Exhibida en su negocio está la ampliación de un boleto original del Festival de Rock y Ruedas de Avándaro de 1971, foliado con el número 24155.

El boleto de Avándaro cuesta 200 pesos y después de 15 días de que el dueño lo dejó a consigna, no se ha vendido.

“Es un señor ya grande”, me cuenta el Bucanerito sobre el dueño del boleto de Avándaro. “Tiene como 70 años. Ya son varias semanas que él no viene por acá”.

TXT:: Aturo J. Flores

Ambos nos resguardamos en el interior de su puesto. El sol golpea con ganas esta mañana en el Tianguis Cultural del Chopo. El del Bucanerito es uno de los pocos puestos del mercado que no han sucumbido a la tentación de cambiar su giro. La mayoría ya vende ropa y accesorios. Él todavía ofrece discos. En plena época del streaming, lo que se despliega bajo su lona no es otra cosa que CD’s, como los que la Recording Industry Association of America dio a conocer la semana pasada, se vendieron incluso menos que los vinilos a lo largo de 2019.

Mota, mezcal y un bootleg

Pero lo que diferencia la mercancía del Bucanerito de cualquier tienda establecida, puede resumirse en las palabras del dueño del boleto de Avándaro: “El señor siempre me dice que le gusta comprarse un mezcal, atizarse bien duro y ya pacheco, tirarse en su casa a escuchar mis discos. Cómo vive solo, no tiene problemas”.

El Bucanerito vende bootlegs. Ediciones no autorizadas de conciertos. No hablamos de versiones piratas de discos que existen, sino de grabaciones artesanales, porque lo son si nos atenemos a la definición de la palabra como “la técnica de elaborar cosas a mano y de manera sencilla y apegado a una técnica tradicional”. Lo que él te vende, si queremos ponernos románticos, es la experiencia de volver a vivir lo que ya pasó.

Empecé con Caifanes…

Desde hace varios años entra los conciertos armado con un minidisc y un lavalier, busca un buen lugar cerca de las bocinas o las repetidoras, y documenta lo que sucede en el escenario. Discos que nunca serán publicados y que, es verdad, a la industria y a los mismos artistas podrían no gustarles, pero de otra forma serían olvidados. Es artesanal porque el mismo recorta las imágenes que coloca en las portadas. Tuvo que aprender, confiesa, porque antes de hacerlo no sabía recortar derechito.

“Empezó por Caifanes, hace muchos años”, me cuenta. “Yo siempre buscaba casetes con sus conciertos y no había, entonces me metí a grabarlos yo, primero para mí, pero después para venderlos, porque había gente que también los quiero”.

No era el único. Tenía amigos que también se dedicaban a producir bootlegs e incluso uno de ellos tuvo a Alfonso André como invitado en su caso. Curiosamente, también al baterista de Caifanes lo “grabó”.

“Mi amigo puso una grabadora de audio para registrar el encuentro. Me lo enseñó. Ahí se escucha a André maravillado con la colección de grabaciones de mi amigo. Había cosas que ni él tenía de Caifanes”.

En su puesto hay bootlegs de U2, por ejemplo, del concierto que los irlandeses ofrecieron en el Foro Sol el 3 de octubre de 2017 para celebrar los 30 años del Joshua Tree. También el último concierto de Depeche Mode en el mismo recinto. Incluso yo no resisto la tentación de llevarme la grabación (en mi casa descubriría que se escucha sorprendentemente bien) de la actuación de Bauhaus en el Cine Ópera en 1998.

“Ese no lo grabé yo, me lo pasó un chavo”, comenta el Bucanerito.

Paradójicamente, mientras el boleto para verlos en el Frontón México me costó más de 2000 pesos, el importe por viajar a escucharlos al pasado, solo 30.

No todo está en Internet

No todos los vende. Algunos, como los de rock progresivo, porque no funcionan comercialmente, pero los graba para él mismo. Una excepción es King Crimson, que es muy buscado por los fans. Gracias a otros entusiastas de los bootlegs, se ha hecho de rarezas como viejos conciertos de los Beatles (“lo malo es que son muy cortos, esos güeyes solo tocaban como 15 canciones y cada una de tres minutos”), el concierto que Jim Morrison y los Doors ofrecieron en México en 1969 (“se oye muy mal”) y hasta el de Queen en Puebla y Monterrey.

Entre los más recientes, sobresalen los de Muse, Godsmack (en el Knotfest) y casi todas las visitas de Paul McCartney a nuestro país.

“La gente dice que todo está en Internet, pero no es cierto. ¡Ojalá fuera cierto! ¡Así no tendría que hacer esto!”, dice.

Los parlanchines y la vejiga

El Bucanerito compra boletos. Ya tiene para Ghost y espera encontrar para la segunda fecha de Rammstein. Otra veces, tiene amigos en la puerta de los foros que lo dejan pasar. Su minidisc pasa desapercibido en los cateos y el lavalier es apenas invisible en la oscuridad de los conciertos, pero su labor encierra ciertas dificultades.

La primera, los ineptos del público que no dejan de hablar. “Hay que estarse lloviendo porque cómo joden. En vez de disfrutar están platiqué y platiqué, contándole a la novia la historia detrás de cada canción”.

Otra es la capacidad de la vejiga. El Bucanerito ha optado por dejar de lado las cervezas durante los conciertos. Una vez, aprovechó el tiempo antes de que empezara el encoré para ir a orinar y como olvidó apagar el micrófono, todo quedó registrado en el bootleg.

Todos buscan a Bowie

Ya para dejarlo en paz (durante varias semanas había insistido, jodones como mosquitos que somos los reporteros, para que me dejara contar su historia), le pregunto si hay algún bootleg que se parezca al Santo Grial. Curiosamente no es ni siquiera el de Nirvana en Tijuana.

“El que todos buscan es el de David Bowie en el Autódromo, pero no hay. Nadie lo grabó”.

Antes de irme, le pido que me deje tomarle una fotografía al boleto de Avándaro.

—¿Y tú fuiste al Festival?

—¡No! Lo estaba escuchando en Radio Capital y de repente, lo cortaron…