Cuentan que nuestros ancestros asistían al algo que se llamaban conciertos. ¿Puedes creerlo?  

Los músicos tocaban en vivo y la gente iba a verlos. Sí, todos en el mismo lugar. Entonces podías acercarte hasta donde quisieras. O hasta donde aguantaras los empujones. Había gente que se colaba casi hasta el frente. Contenía la respiración y comprimidas contra la valla (la valla, te explico, era una estructura de fierro que colocaban justo abajo del escenario), esas personas se rifaba completa toda la actuación del grupo.

TXT:: Arturo J. Flores

GIF:: Sofía Manzano

No, no era peligroso. Bueno, llegaron a suceder algunas desgracias. Uno que otro apachurrado, pero casi siempre por culpa de la mala organización. Pero en términos generales uno podía asistir a uno de esos conciertos y lo más que podía suceder es que te robaran el celular o te pellizcaran una nalga.

Mi tío fue a varios. Incluso a varios festivales. Sí, igualitos a los que se transmiten en Instagram en nuestros días, con la diferencia de que los artistas subían a un escenario y no éramos nosotros los que, con ayuda de una pantalla, nos asomamos a su estudio o a su recámara. 

Ya sé, tiene su chiste poder verlos actuar en pijama. Pero me imagino que haberlo hecho en un escenario, con pirotecnia y un volumen que hacía que se te doblaran las piernas y se te pusiera chinita la piel, debió tener su encanto.

Si le buscas, en algunos blogs puedes encontrar reseñas de aquellos conciertos. Igual que hoy, había para todos los gustos. A los chavorrucos les gustaba bailar algo que se llamaba slam. Se daban en la madre unos con otros. Sí, entonces no estaba de moda guardar distancia con tus semejantes. A veces a mi tío se le salen las lágrimas cuento me platica, que llegó a cantar a grito pelado la letra de alguna canción abrazado de su grupo de amigos, bien pedos y felices. 

Dice que no se acostumbra a escuchar la música solo con audífonos, que daría cualquier cosa por volver a llegar a un festival para echarse unas chelas en el estacionamiento. Para darse un toque antes de entrar. Por morirse de nervios cuando estaba formado en la fila, para que los Lobos -así les decían a los de seguridad, que era quienes cuidaban, aunque no siempre lo lograran, que nada saliera en los conciertos– no descubrieran la cantidad y variedad de dulces  que se había escondido entre los calzones y los testículos.

Entonces los amigos se pasaban las caguamas y bebían todos del mismo vaso, igual que Jesús en la última cena. Se rolaban los churros. Te podías besuquear con tu chica o tu chico, o hasta se daban besos de tres, mientras las bandas saltaban en el escenario, invitaban al público a corear las canciones, los reggaetoneros tenían delante suyo a una multitud sudorosa que se divertía perreando hasta el suelo y lo peor que podía pasar es que te diera una cruda de los mil diablos.

Te digo que si te clavas, en YouTube aún hay videos que la gente tomaba de esos conciertos. Dice mi tío que él era de los que criticaban a los grababan con su celular. Hoy, en cambio, le da gracias al cielo que lo hicieran. Hay veces que se destapa una cerveza y se sienta delante de la compu, para ver esos videos malhechotes. Son el único testimonio que resta de esa época dorada.

Conciertos multitudinarios, festivales apoteósicos, perreos infernales, tocadas under, jams en improvisados bodegones o antros súper fresas. Uno por uno los va observando mientras los ojos se le van llenando de lágrimas y en la garganta se le va formando un nudo. Siempre termina pedísimo y llorando a moco tendido, hasta que se queda dormido.

En una de esas borracheras me platicó que un día todo se fue a la mierda. La gente no pudo volver a salir de su casa ni mucho a menos a asistir a un concierto. Nos acostumbramos a mirarlos tocar sus instrumentos desde un sitio remoto. A reunirnos en fiestas, en raves, en aquelarres virtuales y orgías sonoras, cada quien desde su casa y con la seguridad que ofrece una conexión de fibra óptica.

Dice mi tío que antes bailaban en parejas o en círculos. Se hacían retas. Podías perrearle a una chava o a un güey y sentir su cuerpo sin necesidad de simuladores 4D.

Pero ya sabes cómo es la humanidad. Tiene la costumbre de echarlo todo a perder.