Entre las cosas que he tachado de mi lista durante esa cuarenta, estuvo ver la película Detroit Rock City, dirigida por Adam Rifkin en 1999. 

TXT:: Arturo J. Flores

En ella, cuatro fanáticos de Kiss intentan por todos los medios asistir a un concierto que la banda ofrecerá en Detroit (la ciudad del rock, but of course), aunque ello suponga faltar a la escuela, ayudar a que uno de ellos escape del internado al que su madre lo metió para librarlo de “esa música del diablo”, hurtar el auto de sus padres e, incluso, convertirse en striper –otro de los protagonistas– en un club repleto de MILF’s, para ganarse el dinero con qué comprar boleto.

Más allá de lo insulsamente divertida que resulta, porque no es ni por asomo una película “de arte”, la épica también funciona como un informercial de hora y media acerca de inmensa variedad de mercancía del universo Kiss. 

También me puso a pensar en lo mucho que podemos hacer los fanáticos de la música con tal de asistir a un concierto.

Así como los protagonistas de Detroit Rock City, he conocido historias de gente que casi vende un riñón en la Deep Web para pagarse un VIP, que se cuela al venue disfrazado de vendedor de cerveza o que –esta es una historia larguísima que no pienso contar hoy– le miente descaradamente al guardia de seguridad de un venue para poder colarse a un concierto con tal de complacer a una chica. Sólo diré que me salí con la mía.

La cuarentena que atravesamos luce desesperanzadora con respecto a la posibilidad de volver a escuchar música en vivo. Mientras veía la película, que como es previsible, termina con los protagonistas disfrutando de la actuación de Kiss, en medio de una multitud apretujada de finales de los setenta (se supone que el largometraje sucede en 1978, aunque se estrenó en los 90), sudorosa, que aún no escuchaba hablar de la sana distancia, pensaba en que quizá no volvamos a ver –o experimentar– algo así en el futuro próximo.

Hace unas semanas, por stalkear a una amiga, me enteré que había comprado boletos para el concierto online de una banda de K-Pop a través de un concepto denominado Beyond Live. Promovido por SM Entertainment y Naver, es una plataforma de transmisión de conciertos en vivo que, a diferencia de las sesiones que desde sus recámaras han realizado algunos músicos, promete una nueva “experiencia”.

Me puse a ver los promocionales de los conciertos y descubrí no solo que la experiencia incluye un escenario multimedia, con gráficos en alta definición, animaciones en AR, además de la interacción de los grupos con sus fans a través de redes sociales y la posibilidad de ser uno de los afortunados en formar parte de la audiencia “virtual”, es decir, que su rostro se proyectara en una pantalla para que los artistas pudieran verlo durante su actuación.

Pero no es eso lo que más me llamó la atención, sino que 75,000 personas de 109 países pagaron más de 27 dólares por presenciar un concierto en línea. Muchas de ellas incluso compraron con anticipación un “palito de luz” para poder agitarlo en la sala de su casa mientras ven a grupos de K-Pop como Super M o NCT Dream.

Lo que me desconcertó fue leer que una usuaria escribió en los comentarios de la transmisión que aquella había sido “la mejor experiencia de su vida”.

La crisis sanitaria ocasionada por la propagación del Covid-19 nos ha demostrado una verdad irrefutable: no sólo el mundo cambió a causa de ella, sino que quizá había cambiado desde antes y no nos queríamos dar cuenta.

Yo fui uno de esos que, en este mismo espacio, se quejó de quienes grababan con sus teléfonos durante los conciertos, de quienes se “perdían” la experiencia viva, prefiriendo mejor observar el mundo detrás de una pantalla. Son quienes pertenecen a esa generación a los que el coronavirus no los privó de disfrutar de un concierto. Para ellas y ellos, nada de raro tiene acercarse a la música por el filtro de la tecnología, porque así crecieron y se habituaron. Acostumbrarse es sobrevivir.

Ya vivían en el futuro cuando nosotros nos aferrábamos hasta con uñas al pasado.

En otro momento me hubiera burlado, pero luego de la lección que me dieron los coreanos, sólo citaré aquel viejo proverbio: “procura que tus palabras sean dulces, por si acaso te las tienes que tragar”.

Las épicas del presente ya no involucran las desventuras de cuatro adolescentes para robarse el auto de sus padres y llegar a tiempo a Detroit para ver a Kiss. El reto de las nuevas audiencias es no quedarse sin batería para sintonizar conciertos junto a miles de personas de diferentes países… sin moverse de su habitación.