Nacido en la Ciudad de México en 1984, Daniel Saldaña París llamó poderosamente la atención con la novela En medio de extrañas víctimas (Sexto Piso, 2013) y se preveía que estuviera frecuentemente en las mesas de novedades. Algunas publicaciones internacionales lo incluyeron en esos polémicos listados de figuras para tener en la mira, pero se tomó su tiempo para retornar y no fue sino hasta 2018 que publicó El nervio principal (Sexto Piso).

TXT:: Juan Carlos Hidalgo & Juan Nicolás Becerra

En aquella primera novela, el viaje ya jugaba un rol preponderante, tal y como ocurre con la obra con la que ahora llega a la Editorial Anagrama; una serie de textos híbridos, cimentados en la crónica, que dan cuenta de estancias en Montreal, Madrid y Cuernavaca, entre otros lugares. En Aviones sobrevolando un monstruo, Daniel Saldaña París reúne ensayo, reflexión y crónica lacerada en un libro lleno de soltura narrativa y filosofía de vida que provocó una serie de interrogantes de las que Marvin ahora da cuenta puntual.

La carrera del novelista no es un asunto de velocidad; y además se te dieron logros importantes que hubieran hecho pensar que tu llegada a Anagrama sería a través de la ficción y no con un libro de crónica. ¿Cómo fue que eligieron publicar un libro como éste?   

La mítica colección de Narrativas Hispánicas de Anagrama, sobre todo en los últimos años, se ha abierto mucho a libros que no son novelas ni volúmenes de cuento. Se han publicado libros híbridos que parecen jugar en la frontera de los géneros. El impulso detrás de Aviones sobrevolando un monstruo es sobre todo narrativo, no ensayístico. Supongo que eso habrá tenido qué ver.

A pesar de que no es una obra muy larga, haces declaraciones muy fuertes. ¿Debe un escritor de no ficción estar absolutamente comprometido con contar las cosas tal como fueron, con el riesgo de dejar a personas expuestas, vulnerables?   

No creo que un escritor “deba” hacer nada. Soy muy poco prescriptivo en general. En el prólogo aclaro que en algunas partes del libro hago ficción. Cuando se trata de autobiografía, me parece imposible hacer una distinción clara entre ficción y no ficción. Pero sí creo que, al menos en mi caso, me interesaba mostrar un grado de vulnerabilidad en la construcción del personaje/narrador.

En tu libro se lee un gusto y aprecio por las bibliotecas. ¿Nos puedes compartir algún secreto al respecto?   

Tendríamos que insistir más en la importancia de las bibliotecas en la formación de lectores. Hay libros que yo jamás habría leído si no me los hubiera encontrado en una biblioteca. Me gustan las bibliotecas chiquitas, de barrio. En Madrid iba mucho a la del Centro Cultural Conde Duque, que me quedaba cerca de mi casa. En Montreal, a la del Mile End, que era una antigua iglesia reconvertida y, por lo mismo, tenía una acústica tal que se oía cada tos y cada carraspeo como amplificados. En la Ciudad de México me gusta mucho la de la Ciudadela porque, aunque es una biblioteca gigante, tiene varias bibliotecas “chiquitas” dentro. De entre ellas, me siento más a gusto leyendo en la de Monsiváis.

En una parte del libro anotas: “Soy un varón blanco relativamente heterosexual y capitalino en un país racista, criminalmente pobre y cubierto de fosas comunes clandestinas”. Casi parece una obviedad que en nada han cambiado las cosas desde que lo escribiste a la fecha; ¿no parecería pesimismo sino una aseveración puntual de la condición existencial de una persona y la condición de un país?  

Sí, es una frase bastante descriptiva, creo, sin mucho afán interpretativo. Me pareció importante hacer explícito el privilegio inherente a mi lugar de enunciación.

En las crónicas, ensayos, textos híbridos que nos presentas no hay complacencia con la autobiografía, ¿háblanos de esas ruinas de adolescentes que plasmas en tu libro?   

En mi caso escribir autobiografía tiene que ver con rastrear las continuidades de mi propia experiencia. Cuando no estoy escribiendo, siento que los diferentes periodos de mi vida están como inconexos, que no tengo nada que ver con el que fui. En la escritura, en cambio, me parecen más claros los hilos conductores o los temas que estaban ahí hace veinte años y siguen presentes, aunque transformados.

¿Nos puedes hablar de tus adicciones literarias?   

Soy adicto a leer poemas en voz alta y a preguntarme si alguna vez escribiré poesía de nuevo. Soy adicto a leer diarios de escritores como si fueran oráculos. He sido adicto a la novela policial y a la ciencia ficción. Y en algunos aeropuertos me gusta comprar novelas ligeras y adictivas, sobre todo de Lee Child.

En el texto introductorio anotas: “ese oscuro corazón ficticio que, no tan paradójicamente, le confiere verdad a una escritura”, y luego citas a Machado. ¿Cuéntanos de tu método de escritura, de la presencia del ensayo, de tu pasión por la investigación y ese juego con “la invención de la verdad”? ¿Cómo es que combinas todos esos elementos?  

Mi experiencia de la realidad no está conformada sólo por lo que vivo y pienso en primera persona, sino también por lo que leo. Un ensayo o una crónica, para mí, tiene que estar atravesado por esas otras voces que se entretejen naturalmente en mi vida cotidiana. No tengo exactamente un método de escritura, pero sí procuro leer todo el tiempo y, cuando estoy trabajando en un proyecto, todas las lecturas empiezan a relacionarse mágicamente con lo que estoy haciendo.

Háblanos de esa Habana del Mercado Negro, de la Habana ya sin los Castro en el poder, ¿qué experiencia te dejó esa crónica en particular?  

Se trata de una crónica muy personal, una búsqueda casi interior y que para mí tiene que ver con mi propia mitología de origen. En ese texto no hablo casi de política, y eso a veces me da una especie de culpa porque parecería que al hablar de Cuba hay que hablar de política siempre. Mi texto, que es más ensayo que crónica, me dejó una nueva manera de usar el ritmo en la escritura, y de pensar en la función de la repetición al interior de un texto. Usé una idea que tiene que ver con la poesía (el verso es siempre un retorno) para articular una estructura en prosa.

Nos puedes compartir algo de tu experiencia en las residencias para escritores en las que ha participado.  

Como escritor, editor y traductor freelance, me cuesta encontrar tiempo para trabajar en mis propios proyectos. Las residencias de escritores, que suelen venir acompañadas de una beca, me han permitido pasar temporadas breves dedicado exclusivamente a la escritura, sin tener que agarrar tantas chambas freelance. Al mismo tiempo, reconozco que hay algo medio artificial y peligroso en el modelo; una desconexión de la vida cotidiana y sus múltiples ruidos que, si no se tiene cuidado, puede producir una escritura medio aséptica.

Cuando se critica al país se suele hacer hincapié a la narco-economía, los cárteles y la violencia que el negocio trae consigo; sin embargo, los artistas suelen consumir diversas sustancias. ¿No supone está situación una zona de conflicto, un choque de posturas?   

No creo que tenga mucho sentido desplazar la “culpa” o el reproche a los consumidores. Me parece que el problema es la prohibición y cómo las políticas de “guerra contra las drogas” se imponen desde Estados Unidos. Pero no soy ningún experto en el asunto y mi opinión no vale nada. No creo en la función del escritor como opinólogo y no me interesa articular mi sentimiento de culpa o impostar pureza en torno al tema.