POR ARTURO J. FLORES

 

La noche está para un reggaetón lento, de los que no se bailan hace tiempo. Entiendo que es una de esas canciones omnipresentes que de tanto en tanto nos receta la industria. Frases que, sin pedirnos permiso, se adhieren al cerebro y comienzan a ser expelidas por la boca. Como si no se tratara de nosotros, sino del Maligno que tomó posesión del cuerpo de la joven Regan en “El Exorcista”, obligándola a masturbarse con un crucifijo.

Palabras hilvanadas a la fuerza que trascienden la música que las acompañan. Forman parte del imaginario popular y se les aplica fuera de contexto. Igual que pasó con “A ella le gusta la gasolina”, “Des-pa-ci-to” y en épocas pretéritas, “Aserejé ja de je de jebe tu de jebere”.

Cuesta tanto mantenerse al margen. Hace falta desarrollar un súper poder. Un escudo protector que Nos exima de la condena de murmurar sin conciencia, como zombis bajo un hechizo haitiano. “La noche está para un reggaetón lento, de los que no se bailan hace tiempo”.

¿A quién rayos no se le ha pegado una canción indeseable?

Hasta donde sé, no existe una vacuna que te haga inmune a los sonsonetes. A absorber mediante ósmosis auditiva la combinación efectiva de zalamerías romanticoides y sinrazones estructurales que conforman gran parte de los hits que suenan en el transporte público, en las farmacias donde se vende lo mismo pero más barato (a cuyas puertas bailotea un monigote de hule espuma) o en la estética unisex donde siempre alguien barre cabello en la puerta. Aunque no pueda despejar con la misma facilidad de sus neuronas la canción indeseable.

Tampoco hay antídoto.

Encuentro un tutorial en Internet acerca de cómo curarte de una infección musical. Porque hay que decirlos. Hay canciones que son como el herpes. No se escuchan, se contraen. Y no ha nacido el médico que te las saque de encima. Entre las ocho recomendaciones que se ofrecen para despegarte de una canción chiclosa figuran

  1. a) Quedarte en la pendeja
  2. b) Resolver un crucigrama

y c) Suministrarte, a todo volumen y con audífonos, una dosis de música que sí te guste.

Créanme. Quien ha sucumbido al estúpido y sensual ritmo de una canción diseñada para caerte encima con sus garras, ninguno de ellos vale.

Recuerdo, de tiempos pretéritos, frases que hasta la fecha me acompañan como mantras. Como tatuajes de ignominia en mi memoria.

De pronto, flash, la chica del bikini azul. Nadie a ti te conoce, desplantes de niña. Peleas, discusión y tu grande pasión. Carmen, se me perdió la cadenita, ay que tú me regalaste. Y aún te amo, aún te extraño, los días sin ti, son como morir, aúúúúúúúún te amo. Gatos en el balcón, si nos da el amor, todo puede pasar. Se la llevó el tiburón, el tiburón, el tiburón. Al gato y al ratón jugabas con mi amor. No pare, sigue, sigue. Follow the leader, leader, leader, follow the leader. Oh, tell me what you want, what you really, really want. Piquito de pollo, no. Pezcuecito de pollo, no…

Ninguna de esas palabras se ha desdibujado siquiera. Basta que alguien tenga el (des) atinado atrevimiento de ponerla en una fiesta, para que mi cerebro se active y la recuerde. Y puedo pasarme semanas tarareándola sin escapatoria. Mi cabeza se convierte en mi propio laberinto del Minotauro. Mi Guantánamo particular, en el que un militar invisible quiere doblegarme a costa de exponerme repetidamente a una canción paria.

En ocasiones me sorprende cómo no consigo memorizar cosas que podría ser de vida o muerte como una fecha de cumpleaños, un aniversario, la contraseña de mi correo (juro que ha desvanecido de mis neuronas) y un remedio efectivo para la resaca.

Pero no se trate de “La Ingrata” de Café Tacvba, “Waka waka” de Shakira o “Felices los 4” de Maluma, porque parece que alguien me hubiera sembrado un chip por medio de una lobotomía. Como si las letras hubieran estado ahí siempre.

Hay rolas que no merecían convertirse en un éxito. Abominaciones cuyo propósito en la vida es darle significado al concepto de one hit wonder.

Hace cuatro años, científicos del Departamento de Psicología de la Western Washington University estudiaron por qué se nos quedan pegadas las canciones. Concluyeron que “las canciones invasivas negativas se recuerdan más”.

Sólo explica que en este momento me pregunte hace cuánto no se baila un reggaetón lento.