#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

Me salí con la mía. Hace unos días cumplí 40. Lo sé porque lo dice mi acta de nacimiento. Me lo recuerda de vez en vez la rodilla. La cara que pongo cuando escucho nuevos vocablos en voz de mis alumnos. Apenas ayer le tuve que preguntar a una qué rayos significa “ggg”.

No quiero decir que me siento de 20. Sería la peor de las mentiras. A esa edad era un poco más ignorante de lo que soy ahora. Pero puedo decir que mantengo ese mismo espíritu inquieto, esa curiosidad y esa pasión por el simple hecho de existir, que me picaron como abejas desde que era niño.

No vivo en el pasado. Me emociona la modernidad y hasta su rostro más posmo. Pero tomo convenientemente lo mejor de aquí y de allá. Me gustaba escribir mi columna Tokada y Fuga en la revista Rock Stage. Pero jamás pretendería revivir ninguna de ambas. Ya Stephen King nos demostró en Pet Sematary los inconvenientes que resucitar a los muertos.

Por eso escribo #EnMisTiempos en Marvin

Una vez escuché decir a un policía en una película que cuando era joven su Beatle favorito era John Lennon, pero después de los 40 se volvió Paul McCartney. Así me pasa con los festivales. Antes me emocionada sin reservas. Golpeaba como punk. Creo que con el tiempo me volví un poco más observador. Me gusta elegir bien presas musicales antes de cazar.

Todavía me emociona descubrir música nueva del presente y del pasado. Porque el tiempo me ha enseñado que también en reversa se avanza. Hace un par de semanas estuve en Oakland, cubriendo el Treasure Island Music Festival.

Me voló la cabeza un rapero de nombre JPEGMAFIA. Después me enteré que se llama Barrington DeVaughn Hendricks y nació en Baltimore. La ciudad donde fue visto por última vez mi santo pagano Edgar Allan Poe. Donde murió preso del alcoholismo y en medio de terribles delirios. Así de conectados están en el presente y el pasado en el cauce de mis arterías. Porque chavorruco.

JPEGMAFIA subió al escenario sólo con una laptop y un micrófono inalámbrico. Nació sólo dos después que yo, aunque 11 años antes. Cuenta con dos discos de estudio. Durante el festival le tocó inaugurar el principal de dos escenarios. La escasez de público no lo paralizó. Por el contrario, lo animó a lanzarse del escenario, bailar slam con nosotros y terminar revolcándose en el lodo. Quizá porque estudió periodismo y sabe que ese tipo de piruetas le aseguran un lugar en las crónicas cuando su música no es tan popular.

Por lo menos yo mordí el anzuelo.

Otro de los actos que me animaron a saltar como si cursara el último año de prepa en vez de impartir clases en la Universidad fue Shame.

Si los ancianos de Cocoon recuperaban la vitalidad por entrar en contacto con extraterrestres, ¿por qué un entusiasta cuarentón podría saltar con una banda británica de punk que recién este año lanzó su primer álbum, de nombre Songs of praise? ¿Por qué no emocionarme cuando el cantante Eddie Green se dejó cargar por la audiencia igual que Jesús caminando encima del agua?

¿Qué me impedía celebrar otra vez como lo hice la primera vez que experimenté un crowd surfing, más de dos décadas atrás, cuando yo mismo, todo enclenque, volé encima de las cabezas de un atestado Rockotitlán, impulsado por la fuerza de mi amigo Alberto, hasta aterrizar sobre el escenario?

Pero les voy a decir que fue lo que me emocionó mucho más que todo.

Descargan lo mejor de su pesadumbre instrumental los Cigarettes After Sex. Greg le susurraba a un micrófono indiferente que quería cogerle lentamente a su Crush.

De pronto escuché un vitoreo que no provenía del escenario. El Treasure Island se lleva a cabo en una isla entre Oakland y San Francisco, desde la que se puede admirar una puesta de sol tan hermosa como el sopor que nos atraviesa desde la nuca hasta la punta de los pies después de venirnos. En ese momento hubo quien prefirió mirar al sol esconderse detrás del Golden Gate que disfrutar de un concierto. Prevaleció el espectáculo de la naturaleza por encima de la música hecha por el ser humano.

Mientras a un joven de 2018 le siga conmoviendo una puesta de sol como para grabarla con su celular y aplaudir, gritar y festejar aunque sobre el escenario se toque una de las canciones de moda, hay esperanza.

De chico yo quería ser chavorruco para ver algo así.