Repartidores de una multinacional de pizza circulan en enjambre tocando sus cláxones, perturbando de esta manera la paz del sábado en la mañana. Posiblemente se trate de un engendro happening- flashmob publicitario para clavar con un martillo en la cabeza de los vecinos la dualidad  sábado/pizza, o podría también ser una protesta sindical. Al rato un balón se escapa rodando de una cancha pública de basket, atraviesa Patriotismo salvando milagrosamente, camiones, autos y motos. El propietario desde la banqueta contempla  aliviado que nadie se accidenta, luego, alegremente sorprendido, ve llegar el balón al otro lado de la avenida sano y salvo, para después, por un momento, breve, celebrar que una moto desvía con cierto riesgo su trayectoria para ir detrás de la pelota. La celebración se convierte en una triste confirmación, la rata esconde el balón entre las piernas y dirige su vehículo en la huida del ladrón, que siempre es dando la espalda. El lamentablemente nada atónito dueño del esférico exclama de impotencia un “¡hey!”, pero el mandril envuelve su regalo entre las piernas y estruja el acelerador. A punto de arrancar el motorista hurtador de esféricos se ve obstaculizado por el oficial Villegas, un joven agente parado haciendo horas de guardia en una esquina de la calle Mazatlán. El inesperado héroe recupera el viejo balón que no vale ya ni 5 pesos, pero con el que su dueño logra darle un respiro a su vida.

Un par de cuadras más allá el naranja es verde para la alegría treintañera que llena terrazas. Un jolgorio algo prosaico, sino siniestro, visto desde la perspectiva de la atmósfera de dolor que inunda la ciudad de las cientos de muertes diarias por Covid. Las conversaciones son sin duda animadas y las ganas de mostrarse intactas. Los seres humanos que se acercan a las mesas de los despreocupados a pedir y vender se cuentan por decenas en tan solo un par de tragos.

La presencia de uniformados como el agente Villegas es notoria. En coches, camionetas, motos, caminando…

No muy lejos de allí, en un hospital público, bebés que nacen prematuros requieren de incubadoras, ventilación mecánica y otros insumos médicos para su supervivencia. Sus padres de distinto pelaje socio económico, pero ninguno sobrado de pudientes, se las ingenian para conseguir feria que pague los tratamientos de sus hijos. Pasado un mes de incubadora y sin más riesgos aparentes para los bebes que no haber desarrollado suficientemente sus pulmones, los médicos avisan a las familias  que los neo natos serán dados de alta y que para ello los padres deben comprar oxígeno que asista a sus hijos en sus casas. Al shock que supone pensar en un recién nacido dependiendo de una bombona de oxígeno en su hogar, se suma la rabia por la imposibilidad económica de asumir semejante gasto, una renta de un concentrador de oxígeno puede llegar a los 15 mil pesos semanales. La tensión entre los no derecho habientes a otros seguros públicos y los galenos se desarrolla con la presencia de miembros de empresas de seguridad privada, polis de la secretaria de salud y desde hace meses uniformados de la guardia nacional que pasean su andar marcial por los hospitales.

En los barrios de la gran urbe la noche llega y el territorio se disputa entre las fuerzas del orden y los soldados del desorden, pistoleros que la pobreza de centurias justifica en sus códigos del hampa. Se buscan objetivos, inversiones, ciudadanos a los que poder sustraer recursos.

La ciudad no para de crecer en número de habitantes y desigualdad, la vida trascurre en un cada día más frágil equilibrio de supervivencia, hasta el más insignificante hábito acontece en unos finos límites entre la normalidad y la tragedia. El disco del búlgaro Evitceles, Black Leaf habita en los mismos paramos de tensa calma.

Nuevo Orden, el último film de Michel Franco, no su mejor película pero sí otra muestra de su talento perturbador, propone con acierto un escenario de equilibrio roto. El largometraje carece de los silencios entre personajes que trasmiten tensiones atávicas de sus anteriores obras, pero con una propuesta más comercial retrata con gran exactitud los elementos concretos que nos pueden llevar al terror social sistémico

En las Hijas de Abril fue la locura del misticismo femenino el tema de fondo, la enfermedad de una vida capturada en imágenes hasta su más profunda intimidad; lo señalado en Después de Lucia, el deseo y el trauma tejiéndose juntos en Daniel y Ana. En Nuevo Orden al rencor social Franco lo catapulta desde la pobreza y lo convierte en una distopia como causa de la militarización previa de la sociedad. Estas partes del guion no necesitaron de mucha imaginación.