El próximo miércoles 6 de noviembre presentaremos un nuevo libro de la colección de Rock Para Leer, seguido por un cocktail cortesía de Bacardí. Este libro lleva por nombre David Bowie: Manual de amor moderno para aliens, un tributo a la obra y vida del Major Tom. El libro cuenta con 22 cuentos ilustrados y a semejanza de la vieja escuela y las viejas costumbres cuando comprabas un disco y te encontrabas con canciones extra este libro también tienes sus bonus tracks.

Este libro refleja la visión de cada uno de los autores y de cómo Blackstar llegó a sus vidas para cambiarlas. El primer bonus track de este libro influenciado por Starman está a cargo de Juan Ter Veen. Compra David Bowie: Manual de amor moderno  para aliens en nuestra tienda en línea en Kichink .

El hombre que se cagó en el mundo

TXT:: Juan Ver Teen

ILU:: Salvador Verano

“Mary-Lou: What happens to you when you drink?

Newton: I see things.

Mary-Lou: What things?

Newton: Bodies”.

The man who fell to earth

I

La mesera me ofrece otro vodka. Le digo que sí.

—Y cámbiame el cenicero.

Afuera, la calle es una romería. Seguramente hubo un evento cerca, porque esto no es normal en jueves.

Me alegra estar aquí, el lugar es limpio y agradable. Cuántas noches he pasado frente a esta vidriera, de vuelta a casa, y nunca se me había dado la gana entrar.

Pero esta no es cualquier noche. Acabo de mandar a la mierda a mi jefe, ese cara de pito que me hizo la vida imposible desde que crucé la puerta de su oficina, con mi currículum en mano, hace más de cuatro años.

Tenía las tripas hechas un nudo, hace rato, cuando traspuse esa misma maldita puerta que pone: “Editor en Jefe”, arrojando papeles al aire y mentándole la madre a todos los presentes. De hecho, necesité una cerveza y dos vodkas para detener el temblor de mis manos. El alcohol es mágico, eso nadie lo puede dudar; ahora me siento relajado, tal vez más relajado que nunca.

La mesera coloca el trago y un nuevo cenicero frente a mí, y se aleja moviendo el trasero. No lo había notado, pero tiene unas piernas preciosas. Tal vez sea el sopor, pero estoy un poco más fisgón que de costumbre. Afuera, un párvulo está haciendo un berrinche épico, al que responde su madre con una sola y certera nalgada. El pequeño abre descomunalmente los ojos, y cuando parece que va a estallar, suspira un par de veces y recupera la compostura, secándose los ojos con las mangas del suéter. Un flashback libre de emotividad cruza por mi mente.

Avanzando sobre la calle, a bordo de un Falcon convertible último modelo, cinco adolescentes gritan y ríen a todo pulmón erguidos sobre sus asientos, atrayendo las miradas de desaprobación de los transeúntes. Otro flashback. Bebo de un sólo trago mi vodka tonic, y agito la mano por encima de la cabeza indicándole a la mesera que quiero uno más. Mary-Lu (así pone el gafete que trae prendido al pecho) me atiende rápido y con una sonrisa. Le agradezco guiñándole un ojo. Estoy formalmente borracho.

La actividad en la calle, que contemplo desde mi cómoda posición a través del ventanal, empieza a parecerme entretenida. Gente de todas las edades, avanzando en ambos sentidos, como caballos de tiovivos superpuestos, absortos en sus propias realidades. Yendo a todos lados y a ninguna parte; solos o en grupo, soledades acompañadas.

Justo frente al bar, en contra esquina, resplandecen las luces de una marquesina de cine. Los carteles iluminados que flanquean la entrada son asomaderos a universos alternos; frente a ellos cruza una pareja, ella va tomada del brazo de él y se detienen a mirar. Sus siluetas quedan dibujadas de manera precisa y entonces la reconozco. Es mi mujer, bueno algo así, es una historia complicada. Tiene puestas unas botas de tacón, que le llegan casi hasta las rodillas, y un abrigo color marrón que nunca le había visto. Está preciosa. El sujeto lleva cuello de tortuga y un traje de tweed impecable, bigote a lo Burt Reynolds. Las tripas se me vuelven a anudar.

Ríen y conversan, ella lo jala juguetonamente por la manga y lo lleva hasta la taquilla. Compran boletos. Entran al cine, apresurados; ella brincotea.

Este tipo de cosas son las que le zurran la vida a uno. Tan liberado me sentía, y se me presenta esta visión, como una burla inmisericorde… y en un cine.¿Acaso Candy no odia el cine? Definitivamente es un golpe bajo.

—¿Quieres otro vodka, cariño?

II

La película inició hace un buen rato y la sala está medio vacía. En la pantalla se ve a una joven conversando con un rubio de aspecto andrógino. Reconozco al actor, es un cantante inglés, pero no recuerdo su nombre. En la escena, la chica intenta hacer que el rubio beba, pero este se niega a probar el alcohol. A mí sí que me apetece tomar un poco más. Saco del bolsillo de la chaqueta una de las cervezas que metí de contrabando.

No me costó trabajo localizar a Candy y al imbécil que la acompaña. Están muy juntos, ella apoya la cabeza en su hombro. Comparten una cubeta de palomitas —¿Desde cuándo te gustan las palomitas, desgraciada?—. Ocasionalmente lo besa en la mejilla. La bruja más fría del mundo actuando como una maldita adolescente.

La película no tiene pies ni cabeza, pero repentinamente la pareja de protagonistas se encuentra en la cama, están desnudos y el rubio se muestra hábil en el manejo de la situación. Hace que la chica se vuelva boca abajo y le muerde una nalga con desparpajo , o al menos eso es lo que imagino que hace. Candy se revuelve en su asiento, divertida, y esconde la cara en la manga de su acompañante. Pinche mustia.

Resulta que el rubio es un extraterrestre capitalista que quiere llevarse montones de agua potable a su planeta. Ya descubrieron su secreto y el plan valió madre. Por eso, se tiró al pedo tratando de evadirse de su fracaso intergaláctico. Pinche bodrio de película.

Encienden la luz y yo me mantengo hundido en mi butaca mientras “Burt” ayuda a Candy a levantarse. Todo un caballerito el idiota. La verdad es que al verlos salir de la sala estoy sintiendo una mezcla de sentimientos que van desde la rabia desaforada hasta una incipiente vergüenza, y francamente el día de hoy he trabajado duro para no sentir pena de mí mismo; no voy a terminar el día de esta forma tan miserable. Esta traidora me va a escuchar.

Apuro el paso para alcanzarlos, y cuando los tengo a un par de metros levanto la voz para que me escuchen con claridad.

—¡Mira nada más, qué coincidencia, pero si es la mujer que estaba muy deprimida la semana pasada, la que necesitaba tiempo para saber lo que quería!

La voz me sale un poco arrastrada, pero creo que lo compenso con actitud. La pareja se vuelve sobresaltada, al igual que un puñado de personas que están circulando por el vestíbulo. Él es bastante más alto de lo que aparentaba a la distancia y me mira directo a los ojos; yo le sostengo la mirada con toda la entereza de la que soy capaz. Un frío eléctrico me recorre la columna vertebral cuando enfrento a Candy, sólo para descubrir que no es Candy… bueno, ni siquiera se parece.

III

Me despierta un dolor de cabeza monstruoso. Mary-Lu duerme a mi lado. Una de sus fabulosas piernas está al descubierto.

Espero que además de hacerla reír toda la noche con mi historia, haya logrado sorprenderla con esa mordida en la nalga que, con tanto esmero, puse en práctica cuando tuve la oportunidad.