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Dirty Sound Magnet: “La música es casi una religión, puede unirnos a todos”

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Dirty Sound Magnet no está tratando de sonar como las bandas revival. No es una banda retro ni otro grupo europeo tocando riffs para turistas del pasado; lo suyo es más peligroso: rescatar el espíritu, el riesgo, la libertad creativa que definió una era en la que la música todavía importaba. Esa época en la que el estudio de grabación era un laboratorio y no un software; cuando el error era parte del alma del sonido y un disco podía cambiarte la vida. En su mirada y en su discurso hay una claridad brutal: el rock, como lo conocimos, fue un pico artístico, lo que vino después —la digitalización, los algoritmos— solo fue un largo descenso, una especie de anestesia colectiva donde la música dejó de doler, de oler a sangre, de tener algo que perder.

TXT::Tim Drake

Charlamos con Stavros Dzodzos, vocalista y guitarrista principal de Dirty Sound Magnet, un músico que habla del presente con una honestidad casi filosófica. No intenta vendernos nostalgia ni discursos heroicos; habla de música como quien habla de sobrevivir. Lo hace con la serenidad de quien entiende que el tiempo pasa, que el rock cambió, pero que su esencia no depende de modas ni algoritmos. Para Stavros, el alma del rock sigue siendo la misma: sudor, espíritu, conexión. Lo que se pierde con cada loop, con cada clic, con cada playlist diseñada para no incomodar.

Numerosas canciones suyas tienen atmósferas efusivas, con instantes profundamente introspectivos. ¿Cómo equilibran esa parte en los discos con el trabajo que hacen después, al llevar esas mismas canciones al escenario?

Esa es justamente la base de nuestra música: no tener límites. Desde el principio de la banda siempre vi la música como algo infinito. Nunca quise que se tratara solo de una emoción o un estado, sino de todo lo que somos. A veces estamos felices, otras tristes; a veces necesitamos poder, otras silencio; a veces queremos hablar de lo que sentimos, o incluso de cosas políticas. Para mí, la música es el espacio donde cabe nuestra humanidad. Tengo la suerte de compartir eso con Marco y Maxime. Los tres creamos sin fronteras, explorando cualquier idea que tengamos. En un álbum es más fácil, puedes construir pasajes sonoros y moverte por diferentes emociones; en vivo, el público busca más energía, así que hay que encontrar el punto medio. Pero creo que el disco —lo grabado— sigue siendo el mejor lugar para expresarlo todo.

Está claro que no tienen límites: hacen canciones de ocho, incluso diez minutos. ¿Cómo es el proceso de composición o producción para dar forma a piezas tan ambiciosas?

Todo nace de manera natural. Hay canciones que simplemente tienen que durar dos minutos porque esa es su mejor versión. Otras, en cambio, piden más tiempo para respirar, para desarrollarse. Cada idea tiene su propio ritmo y su propia vida. Como compositor, siempre me resultó más fácil escribir música compleja, juntar muchas ideas y transformarlas en algo más grande. Por eso “Calypso” es más larga. La escribí hace tiempo, la tocamos durante años y este era el momento justo para grabarla. Algunas piezas necesitan madurar antes de quedar registradas.

¿Por qué eligieron este tema como uno de los sencillos previos y qué representa lanzarlo justo ahora, cuando su nuevo disco está a punto de ver la luz?

Fue una decisión comercial, pero no en el sentido habitual. Quienes compran vinilos, CD´s o preordenan el álbum buscan algo con sustancia, algo que los deje enganchados. Si sacas un sencillo de tres minutos la gente puede decir está bien, suena bien, pero si lanzas una de las piezas centrales del disco, como “Calypso“, entonces entienden hacia dónde apunta el álbum. Queríamos darle al tema la oportunidad de tener vida propia, de respirar fuera del contexto del disco. Además, sirve para mostrar la amplitud del álbum: canciones directas y potentes y otras más experimentales.

Vivieron un episodio fuerte: un envenenamiento que te llevó al hospital. ¿De qué manera ese momento influyó en las letras, la composición, la producción o la energía general del disco?

Hay canciones que conectan directamente con lo que pasó (“Swim in trance“, “Dance and die“); lo importante es la vibra general, sombría. Este disco es más oscuro, introspectivo; el anterior, Dreaming in dystopia, es luminoso, está lleno de esperanza y belleza.

Han estado en México en 3 períodos. ¿Cuál es su relación con México actualmente?

Somos de Europa. Tener la oportunidad de ir a México por cuarta vez es increíble, significa otro continente, algo que hace solo unos cientos de años era posible. En México y América Latina hay pasión por la música. Vivimos la vida real allí, con amigos, con personas que conocemos. Nos gusta volver. Está más allá de la música, más allá de la carrera, más allá del dinero. Es vida.

Después de girar por escenarios tan diversos, desde Europa hasta América Latina, ¿qué diferencias culturales les han resultado más evidentes? ¿Creen que esa distancia —cultural, emocional o incluso espiritual— es lo que termina conectando tan profundamente su música con el público latino?

Algo que sentí fue la importancia que tiene la música para los mexicanos, realmente ocupa un lugar profundo en su vida. Y como para nosotros también lo es, esa conexión fue inmediata. A veces, en países más ricos de Europa, como Suiza, la música se convierte en una opción más entre tantas formas de entretenimiento: el fútbol, los videojuegos, las redes sociales. Hay tantas distracciones que la música termina siendo solo una cosa más. En México la música forma parte del alma.

Los latinos son profundamente nostálgicos: aún veneran a Led Zeppelin o The Doors como si el tiempo no hubiera pasado. ¿Esa añoranza por la vieja escuela del rock es lo que hace que su propuesta encaje tan bien aquí?

En Latinoamérica en general hay una devoción especial por el rock clásico. Todos aman a Led Zeppelin, por ejemplo. No digo que nos parezcamos, nuestro sonido es distinto, pero compartimos lo místico, la improvisación, la energía real sobre el escenario. Tocamos sin pistas, sin clics, sin demasiada tecnología. Lo nuestro es puro performance. Tocamos dos horas y media sin red de seguridad. Creo que eso la gente lo siente, lo aprecia. Ven a tres personas que han dedicado su vida entera a tocar, pero no solo desde la técnica, sino desde lo emocional, desde lo espiritual. Para nosotros, la música es casi una religión. Y cuando tocas desde ahí, inevitablemente conectas con quienes sienten igual.

Sobre el escenario se nota que ustedes vienen de otra escuela, una donde el rock aún olía a sudor, peligro y libertad. ¿Por qué crees que hoy son tan pocas las bandas que quieren continuar con ese legado, que prefieren seguir fórmulas en lugar de apostar por ese espíritu salvaje que ustedes mantienen?

Hay muchas buenas bandas, por supuesto. Desde los años 60 no hay nada que hacer, pero también hay muy buenas bandas después del 2000. Sentimos que hay algo que la gente extraña de alguna manera, algo muy común hoy en día. Por ejemplo, Queens of the Stone Age es una banda con álbumes realmente buenos, y su música va más allá del stoner, tiene muchas variaciones. Los pondría en la misma liga de las bandas ya mencionadas. Pero estamos en 2025 y mantenemos ese espíritu sin hacer música retro, no queremos sonar vintage. Para mí, esa época fue una especie de punto máximo en la historia de la música.

¿Por qué crees que ese fue el punto más alto?

En los años 60 el álbum se convirtió en una forma de Arte, el top 10 estaba lleno de música de gran calidad. Todo se juntó en ese momento.

Consideras que las nuevas generaciones involucradas en la creación musical están más interesadas en satisfacer al algoritmo que en hacer Arte. ¿Qué opinas de la música actual?

Depende de la generación, del artista y del estilo musical. ¿Los músicos están alimentando al algoritmo o el algoritmo está creando indirectamente esta música? En los años 60 y 70 había espacio para que la música más creativa llegara a ser popular, porque la gente realmente escuchaba, prestaba atención; no creo que haya sido la gente la que cambió, sino el sistema. Es una consecuencia global de la sociedad. Hoy, muchos artistas simplemente están alimentando la máquina, de una u otra manera. A menos que estés un poco loco, como nosotros —o que hagas música solo por diversión en casa—, si quieres tener éxito, terminas inevitablemente alimentando al algoritmo. Es el camino que impone la época.

Dices que su próximo disco es más oscuro. ¿Crees que encaja con los tiempos que estamos viviendo y puede ser una especie de soundtrack para el próximo año, considerando lo que pasa a nivel global?

Prefiero escribir letras optimistas porque ya hay demasiada oscuridad en el mundo y también en la música, especialmente en el metal, donde casi todo es sombrío. Siempre intento dejar un hilo de esperanza, es importante vivir con esperanza, con una luz al final del túnel. Realmente deseo que el próximo año sea mejor que éste, que haya menos sufrimiento. Y creo que la música puede ayudar a eso, porque une a la gente. Para mí, la música es la mejor religión: no importa de dónde vengas o quién seas, puede unirnos a todos. En Transgenic (2019) hablamos de un virus misterioso, de personas comunicándose solo a través de pantallas… y meses después llegó el COVID. Sin planearlo, ese álbum terminó siendo la banda sonora de lo que vino después. Así que, esta vez, prefiero que nuestro disco no prediga el futuro.

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Staff

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