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Corona Capital: El rugido titánico y el lamento vulnerable

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Corona Capital: El rugido titánico y el lamento vulnerable

Justo al oeste, el Autódromo Hermanos Rodríguez linda con un callejón que probablemente notaste la última vez que estuviste allí, quizá para ver a Oasis o Kendrick Lamar, sus últimos inquilinos. ¿Para qué? Es el lugar donde se va a buscar merch no oficial de los conciertos y desde hace años suele formar parte de la experiencia musical.

TXT: Carlos Priego

Pero el fin de semana pasado se trató la decimoquinta edición del Corona Capital, quizá el festival de música más importante y dominante en el segmento de la música anglosajona internacional que se realiza en México. Los asistentes son conducidos a ese callejón, pasando por la comida rápida, recorriendo stands, atravesando rejas y una cortina de guardias de seguridad hasta llegar a los accesos y pasillos peatonales designados por los organizadores para llegar a los escenarios. Este año, durante el recorrido, los patrocinadores ofrecieron muestras de cerveza con sabor lima-limón gratis, que, según me dijeron, sabe a jarabe para la tos mezclado con disolvente. 

Con demasiada frecuencia pensé lo mismo del cartel de este año en sí.

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Unos 25 minutos antes del inicio formal, el recorrido de un kilómetro hacia el Corona Capital –nombre que honra al principal patrocinador y la ubicación del evento– se convierte en la primera escena del festival. Es en este trayecto donde se palpa la atmósfera creada por la afluencia de espectadores. Para ambientar este “carnaval” (celebrado entre el 14 y el 16 de noviembre), el acceso principal fue demarcado por letras inflables tridimensionales y monumentales, cuyos colores saturados y cálidos no solo funcionan como un portal de bienvenida, sino que están estratégicamente diseñados para inducir una sensación inmediata de euforia y excitación. Este estilo decorativo, que responde directamente a la lógica de la “sociedad del espectáculo” (en términos de Guy Debord), transforma las estructuras de gran tamaño y colores llamativos en objetos intrínsecamente fotogénicos. El objetivo subyacente es claro: convertir la experiencia del festival en una mercancía digital. El asistente se metamorfosea en un agente publicitario no remunerado que, al tomarse una selfie frente a los arcos de marca, legitima y difunde tanto la estética como el consumo asociado. Presumiblemente, esta dinámica es la marca de nuestra época: la era de la economía de la experiencia y el espectáculo digital.

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La actual configuración del festival, distribuida en cinco escenarios estratégicamente posicionados dentro de las curvas y explanadas del autódromo, es mucho más que un mero trámite logístico. Este layout operó bajo una estrategia de mapeo de marca precisa: los escenarios llevan nombres de patrocinadores (como Doritos o Nivea) y sus ubicaciones se alinean con la demografía o la experiencia que la marca busca capitalizar, garantizando la máxima visibilidad y afinidad con el consumidor.

Sin embargo, la única función indiscutible de este diseño es de índole operativa: minimizar el solapamiento acústico y gestionar el flujo de asistentes. Los escenarios de menor formato (“Viva Tent” o “Nivea”) actuaron tácticamente como puntos de dispersión diseñados para sacar al público de la zona central del headliner. El resultado es un Efecto Pull intencional, que utilizó el solapamiento de actos de alto perfil para distribuir eficazmente a la audiencia a través del recinto.

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El viernes sirvió como un claro ejemplo de esta técnica de dispersión masiva. En lugar de permitir que los más de 70 mil asistentes se concentraran en un solo punto, la estrategia garantizó una repartición eficiente. El público se segmentó en grupos de poco más de 30 mil (Escenario Corona, Foo Fighters), 25 mil (Escenario Doritos, Queens of the Stone Age) y 15 mil personas (Escenario Sunsets, Polo & Pan), optimizando así la seguridad y la experiencia de circulación general.

Pese a la intención logística de evitar interferencias, la minimización del solapamiento acústico no fue total. El domingo se evidenció este fallo cuando, en el Escenario Corona Sunsets, el sonido de Of Monsters and Men fue notoriamente dificultoso de seguir debido a la potencia del enérgico set de Deftones que se desarrolló simultáneamente en el Escenario Doritos.

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Lejos de caer en la desfiguración, la estrategia de contraste del cartel (que alineó el poder del rock masivo, el nu metal, el pop-queer de vanguardia y el indie contemporáneo) demostró la robustez y maleabilidad del perfil distintivo del Corona Capital, permitiendo su expansión sin comprometer la esencia que lo define en el panorama regional.

La producción de OCESA fungió como el marco logístico que catalizó la resonancia de los actos estelares, permitiendo que la emotividad y la potencia instrumental se manifestaran sin fricciones. La jornada inaugural concluyó con la ya protocolaria catarsis masiva del rock de estadio, ejemplificada por himnos esenciales como Everlong de Foo Fighters. A este despliegue de legacy rock se contrapuso la ejecución calculada y densa de Queens of the stone age, cuyo set demostró la eficacia de contrastar la ferocidad instrumental de No one knows y A song for the dead con la oscuridad emocional de I appear missing y Burn the witch. Estos momentos convivieron con la cohesión del set de Deftones, el retorno nostálgico de 4 Non Blondes y la expectación generada por la presentación de Linkin Park.

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En un bloque de propuestas de contraste generacional, el festival articuló una sección donde la vanguardia estética y el hype digital se hicieron patentes: el show altamente producido de Chappell Roan, centrado en su mensaje pop-queer y espectáculo visual, y la compleja propuesta multisensorial de Polo & Pan. En franco contraste, el set de Brittany Howard, elogiado por su solidez interpretativa y despojada de artificios (con destacadas piezas de soul auténtico como Don’t wanna fight y Hold On), se erigió como un ancla de calidad artística pura. Finalmente, la inclusión de Orchestral Manoeuvres in the Dark (OMD) —pioneros del synth-pop— brindó una clase de ejecución histórica y sólida, cuya relevancia radica en la fundación de géneros más que en su pertenencia a una etiqueta de “futuro indie”.

Otros momentos estelares surgieron de la puesta en escena, cuyo diseño de producción resultó espectacular al combinar la iluminación, el sonido impecable y el showmanship espontáneo de los artistas. Esta sinergia técnica no solo iluminó las ejecuciones de los headliners, sino que también dotó de una solidez sorprendente a las presentaciones en escenarios secundarios, como el set synth-pop de TR/ST o la inmersión de Tim Booth, vocalista de James, entre el público.

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CORONA CAPITAL 2025

La curaduría del Corona Capital 2025 demostró que la diversidad genérica y demográfica, lejos de debilitar su esencia, la nutrió estratégicamente, eludiendo la trampa de la monocultura nostálgica. Al validar una visión expandida y transgeneracional, el festival fortaleció su posición en el mercado cultural mediante la inclusión y el diálogo entre públicos dispares.

La inclusión de Linkin Park trascendió la mera nostalgia al funcionar como una poderosa bisagra demográfica, uniendo el rock de legado Millennial con audiencias jóvenes a través de la cultura digital. Esta maniobra estratégica prueba que la activación del patrimonio emocional y la diversidad nutrieron al festival, asegurando su relevancia y evadiendo la trampa de la monocultura. La presentación con su nueva vocalista (Emily Armstrong) y el repaso a himnos como In the end y Numb generó un coro masivo y puede ser catalogado por la como un cierre lleno de potencia, nostalgia y una nueva era.

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El punto crítico, Emily Armstrong como vocalista principal debía cuidar el uso de las voces distorsionadas y las partes más demandantes, en varias ocasiones en himnos clave como In the end la banda dejó cantar una parte significativa de los estribillos al público. Si bien es un recurso típico y emocional, en este contexto, es sinónimo de una manera de no exponer completamente a la nueva vocalista en las partes más asociadas a la voz de Chester (adiós, potencia; hola, disonancia emocional). Sí, Armstrong no sonó bien en este número ni en Numb ni en One step closer, en canciones que requieren screaming o distorsión vocal intensa, Emily optó por un enfoque diferente, que, aunque técnico, resultó menos potente o con menos “alma”. Como la mezcla de jarabe para la tos y disolvente, la actuación de Linkin Park se debe interpretar de forma medicinal y tóxica a la vez, siendo el coro masivo y la nostalgia milenaria la dosis medicinal que mitigó el dolor por la ausencia de Chester Bennington, mientras que la falta de potencia vocal en los screams de Emily Armstrong resultó el elemento tóxico y disonante que impidió la catarsis completa del nu metal.

Más allá de las inevitables disonancias técnicas, el valor fundamental del set de Linkin Park residió en su articulación de un mensaje sociopolítico contemporáneo. La inclusión de temas como Up from the bottom —una pieza que confronta la vigilancia masiva, la frustración sistémica y la lucha por la liberación personal— sirvió como la declaración más relevante del festival, anclando el legado de la banda en la agitación social de la era digital.

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La inclusión de 4 Non Blondes trascendió la mera nostalgia grunge y se erigió como otra bisagra generacional del festival. El set vehiculizó una postura de rebeldía identitaria que resuena poderosamente con el contexto actual. Canciones como Push and Shove y Mighty Lady canalizaron la frustración por las luchas personales y el hastío ante la adversidad, mientras que el hit What’s Up? se transformó en un grito de resistencia contra las expectativas normativas. Crucialmente, el manejo del problema técnico con la guitarra durante el set —que llevó a la vocalista Linda Perry a invitar al público a cantar— puede ser visto como un acto de desafío contra la perfección pulida del rock de estadio. Este énfasis en la autenticidad por encima del artificio, sumado a la presencia de Perry como símbolo de la disidencia queer de los noventa, permitió al acto conectar el legacy rock con las audiencias más jóvenes que adoptan esta música como himno contra el statu quo, fortaleciendo la tesis de la curaduría transgeneracional del Corona Capital.

La edición 2025 del Corona Capital encontró su mayor solidez en la curaduría del presente. Tras validar la potencia del rock de estadio y la nostalgia generacional del día inaugural, el sábado redefinió el eje estético del festival al centrarse en la ecléctica exploración sonora. El set de Aurora Aksnes se configuró como un ritual inmersivo que trascendió la mera melancolía pop, operando como el componente ético y meditativo de la jornada. Su inmersión en el elemento místico y melódico contrastó con la propuesta audaz de Chappell Roan, cuya mezcla de estética vintage (evocando a Cyndi Lauper o Madonna) con una lírica moderna sobre el deseo y la identidad queer la posicionó como el acto pop de vanguardia. En un ejercicio de contrapeso esencial, Alabama Shakes rescató el Soul y el Southern Rock más profundo y auténtico, demostrando que la emoción cruda y orgánica es una necesidad perenne en la era digital. Finalmente, Vampire Weekend aportó a la jornada una paleta de sonidos rica y groovy, equilibrando la balanza armónica respecto al rock más duro del día anterior y consolidando al sábado como el eje definitorio de la diversidad curatorial del festival.

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La trascendencia lírica del set de Aurora se fundamentó en una declaración ética y programática que trascendió la mera melancolía pop. Este manifiesto se articuló mediante piezas cruciales de su repertorio: la defensa ecológica de The Seed converge con el himno de inclusión identitaria de Queendom, mientras que Cure For Me celebra la diferencia sin necesidad de “curarse” o cambiar. La cantautora noruega, actualmente consolidada en el pop alternativo, inundó el autódromo con una voz etéreo-líquida, cuyo vibrato agudo evoca un cuento de hadas nórdico. Su propuesta, que fusiona Synthpop, Art Pop y Folk Barroco para crear paisajes sonoros expansivos, se volvió profundamente relevante por los ejes temáticos que definen la cultura y las preocupaciones actuales. En el marco del cartel general, su inclusión funcionó como una narrativa de diversidad emocional y curaduría de “culto”, siendo su ejecución casi litúrgica el punto más fuerte al ofrecer una pausa meditativa en la vorágine del festival.

El romance exitoso entre el rock (y la afirmación de que siguen vivos) y el indie del presente (con todo y el recuento generacional) fue épico y vulnerable, todos los personajes necesitaban gritar, ya fuera el rugido titánico de Deftones o el desgarrador pero dulce lamento indie. La presentación de Cults fue un triunfo para la curaduría, con su pop alternativo y dream pop —género que sirvió como un contrapunto groovy esencial frente al rock predominante— cautivando al público con himnos como Go outside y You know what i mean. Su set reafirmó el acierto del festival al programar bandas indie consolidadas que enriquecen la paleta sonora del evento. Sin embargo, este éxito musical se vio minado por la ejecución técnica. Aunque no se produjo una interrupción masiva, los problemas recurrentes de volumen bajo y fallas de monitoreo en el escenario Doritos dificultaron que la naturaleza texturizada y melódica de su propuesta se apreciara con la potencia e inmersión que merecía, afectando la experiencia de escucha en un punto crítico del lineup. Su actuación fue el suspiro que definió el lado vulnerable y contemplativo del romance, mientras afuera el rugido épico de Deftones esperaba su turno.

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CORONA CAPITAL 2025

El esfuerzo del Corona Capital 2025 por ejecutar una estrategia de contraste entre el rock de legado y el indie/pop de vanguardia generó momentos inevitables de tensión, yuxtaposición cultural y extrañeza que evidenciaron una brecha generacional. La narrativa del festival, diseñada para abrazar a “todos”, también creó fricciones incómodas, como la vivida el sábado, donde la cercanía física entre actos obligó a un salto brusco de vibe: el público pasó de la sobriedad emotiva del indie nostálgico de Vampire Weekend a la euforia maximalista y el alto performance pop-queer de Chappell Roan. Esta disputa por el sentimiento dominante se manifestó incluso como un fallo narrativo en la logística, donde el solapamiento acústico permitió que la pared de sonido del rock old school invadiera los sets de indie más sutil, forzando al asistente a elegir entre potencia o introspección. En última instancia, esta coexistencia expuso la dualidad del producto emocional que OCESA ofrece. La estrategia de programar picos de rock-legado (como el canto catártico de In the end de Linkin Park) y la euforia del zeitgeist digital (el glitter de Roan) reveló a ambos como activos intercambiables, haciendo visible la mercantilización de la nostalgia y la tendencia.

La longevidad del Corona Capital y la eficacia de su estrategia curatorial no son fruto de la casualidad, sino el resultado de una meticulosa artesanía programática. Al igual que las obras maestras que trascienden el tiempo, el festival se benefició de la tradición (el rock de estadio y el legacy) que le precede, mientras se erige como un anticipo de la era de la experiencia digital y la vanguardia estética (pop-queer y hype). Este diseño logra el equilibrio fundamental: validar su prestigio histórico sin evadir la urgencia de la tendencia. La edición 2025 del festival demostró así una solidez que no solo se basa en los nombres de las marquesinas, sino en la inteligencia estratégica con la que yuxtapone épocas, géneros y emociones para asegurar su relevancia en el mercado cultural contemporáneo.

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El acierto del Corona Capital se manifiestó en su alineación, demostrando que la admiración hacia sus headliners no se basa simplemente en éxitos de hace dos décadas. Reside en la fuerza con la que el “rugido titánico” de cada acto resuena en el presente, confirmando que la música es una emoción viva y fundamental para el alma épica del festival. Un mérito central de la curaduría es la acertada ejecución de los escenarios, garantizando que siempre se programen los actos adecuados para construir el contraste perfecto entre lo épico y lo vulnerable en cada jornada. El Domingo ejemplificó esta maestría al contrastar el lado más intenso del rock con la calidez Indie en la tarde: mientras AFI reafirmaba la vigencia del post-hardcore con una energía demandante en el Escenario Corona, el festival ofrecía, casi simultáneamente, el polo opuesto con Peach Pit en el Escenario Corona Sunsets. Este Indie Pop nostálgico proporcionó la calma y la calidez vulnerable, obligando tácticamente a la audiencia a elegir entre la furia del mosh pit y la placidez de la puesta de sol.

Cuando el Corona Capital articula su cartel bajo este esquema de contrastes, logra mucho más que el bullicio de la arquitectura del rock y el baile. Seduciéndonos y luego desafiándonos, dramatiza con maestría la razón profunda por la que acudimos en masa a estos eventos masivos. Es la esperanza, la búsqueda de olvidar que, como el mismo Davey Havok nos recuerda con la angustia gótica de Girl’s not grey, la vida es frecuentemente decepcionante. No obstante, la verdadera fuerza del festival reside en la Resiliencia vulnerable de su música. Como la filosofía soul de Brittany Howard proclama en Always Alright: la decepción es parte de la vida, sí, pero el espíritu que arde en nuestro interior, esa capacidad de seguir cantando y tocando con furia, eso es lo que nos sostiene. El rock no nos salva de la decepción, pero sí nos recuerda, con un rugido épico, que siempre seremos más fuertes que ella.

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