I
Hay una frase de Jorge Luis Borges que ejerce una especie de embrujo sobre mí. Escribe al comienzo de Tlon Uqbar, Orbis Tertius: “Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”. Ese puñado de palabras nunca ha dejado de inquietarme, me lleva a pensar en el encuentro de imposibles que, sin embargo, tendrán lugar en algún momento.
Cuando pienso seriamente en El Alicia, como comúnmente le llamamos, esa frase me viene a la cabeza. Ese “tugurio” y yo nos teníamos que topar, no había de otra; era inevitable. En diciembre de 1995, cuando abrió sus puertas en el viejo local de Avenida Cuauhtémoc, mi radar no registró el suceso. Fue unos meses después, cuando la insistencia de una manager, a la que no lograba quitarme de encima de ninguna forma, me llevó allí.

La banda, creo que se llamaba Salamandra, era infumable, pero antes, como telonero, subió un grupo de chavitos -en ese entonces lo eran, créanme- llamados Cabezas de Cera. Había poca gente. Las sillas, metálicas, estaban adosadas a la pared y cuando esos tres empezaron a tocar, una sola pregunta me rondaba: ¿Cómo, por qué están haciendo esta música si ha rato desapareció del mainstream? Sí, eran jóvenes, pero tocaban con ganas de comerse el mundo, pero además lo hacían con una música marcada por la calidad.
Dado el encuentro, pero aún sin saber adónde habría de llevarnos, comencé a frecuentar el lugar. Entonces tenía un elevador que se utilizaba para subir el equipo, antes de que se convirtiera en un “guardamadres”. También, al lado izquierdo de la entrada, estaba la puerta hacia los “camerinos” que se usaron como tales un buen tiempo, antes de convertirse en bodega.

II
Me volví un habitual del lugar La oferta musical era atractiva, en su mayoría bandas jóvenes, muchas de ellas entonces desconocidas. Todas con una música diferente a la dominante en ese momento en el rock nacional (¿cuántas bandas habrán pisado el foro, viejo y reciente de El Alicia?, ¿cuántas de ellas lograron mantenerse, sobrevivir?).
Una ocasión el cartel anunciaba a un titipuchal de bandas de ska. Sekta Core, Panteón Rococó, entre otras, estaban allí y acudí para hacer un reportaje del ska, entonces una escena en proceso de crecimiento. La situación era idónea, varios grupos reunidos en el mismo lugar, todos deseosos de hablar frente a la grabadora. Una vez realizadas las entrevistas, me fui a la barra a platicar un rato con Mauricio Sotelo y cuando llegó el momento de irme no pude hacerlo.
El Alicia estaba esa noche hasta el “queque” y no pude bajar. Regresé con Mauricio, comenzó el desfile de grupos y me brinqué del otro lado de la barra para ayudarlo a despachar las cervezas. Hacía un calor infernal y de ponto comenzó a llover por efecto de la condensación. No sé cuántas cervezas se consumieron esa noche, pero destapábamos y destapábamos botellas y algunas de esas nos las tomamos para evitar la deshidratación. Podrán imaginarse el final.

III
Las anécdotas son divertidas, pero si bien estas ayudan a generar un vínculo con el lugar, no aportan importancia al mismo. Esta viene dada por su trayectoria, lo que consigue y logra.
El Alicia siempre se ha definido como un centro cultural, no como un antro. Nunca ha vendido alcohol, pero esto también podría ser anecdótico. Lo que ha hecho al Alicia IMPORTANTE para el rock mexicano, es su apertura hacia todos los géneros y su capacidad para sí, mantenerse fiel a algunos de ellos -por ejemplo, los rupestres, el ska, el rockabilly-, pero también abrirse a nuevas propuestas. Funciona como un semillero.
También, es un espacio en donde no solo hay rock, existe la posibilidad de hacer presentaciones de libros, cursos, “tianguis” y se pueden escuchar otros géneros que, en lugares similares, serían impensables.

Ignacio Pineda, alma y corazón de El Alicia, ha dicho en ocasiones varias que no apuestan por la máxima ganancia y lo creo. Más de una vez he estado allí y la entrada ha sido paupérrima. Cierto, eso se compensa con aquellas noches en donde la asistencia es nutrida, pero ese balance solo pueden hacerlo quienes allí trabajan.
Los tiempos modernos posibilitan la circulación de mucho odio, especialmente vía redes sociales y El Alicia (o Nacho, porque en realidad los ataques, cuando se dan, están dirigidos a él) no está exento de ello. Incluso creo que este texto propiciará algo de ello. No necesito asumirme como un entusiasta del lugar, lo he hecho público en varias ocasiones. Me siento cómodo allí, pero más que eso, su oferta musical es la que me hace regresar una y otra vez.
No creo que haya un lugar -de rock u otros géneros- con la flexibilidad del Alicia; tampoco me parece que exista uno con su longevidad y con esa política de puertas abiertas a la música y la cultura popular. Es un ejemplo de resistencia y ésta se me hace muy necesaria en la actualidad, dado el carácter aún más depredador del capitalismo.
Sin más -que podría decir mucho y agregar anécdotas y nombres- felicito al Alicia por llegar a sus 30 años de vida, pero especialmente le felicito por ser un bastión importante para el rock mexicano.

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