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¿Ecos? Crónica de un concierto al que no fui

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¿Ecos? Crónica de un concierto al que no fui

El jueves 28 aterrizaba en Bogotá y, en las pantallas LCD de las bandas de equipaje, veía el anuncio de las tres fechas de Soda Stereo en Bogotá, desde esa noche y durante dos más. No recordaba semejante despliegue de la banda en la Nevera. Una hora después, descargaba la maleta y salía a comer algo callejero con Diego, mi hermano. Yo llegaba allá para el cumpleaños 50 de mi amiga Nathalie; además, cerraba el festejo en el míxer. Del sixpack comprado antes de volver a su apartamento quedaban dos cervezas. Diego me decía que haría todo lo posible por ir.

TXT: Juan Carlos Lemus

Eran las 23:34 y sonaba Tiempo pa’ matar en su Sansui, con DAC y unos Klipsch Heresy II, cuando ella aparecía en mi celular: “tenemos problemas”. El mensaje traía un pantallazo de Asobares —la asociación colombiana de bares y restaurantes—, anunciaba que la Alcaldía de Bogotá imponía la Ley Seca desde el viernes 29 de mayo a las seis de la tarde hasta el lunes primero de junio al mediodía. En principio, la fiesta se caía.

El viernes 29 a las 6:32 Nathalie ya estaba en mi WhatsApp: “No me atrevo a hacer nada en mi casa”. El intercambio de mensajes —interrumpido por desayunos y una salida a correr— duró hasta las 9:30 y los ánimos de la anfitriona no mejoraban. Llamé a Catalina, amiga en común y quien nos presentó.

—¿Qué hacemos, Cata?

—No te preocupes. Entre todos resolveremos. Eso sí, voy a llegar tarde porque esta noche voy al concierto de Soda. Compré las entradas hace meses.

Volví a pensar en Lima.

—Eso le dije a Nathalie. Somos más de 150 invitados y seguro encontramos la salida. Toca movernos. ¿Vos a qué hora llegás?

En el chat alguien dijo “el país del Sagrado Corazón no se va a interponer en los 50 de Nathalie”. Con mucho perrenque, la celebración renació a las 16:00. Se cuadraron el sonido, el trago, el hielo, los limones y dos neveras portátiles. Y Eva —otra habitual en los conciertos, amiga de Cata— había conseguido el lugar, lo más importante. Era la Emblematic Art Gallery, una preciosa casa blanca de mediados del siglo pasado en Los Rosales. A las 21:00, con todo “listo”, todavía no había fiesta. Quien organiza este tipo de toques sabe que algo termina fallando. Un cable, un controlador, la USB. Todo está conectado y, aun así, la música no suena. Hasta que lo hace.

A las 21:30, los vinilos de DJ Code ya ponían a andar la noche. Alguna gritó “¡Qué temazo!” mientras bailábamos la versión extensa que Juan Atkins le hace a Promised Land, de The Style Council. Puro gusto. Del funk y el disco de Code pasamos al eclecticismo de DJ FeLove, que, entre Abarajame la Bañera e Idol, esta última de Mind Enterprise, me dejó la sala llena.

Esa noche parecía fácil, los 50 de una amiga ante un público cómplice y siempre dispuesto a enfiestarse. Estaba concentrado en el míxer cuando una mano familiar apareció frente a mis ojos. Solté la perilla y abrí la palma en señal de “esperame”. Catalina había llegado de su concierto. Fabio, su esposo, y Eva la acompañaban. Un minuto después, me abrazaba con ella.

—¿Qué tal Soda?

Cata tenía seis minutos para responderme.

Yo tenía mi propia historia con Su Majestad.

Soda Stereo dejó de ser para mí en 1997, cuando me enteré de su separación por un comunicado que hablaba de un “mutuo acuerdo”. Luego se supo del desgaste y de las diferencias artísticas entre Cerati, Zeta y Charly. El Último Concierto no pasó por Bogotá. Seguro peco de purista cuando me quedo en que una banda avanza con un pie en la memoria y otro en lo desconocido. Ir a un concierto es reencontrarse con esa memoria y entrar en algo que todavía no es recuerdo. Con Soda ya no pasaba eso diez años después de su separación, pero un 24 de noviembre agradecí cuando Me Verás Volver pasó por Bogotá. Ese noviembre fui feliz.

Catalina estaba exultante.

—El concierto fue espectacular, Juan. La puesta en escena y el juego de luces… el techo iluminado y los laterales que simulaban un submarino de cristal —me contaba mientras ponía los ojos en blanco y echaba la cabeza hacia atrás—. Y el holograma de Gustavo, yo tenía dudas, funcionó muy bien. Hasta la cara se le ensombrecía o se aclaraba según la luz. Vos sabés lo que pasa con las dos primeras canciones, cuando uno cree que está en un sueño y, de pronto, se oye ese riff de guitarra y todo se pone azul. Entra fuerte Charly y se ven peces y animales marinos. Luego, ese bajo sublime de Zeta en Hombre al Agua… ufff. Todo se veía tan, tan, tan bonito. Ahí me dije: estoy en el concierto de Soda.

—¡Qué bacano, Cata! Dame un toque y seguimos hablando. La canción se me va.

Mi set siguió con ENTROPIA, de L’Impératrice, y después solté Aguanile. La salsa terminó de encender la sala. En los sets toca administrar los recuerdos, porque el bailador los agradece y se para enfrente y corea. Así, mi primera parte terminó con Celia y Dime si Llegué a Tiempo. Busqué una botella de agua con gas mientras oteaba a Eva en el gentío. Quería saber cómo lo habían sentido quienes respondieron al llamado de Ecos. Los amigos también funcionan como espejos de feria. Ninguno nos devuelve exactamente lo que somos. Todos exageran alguna posibilidad nuestra. Quería entender qué versión me devolvía Cata, qué versión Eva y cuál Fabio.

—¿Y entonces? —Le pregunté a Eva.

—No, marica, increíble. Vos sabés que con Cata siempre nos hacemos un poquito adelante, hacia el centro. Y todo sonaba divino y la gente estaba súper conectada. Imagínate, uno entra y ve un edificio proyectado en una cortina, y cuando comienza la vaina, la cortina se vuelve traslúcida y vemos unas luces sobre estos personajes que luego entran al escenario. Yo sentía a la gente curiosa, como esperando descubrir cómo iba a verse todo. Y man, juepucha, en medio de la segunda canción desapareció la cortina y vimos a Charly, a Zeta y al holograma de Gustavo. Muy bacano ver a las doce mil personas en el Movistar gritar de emoción.

Dos que comulgaron. Me quedaba Fabio, al que pillé un rato antes de volver al míxer.

—¿Cómo te fue en el concierto?

La cara que hizo respondió.

—La verdad es que no comparto la emoción de las chicas. Estuvo bien, pero no logré entrar del todo.

Se lo conté a Cata.

—Pues es que él, por costumbre, se queda atrás en los conciertos. Y además, cierra los ojos.

La fiesta siguió. Más tarde salimos del lugar donde estábamos y fuimos a la casa de la anfitriona. Dormir se complicó. Los comentarios de Cata, Eva y Fabio sobre el show me daban vueltas. Eso no era raro. Lo raro era el holograma.

Pensé en nuestro cuento con la música. Hasta hace muy poco, en la historia humana, la música se interpretaba, se escuchaba y desaparecía. Después aprendimos a grabarla para poder reproducirla sin agotarla —a veces sí—. Ahora dimos otro paso. Ante Ecos, mi respuesta fue inmediata. Para Catalina y Eva, Soda sigue siendo Soda. Para Fabio, no tanto.

Quise probar la pregunta en casa. ¿Irían Regula y a mis hijos a un concierto de Michael Jackson? En casa nos gusta a todos. Las respuestas se dividieron.

—Sí, creo que sí —dijo Regula.

—Sería lo mismo que vería en un concierto si él estuviera vivo —dijo mi hija.

—No. ¡Es fake! —dijo mi hijo, tajante.

Mi hija insistía en que desde donde estuviéramos no veríamos la diferencia y él mantenía su posición. Algo de razón tenía ella, porque muchos gustos y nostalgias se heredan. Creo que yo no iría, aunque no estoy tan seguro. Porque la pregunta me empieza en la autenticidad y en la tecnología, pero termina llevándome al duelo por quienes perdimos, como también por aquello que nunca tuvimos y aun así aprendimos a extrañar. La cuestión me es tan sencilla.

Aprendimos a convivir con la ausencia, aunque todo el tiempo hemos buscado quedarnos con algo. Una pintura, unas fotografías, cuentos, anécdotas, gestos repetidos sin darnos cuenta. Y canciones, por supuesto. La memoria no elimina la pérdida, solo la hace habitable. Ahora la tecnología promete otra cosa. Ya no se trata solo de recordar a quienes no están, sino también de aproximarnos a la experiencia de que siguen estando. Proyectar una silueta, reproducir una voz, devolver a Gustavo al escenario. Tampoco creo que quienes compran una entrada estén intentando negar la muerte. Tal vez hagan lo mismo que todos hacemos cuando volvemos a una canción amada: viajar en el tiempo y suspenderlo.

Al revisar la gira, descubrí que Ecos no era un fenómeno aislado. Tres fechas en Lima. Tres en Bogotá. Más de una docena en Buenos Aires. Más de diez en México. Y otro tanto entre América Latina y Europa. La pregunta dejó de ser solo musical. Ecos no era una rareza tecnológica ni una nostalgia de fanáticos. Quizá la diferencia esté en que recordar supone aprender a vivir con la ausencia, mientras que reconstruir intenta acercar lo perdido. Después de todo, para mucha gente esto sigue siendo Soda Stereo.

Mi hijo había despachado el asunto con una palabra que yo jamás habría usado: “fake”. Catalina y Eva, en cambio, salieron felices. Fabio quedó en una zona intermedia. Yo sigo pensando que no iría a este concierto. ¿Y si fuera Bowie? La respuesta ya no me sale tan inmediata. Ahí quizá me pondría la de Aladdin Sane, más cerca de los chicos con la de Soda en la fila de Lima, los que nunca  la pudieron ver. Entonces, la verdadera pregunta no es qué hacen los productores con nuestros muertos, sino qué deseo nuestro alimenta ese espectáculo. Porque hay algo profundamente humano en resistirse a los finales. La tecnología no ha inventado ese deseo. Lo único que ha hecho es ofrecernos nuevas maneras de satisfacerlo.

Quizá la respuesta esté en el nombre mismo de la gira.

Ecos.

Porque un eco contiene presencia y ausencia a la vez. Se escucha. Se reconoce. Conserva algo de la voz original. Puede emocionarnos, incluso hacernos llorar. Pero la voz ya no está allí.

Tal vez buscamos esa comunión para espantar el silencio de una ausencia.

Retrato Juan Lemus
Juan Carlos Lemus: Colombiano que sabe por qué Shakira y la coca dominan el top of mind nacional. Entenderlo no es aceptarlo. Papá y esposo por amor. Ingeniero por confusión. MBA por necesidad. Filósofo por terquedad. Triatleta por disciplina. Curioso en defensa propia: ese instinto lo volvió melómano, cinéfilo y lector. No colecciona gustos como credenciales. Prefiere examinarlos y comentarlos sin perder la elegancia.

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