En un mundo donde el jazz ha sido relegado al rincón del buen gusto y los discos de Starbucks, dos hermanos de Eugene, Oregon, vienen a patearle el trasero con amor. Dana and Alden, hijos pródigos de la improvisación y el swing post-bop, deciden lanzarse al vacío con Speedo, un álbum que es tanto una carta de amor a sus raíces como un grito caótico contra el letargo contemporáneo en un mundo donde el fascismo resurge y el minimalismo domina la estética.
Grabado en Lisboa bajo una tormenta literal y creativa, Speedo suena a muchas cosas y a nada en particular. Y eso es lo hermoso. El productor Charif Megarbane (quien editó su disco más reciente en la exquisita Habibi Funk) parece haberles abierto la puerta a una dimensión paralela donde integrantes de Ezra Collective, Parcels y Nel Frances fuman en círculo compartiendo toques con el espíritu de Charlie Parker y Jack Kerouac mientras escuchan acetatos viejos de Blue Note y se preguntan qué demonios pasó con la urgencia en la música.
Hay algo profundamente desordenado en este disco, y no porque les falte talento —al contrario, aquí hay técnica de sobra— sino porque no tienen miedo de ensuciarse. Dana y Alden no están aquí para lucirse, están aquí para sentir. Y eso se agradece. Porque estamos hartos de músicos que tocan como si estuvieran llenando una solicitud de beca y basta revisar su reciente paso por KEXP para hacer valer sus credenciales.
“Daydrinking in Springfield” es un himno nostálgico al verano perdido, pero no el tipo de nostalgia prefabricada con la que Target intenta venderte shorts de mezclilla. Aquí hay historia real: calor, huertos, fiesta, tierra bajo las uñas y corazones rotos entre filas de manzanas. El ritmo new wave se cuela entre guitarras suaves y un bajo que se mueve como si supiera que esta canción va a hacer llorar a más de uno que dejó su pueblo para irse a la ciudad y olvidó quién era.
Speedo también tiene dientes. “Norm”, el track que abre el disco, no es una sutileza: es un puño levantado. Un tributo al activismo de Norman Finkelstein y un recordatorio de que la música todavía puede ser una herramienta de resistencia política. Porque sí, entre los grooves funkys, los loops hiphoperos y los arpegios psicodélicos, los hermanos te están diciendo: esto también es una protesta.
Este disco no pide permiso. Es tan jazz como lo es el free jazz, pero también es pop, es ruido, es confesión y es bandera. Es un collage que en otras manos se hubiera sentido torpe o pretencioso. Aquí no. Aquí se siente como si dos almas decidieran documentar su existencia, sin filtro, sin pudor, sin algoritmo de por medio.
En resumen: Speedo no es para todos. Pero si alguna vez te importó sentir más que entender, si alguna vez lloraste en una fiesta sin saber por qué, si alguna vez pensaste que el jazz podía renacer con un sintetizador y un beat hecho con el corazón en llamas… entonces Dana and Alden están esperando que des play:






