guitarra), acerca de las Puertas de la vida, del arte como espejo de la locura moderna, de la conexión visceral con México y de las transformaciones internas que mantienen viva a una de las bandas más lúcidas y necesarias del rock latinoamericano.
Tras décadas de trayectoria, ¿cómo se sintieron emocionalmente al dejar ir a Santiago Tavella y cómo influyó su salida en la dirección sonora y lírica de Puertas?
No podemos controlarlo todo, no es posible ser así. Entonces nada, fue acostumbrarse, algo natural. Ya grabamos las canciones del disco nuevo sin Santiago en el bajo. Esa nueva dinámica también fue algo novedoso; un primer disco que grabamos sin él, ver quién asumía cada rol. Pero ayuda un montón que también la banda esté en este 2025 en su mejor momento. Estamos frente a varios desafíos que ya empezaron este año, shows más grandes en cada uno de los países que vamos. Estuvimos ahora en Chile, en la Movistar Arena, 15 000 personas aproximadamente, nunca habíamos estado en un lugar tan grande ahí. Y viene Bogotá y el Palacio de los Deportes. Hay que asumir todos estos desafíos.
Puertas parece diseñado como un viaje a través de umbrales emocionales, estilos y espacios internos. ¿Cómo nació la idea del concepto y qué puertas particulares quisieron explorar?
Siempre elijo un ambiente muy ecléctico; ritmos, personajes, situaciones, letras. Este disco yo lo veo musicalmente mucho más guitarrero y rockero que Lamina once. Las canciones ya estamos probándolas en vivo y suenan con un power muy interesante en vivo. A nivel de concepto, Puertas parece simple como palabra, pero esconde un simbolismo muy grande. Como seres humanos somos producto de las decisiones que tomamos, y enfrentar una puerta implica tomar una decisión: entro, no entro, la abro, no la abro, sigo de largo. Una puerta que uno pensó que necesitaba abrir por estar pasando un mal momento y no se abrió nunca; otra a la que entramos, no nos gustó lo que vimos, salimos dando un portazo jurando no volver nunca más y tropezamos de vuelta —no con la misma piedra, sino con la misma puerta— y entramos otra vez.
Puertas a las que el derecho de admisión injustamente no te dejó entrar, puertas giratorias con las que nos hemos divertido dando vueltas y después dijimos, “ya basta”, y seguimos el viaje. Quizás la referencia final, como dice la canción, es que esa búsqueda de la salvación, de nosotros como personas y como seres humanos, no esté en una sola puerta, ni en un premio o castigo que esté detrás de ella, sino en seguir buscando, seguir teniendo esa inquietud y esa bravura de abrir y cerrar puertas, sin miedo a lo que pase, seguir adelante. Ese es el concepto, y creo que la gente lo descifró muy bien.
Sus letras siempre juegan con el humor y la tragedia, la ironía y la confesión. En Puertas parece haber una carga más introspectiva, casi existencial. ¿Qué tan consciente fue esa transición hacia un tono más íntimo?
Sí, está muy bien lo que dices. Mantiene eso. Tiene mucho que ver también con el arte surrealista, desde la portada misma, el arte del absurdo. Tiene mucho de irónico, pero también mucho de serio. De hecho, el disco termina con “Camello patagónico“, que obviamente es algo que no existe, una especie de cuadro surrealista que la canción describe. Nos encantó ese juego conceptual que está súper interesante y que está llevado a la performance en el show en vivo. Y como dice esa canción, esa parte de lo absurdo puede describir hechos reales y verdaderos mucho más cruelmente que una frase literal; me parece que tiene ese poder, esa parte tan fuerte que muchas de las canciones de El Cuarteto de Nos tienen detrás, quizás, de esos seres observadores de la realidad que no toman partido por nada, pero que en el fondo te plantean el tema.
Han visto crecer varias generaciones de fans que los siguen desde los inicios, y ahora también llegan adolescentes que los descubren en redes o por los padres de ellos que los llevan a los shows. ¿Cómo perciben esa mezcla de públicos en los conciertos, donde conviven el recuerdo y la novedad?
Lo raro es que son los chicos, los jóvenes, los que llevan a los papás a los conciertos. Los padres no nos conocían tanto. La generación de los padres cuarentones, quizás más rockeros, dice, “no está tan mal lo que escucha mi hijo”, y se vienen al show y quedan fascinados con la propuesta de la banda, por recomendación. Mi hija tiene 14 años y ahora veo, a través de sus inquietudes, cómo las nuevas generaciones viven la cosa del internet y cómo consumen la música. Es algo totalmente diferente de cuando éramos chicos nosotros.
¿En qué medida Puertas representa un riesgo (tanto comercial como artístico) para El Cuarteto de Nos? ¿Hubo debates internos sobre qué tanto alejarse o acercarse a lo familiar?
El Cuarteto de Nos es un riesgo en sí mismo. Yo creo que en el ADN de la banda está el asumir riesgos, y esto ha rendido buenos dividendos. Si no tuviéramos esa parte del riesgo, de ver qué pasa, no estaríamos donde estamos. Capaz que, yo qué sé, la canción de “Yendo a la casa de Damián” significó un riesgo en su momento, o “El hijo de Hernández“, o “Contrapunto para humano y computadora“. Y todo nos salió bien cuando arriesgamos. Espero que no se nos vaya nunca ese perfil.
Muchos artistas se ven atrapados en ese dilema de tocar siempre los grandes éxitos. ¿Para ustedes es arriesgarse presentar material nuevo frente a multitudes que esperan cantar himnos del pasado?
Hay que equilibrar. Del disco nuevo ya estamos haciendo cinco canciones, que es un buen número para un álbum que salió en mayo. Se incorporan muy bien al show esos temas, sobre todo para la gente que quizás nos vio varias veces, es un refresco. El show no decae emotivamente en ningún momento, son dos horas que se van de corrido, sin que nos demos cuenta nosotros ni el público. La gente canta todas las canciones, se las sabe todas.
Ahora me hacen cada vez más grande el escenario, con plataformas, una pasarela kilométrica, estoy corriendo cinco kilómetros más por show y estamos cada vez más veteranos. Ese es mi ejercicio, mi cardio. Pero se disfruta un montón. El día que se acabe ese momento de disfrutar, que se vuelva una carga el tocar, ahí sí sería distinto. Nosotros hemos tocado nueve shows seguidos, nueve noches consecutivas, con viaje intermedio, y lo seguimos disfrutando igual.
México siempre los ha recibido con una devoción particular. ¿Qué creen que conecta tan profundamente a sus letras con el público mexicano?
Es algo que no escapa solo a México, te diría que en toda Latinoamérica han conectado muchísimo. Hemos tocado en 25 ciudades mexicanas, una locura. Eso habla de nuestra relación con el público mexicano, poseedor de una cultura quizá superior a la de otros lugares, muy fuerte hablando de espectáculos en vivo, de bandas y artistas de todo el mundo. Acá en el sur es más difícil que llegue tanto, la gente no consume igual. En México valoran muchísimo que hayamos hecho un camino natural, orgánico. Empezamos en el underground de Ciudad de México con 100 personas, luego fuimos al Lunario, después al Teatro Metropolitan y al Auditorio Nacional. Fuimos escalando como si fuéramos una banda local y eso se valora mucho, que no seamos un fenómeno que explotó, llenó un estadio y desapareció.
En cada visita a México, ¿qué experiencias fuera del escenario (ciudad, cultura, gastronomía, interacciones) han marcado su visión de lo que significa tocar aquí?
Hablando de gastronomía, siempre vuelvo con la panza llena de comida rica. Alvin, el baterista, te va a decir que no la pasa nada bien, porque no le gusta el picante, lo sufre en todos lados. Cuando vamos a un restaurante tiene que ver el menú infantil. A mí me encanta caminar. Cuando tengo algún rato libre en las giras, sacrifico horas de sueño para salir. Ciudad de México, Chihuahua, Hermosillo, Tampico, Ciudad Juárez… Me gusta recorrer y sentir la energía de cada lugar. A veces, caminando en la mañana, me encuentro algún fan que dice: “¿Roberto? ¡Te fui a ver ayer! ¿Qué haces acá? Pensé que estabas dormido todavía”. Van a pensar que tengo un doble.
En un contexto mundial tan polarizado, con conflictos abiertos como Gaza, ¿sientes que los músicos tienen la responsabilidad de posicionarse políticamente o el arte debería ser un refugio libre de banderas?
En el caso de El Cuarteto de Nos nunca tomamos una posición literal. Justamente por el tema de la polarización. Nosotros vivimos una época, cuando empezamos y éramos jóvenes, en plena dictadura militar en Uruguay, y recién volvimos a la democracia después. Estuvimos marcados a fuego por esa división, esa polarización que con los años se intensificó en todos lados, no solo a nivel político, sino social, deportivo. A mí siempre me gustó escribir sobre personajes y situaciones que contemplen lo contemporáneo, pero que no bajan línea; ser observador y que quede planteada la interrogante. Me gusta eso: dejar planteados los temas más que tomar una posición específica.
Mirando hacia el futuro, después de esta gira, ¿qué nuevos retos se plantean? ¿Colaboraciones, formatos diferentes, quizá explorar otros géneros o lenguajes musicales? En México se habla —o se pide a gritos— una colaboración de El Cuarteto de Nos con Molotov, ya sea en vivo o en alguna grabación.
Me entero por ti del rumor. Estaría genial. Ojalá con Molotov se diera, o con Café Tacvba. Molotov fue un referente de la generación del rock de los 90 que llegó muchísimo acá a Uruguay, algo muy bueno, más crítico y cercano al rock. Café Tacvba ha sido más ecléctico en géneros, pero igualmente impresionante desde los noventa. Ojalá se pueda dar algún diálogo con ellos.
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