Es imposible volver a la adolescencia o la niñez sin que ese cúmulo de recuerdos no sean bañados por la nostalgia y un halo de melancolía. El periodista Rafa Cervera tardó muchos años en llegar a la versión definitiva de la que sería su primera novela. Lejos de todo (Ed.Jeckyll & Jill) fue publicada en 2017 y se centra en una revisión de la Valencia del pasado a través de dos momentos diferentes: el verano de 1977, en que el protagonista se hace de dos amigos en los alrededores de la playa de El saler. La relación con Cala Cervera -que le despierta deseo y veneración- y el Regónzer -hermano de la chica- hace posible que se entere que su ídolo musical estuvo en la misma ciudad y zonas aledañas justo un año antes -en la primavera de 1976-.

La novela sirve al protagonista para hacer un flashback a esa temporada iniciática, mientras evoca a una ciudad de gran prosapia artística y arquitectónica que simplemente dormía el sueño de los justos.

David Bowie llega a Valencia acompañado de Iggy Pop -a quien llama simplemente Jimmy- y Coco -asistente personal que les resuelve la vida-; el plan es que el músico llegué a España tras de una vorágine de drogas y sucesos turbulentos, y para ello elije un sitio que funciona como un No lugar, un asentamiento donde el tiempo transcurre lentísimo; ahí Ziggy despierta extrañeza, pero lo cubre el anonimato -su prioridad es encontrar un par de pinturas de Goya-.

Lo más importante del libro de un periodista de larga trayectoria, a quien hemos leído en publicaciones que van de Efeeme y El país hasta Jotdown y Ruta 66, es el ejercicio de la ficción; ese clavado en un tiempo pasado del que no es necesario saber si en realidad sucedió o gran parte es invención pura; no cuenta como rastreó historiográfico sino como el esplendor de una historia que consigue conmovernos y acompañar al protagonista en aquel despertar.

El regónzer (palabra inventada) anhela convertirse en estrella de rock, mientras el narrador consigue filmar a Cala Cervera e inmortalizar su belleza. Los dos están obsesionados con David Bowie e incluso traducen sus canciones al español para hacerlas suyas; “Moonage Daydream” es el núcleo de uno de los capítulos mejor logrados.

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Lejos de todo ofrece un montaje paralelo en el que acompañamos al Duque blanco en paseos por el mercado, plazas, la lonja mercantil, iglesias, playas e iglesias para luego saltar a los días veraneantes de 3 jóvenes que no se quieren mezclar con los turistas, mientras intuyen que ellos son diferentes al resto.

La novela da saltos en tiempo y espacio para ubicar a Bowie en Helsinki, París y Los Angeles. Por lo que pdemos enterarnos de sus devaneos y preocupaciones, e incluso especular acerca de su percepción como artista: “El único sortilegio que sabe oficiar correctamente es el de la creación. Y cuando todas las salidas parecen bloqueadas, se repite a sí mismo las palabras de Eno: hay que respetar lo anómalo; lo extraño debe seguir siendo extraño”.

Es por ello que vemos al músico vagar por una ciudad desconocida, escribir en su cuaderno ideas que no tardará en plasmar en un nuevo álbum. Él desconoce que su sola presencia allí habrá de cambiar la vida de un púber que sueña con imitarlo y para ello canta sobre solitarias dunas de arena valenciana.

Pero los sueños de rock and roll son volátiles y no todos pueden acceder al salón donde habita el éxito y la consagración; son muchos más los que deben de pagar con su propia sangre por la inmortalidad de sus semidioses. Es por ello que asomarse al pasado suele doler… es como punzar sobre una herida que ha cicatrizado mal. Nadie sale indemne.

Cervera hizo un juego de espejos en el que los sueños y recuerdos se entrecruzan; a la vez que muestra a una Valencia que ya no existe -la de las urbanizaciones fantasma- y ahogada por el sopor provinciano. Le dio un buen golpe a la nostalgia y es por ello que recibió el Premio de la Crítica Literaria en 2018.

Tras de leer Lejos de todo echaremos de menos nuestra adolescencia, y, a la vez, habremos intimado con un David Bowie dubitativo, frágil e inquieto, alguien que casi sin querer iba iluminando la senda por que había que seguir: “Quizá no deberíamos aguardar nada, simplemente dejarnos sorprender por lo inesperado, pero sin invocarlo ni tampoco apresurarlo. Desearlo cuanto antes como si se tratara de algo tan frágil como un sueño”.

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