Eternal Return es algo así como un “doozy” (algo extraordinario), un épico mamut rastrero de riffs, voces etéreas y tórridas, con un mensaje infinitamente profundo.

TXT :: Mixar López | FOT :: Windhand

Este es el cuarto álbum de Windhand, un disco nacido a partir de la frustración, la pérdida y la confusión. Los miembros restantes de la banda han manifestado en este álbum un fuego que arde y da rabia, pero nunca pierde el foco.

Conocidos por su sonido doom épico, por la cabellera que sacude el piso y golpea su corazón, Windhand ha prosperado un poco más en ese ruido que ya es una marca de la casa. Su nuevo productor, Jack Endino (Nirvana, Soundgarden, Mudhoney), ha logrado afinar ese sonido en dosis pequeñas pero significativas. Las voces de Dorthia Cottrell han sido siempre fantasmales y espectrales, aporreando las palabras y desparasitando el ritmo a través de las canciones, siempre buscando la profundidad en la nota. Aquí está más al frente, más puesta, más caliente de alguna manera, y sin embargo, todavía tan fría y de otro mundo, en el de los muertos, como siempre.

Sus entonaciones no han cambiado mucho desde el Windhand (2012), pero se puede sentir más grunge aquí. Y justamente, “todo el mundo” habla de cómo este álbum incorpora más elementos grunge, pero en verdad que yo no lo oigo tanto en la instrumentación, sino en la voz de Cottrell. El espíritu de Kurt Cobain está merodeando por ahí en alguna parte, debajo de sus panties, atormentando algunas de sus frases y coros. No es algo molesto, y apuesto a que si Jack Endino no fuera el productor, la mayoría de los fans ni se darían cuenta. Sin embargo, Endino está ahí, y también el grunge, lo que añade una capa interesante a un sonido ya bien establecido de doom.

También hay que hacer nota: la guitarra es un poco más pesada que en los álbumes pasados, el bajo se da espacio para apoyar en él toda la estructura del ritmo, más ahora, que la banda se reduce a un guitarrista (Garrett Morris) en lugar de dos (Asechiah Bogdan). Y esas baterías… Satanás: Ryan Wolfe no termina de recibir el suficiente crédito por lo que hace aquí. Es un héroe anónimo en esta banda.

“Halcyon” abre el disco y es tan buena como una conjetura de hacia dónde se dirige el álbum, más que otra pista. Es pesada, difusa, melódica y malhumorada, como debe ser este género… Te descubrirás cantando junto a Cottrell en el coro, entonando “me gustaría que lo hicieras, una y otra vez”. Es en esta pista y la siguiente “Grey Garden” que las influencias del grunge son más evidentes. Verdaderamente se puede escuchar al fantasma de Kurt en estas dos pistas, mientras que en las últimas se desvanece un poco. Para mi cartera, la mejor pista es “First to Die”, que es como una zanja honda de la que te libras de un salto, pero no de la suciedad que hay en ella. Pesada, pesada, pesada, tritura al oyente con su ritmo perezoso y stoner. Este es el clásico Windhand, justo aquí. El resto del álbum sigue arribando hacia ti, implacable y espeso, denso, con poder y un abrupto peso emocional y generacional. No hay retirada ni rendición. Todo culmina con “Feather”, donde alcanzamos ya un poco de tacto acústico (estilo Nirvana Unplugged) que se escurre en una derivada lánguida y sombría, sin llegar a ser pesado, no hasta dentro de cinco minutos; a partir de ahí, se convierte en una losa monolítica de poder puro, asombrosa y soberbia hacia el final de los tiempos y el final mismo del disco, desvaneciéndose y disipándose…

¿Es Eternal Return el mejor álbum de Windhand? Quizás. Todavía me gustan los dos primeros (Windhand, Soma), pero éste se enfila con ellos. Si buscas una hora de perdición y descontrol, ¿qué haces aquí? Enchúfate y reprodúcelo a máximo volumen. Windhand mezclan crudeza, poder y valentía con su psicodelia oscura en una especie de brebaje metalero casi perfecto.

No es un consuelo escuchar cuando “Kurt” se mete en otras ondas sonoras, pero aquí es muy gratificante.

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