De las especies que moran el planeta los dolientes permanecen siempre ocultos, a pesar de vivir entre los demás. Su tristeza, fruto del dolor, la enfermedad, la pérdida, la muerte; les mantiene en un margen ajeno al ruido del torrente de la vida que para el doliente pasa a ser un rumor lejano. Igualmente el frenesí de los estímulos se torna en un lento suceder de invitaciones sin sentido a vivir  en el presente, se transforma en dolorosos restos del pasado para el sufriente. El mismo suceder de Cronos se ralentiza hasta llegar a ser un martirio silencioso e imposible de comunicar en su totalidad a nadie.

Sin embargo la tristeza profunda que mantiene a sus portadores en un espacio y tiempo paralelos a los demás, esconde una belleza única. Una sabiduría cruda que es una epifanía del verdadero valor de las cosas. No hay restos de arrogancia, de ego, de vanidad ni de miedo. La vida se vuelve un tránsito, no un fin.

El dolor dota de una capacidad reveladora, un resignificar las cosas y los fenómenos que nos rodean.

La butaca que giraba en el vagón panorámico volvió a su memoria. Era como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón”, escribió el japonés Yasunari Kawabata en su obra Lo bello y lo triste, de 1965. Este libro es una de las más brillantes narrativas sobre el proceso de vivir bajo el yugo de la tristeza.

Personajes dolientes en busca de paz y otros secundarios ante el dolor original que en cambio optan por la revancha. Entre los primeros está Dalibor Cruz, su hermano se suicidó en diciembre pasado, y Dalibor le dedica su EP Riddled With Absence, un disco que experimenta con el noise dance y una danza hondureña llamado Punta. El dolor revisa el baile para generar un estado íntimo y embriagador.

No es de extrañar sean algunos escritores japoneses  como Kawabata o Mishima Yukio, ambos se suicidaron, los que mejor plasmasen en su obra el proceso que trasforma al individuo llevado por el dolor. La traumática experiencia de la guerra y el colofón nuclear cambió la percepción de varias generaciones de aquel país que un tiempo enfebreció por la violencia nacionalista e indentitaria.

Si observamos  las fotos de los perdedores o de los enfermos, podemos contemplar sus ojos sumergidos en un pozo profundo del que algunos vuelven, otros quedan allí hasta el fin, pero todos en mayor o menor medida permanecem para siempre al alcance del agua negra que lo inunda todo repentinamente y ensombrece cualquier instante.

Es justamente de ellos y su dolor debido a la derrota de la salud y de la vida, de su testimonio, del que la humanidad obtiene el propósito del bien común, de igualdad, de justicia y de paz. No hay aprendizaje sociales útiles en la victoria, sí hay alicientes individuales, pero solo constatar la fragilidad de todos, el abismo que acecha, nos incita a huir del enfrentamiento, y colaborar con tolerancia en pos de la estabilidad grupal.

Sucede en cambio de manera desoladora que la belleza y la altura ética del dolor y la derrota, su virtud, se enajena cuando sus portadores ya no son los que ordenan el futuro inmediato y las lecturas del duro aprendizaje. Las generaciones posteriores hacen suyo un dolor intrasmitible en esencia, lo convierten en ruido lo acomodan a su ego y así la humildad obligada pasa a convertirse en venganza.

Las guerras dejan millones de dolientes. Todos convencidos de no querer jamás volver a vivir bajo la realidad bélica. A lo largo de la historia guerreros entregados a su causa han pasado a ser pacifistas, escépticos ante cualquier idea que proponga el enfrentamiento como dinámica de implantación ideológica . Pero no han de pasar muchas décadas para que los que no sufrieron el dolor, y por lo tanto no experimentaron la sabiduría que recalifica el mundo desde la belleza de la derrota, se apropien del legado y mancillen con odio el mensaje pacificador del doliente.

Hay una corriente belicista en muchas causas alrededor del mundo. Desde los siempre inacabados nacionalismos, a obrerismos irreales guerras civilistas, frívolos neo fascistas y feministas de hastags sin freno, indigenistas con servicio del hogar racial. El tono identitario frente al universalista de muchos líderes sociales, aupados al púlpito de las redes y las frases incendiarias, nos lleva al olvido de las lecciones del daño pasado. El impostor del dolor debe ser especialmente exarcebedo en su victimismo, radical en su odio, el rencor es su manera de aproximarse al supuesto contrario.

Estatuas caidas, tanques en la frontera, barcos de guerra en aguas ajenas,  discursos simplistas de ell@s y nosotr@s; hay un incendio verbal y de maniobras militares creciente, el mundo repentinamente prescinde del pacifismo por supuestas causas superiores, como si la historia no nos hubiese mostrado suficientemente que nada está por encima de la vida y la salud, propia y ajena.