La palabra Marvin escrita en hangul difícilmente figura entre las imágenes habituales de una feria del libro en México. Sin embargo, durante uno de los talleres de caligrafía organizados por la delegación coreana en la tercera Feria Internacional del Libro de San Miguel de Allende, esos caracteres convivían con lectores esperando escuchar a Yun Jung Eun, autora de La lavandería de almas de Marigold; visitantes que probaban el hanbok —la vestimenta tradicional coreana— por primera vez, y una programación que incluía cine, gastronomía y música.
TXT: Carolina González Alvarado
Más que una curiosidad, la escena sintetizaba la propuesta de Corea del Sur como invitado de honor: convertir el encuentro literario en una experiencia cultural que desbordara los límites de la página impresa.
No obstante, la feria se extendió del 29 de mayo al 7 de junio, las actividades vinculadas con el país invitado de honor se concentraron durante sus primeros días. Entre el 29 de mayo y el 2 de junio, la programación coordinada por el Centro Cultural Coreano desplegó una agenda que fue mucho más allá de la promoción editorial y apostó por una experiencia cultural multidisciplinaria.

Entre stands editoriales, talleres de danza tradicional coreana y visitantes que hacían fila para participar en actividades gastronómicas, la escena fue más cercana a un festival cultural que a una feria del libro. Sin embargo, esa imagen resume uno de los aspectos más interesantes de la participación de Corea del Sur como invitado de honor: la apuesta por entender la literatura no como una disciplina aislada, sino como parte de un ecosistema cultural más amplio.
Durante años, las ferias del libro han dejado de ser espacios dedicados exclusivamente a la industria editorial para convertirse en plataformas de intercambio cultural. La programación organizada por el Centro Cultural Coreano durante la FIL de San Miguel asumió esa lógica: los libros fueron el punto de partida, pero no el único lenguaje presente.

La inauguración contó con la presencia del embajador de Corea en México, el Sr. Jooil Lee, representantes del Centro Cultural Coreano, incluyendo la directora Sooyin Min, y autoridades locales, marcando el inicio de una agenda que apostó por mostrar distintas facetas de la cultura coreana contemporánea. Hubo talleres de cocina, actividades de caligrafía, espacios para conocer la vestimenta tradicional coreana y una selección cinematográfica que permitió acercarse a obras ampliamente conocidas por el público internacional.
Sin embargo, lo más interesante no fue la suma de actividades, sino la manera en que estas dialogaban entre sí. En lugar de presentar la literatura como una disciplina aislada, la programación la situó dentro de una red más amplia de expresiones culturales. La conversación con la escritora Yun Jung Eun, autora de La lavandería de almas de Marigold, convivió con experiencias gastronómicas, proyecciones cinematográficas y propuestas musicales que ofrecían distintas puertas de entrada a la cultura coreana.
Ese enfoque resulta especialmente significativo en un momento en que buena parte de la imagen internacional de Corea del Sur suele quedar reducida al fenómeno global del K-pop. Sin ignorar esa influencia, la programación presentada en San Miguel apostó por una visión más diversa, donde tradición y contemporaneidad aparecieron en constante diálogo.
Esa conversación encontró una de sus expresiones más potentes en el apartado musical. El grupo de percusiones tradicionales NewDot ofreció una presentación que evitó cualquier aproximación museográfica o folclorizante. Lejos de mostrar la tradición como una pieza inmóvil del pasado, el ensamble la presentó como una práctica viva, capaz de generar sorpresa, intensidad y conexión inmediata con el público.

Esa búsqueda de diálogo entre herencia cultural y creación contemporánea también estuvo presente en la intervención de Samsan, una de las propuestas más interesantes de la programación. Su trabajo parte de elementos de la tradición musical coreana, pero los incorpora a una estética contemporánea que se mueve con naturalidad entre distintos registros. El interés de su propuesta no radica tan solo en la incorporación de elementos tradicionales, sino en la forma en que los reorganiza para construir un lenguaje musical contemporáneo. De modo que su presentación destacó por la capacidad de construir un lenguaje propio a partir de materiales culturales heredados.
Vistas en conjunto, las actuaciones de NewDot y Samsan parecían responder a una misma pregunta: qué ocurre cuando las tradiciones artísticas dejan de entenderse como patrimonio estático y se convierten en materia para la experimentación. La respuesta fue una serie de presentaciones que lograron acercar al público a formas musicales poco conocidas sin recurrir a explicaciones excesivas ni a estrategias de exotización.
Quizá esa sea una de las lecciones más interesantes que dejó la presencia de Corea en esta edición de la FIL de San Miguel. Más que promover una imagen específica del país, la programación mostró cómo la diplomacia cultural contemporánea se construye cada vez menos alrededor de una disciplina aislada y cada vez más mediante experiencias integradas donde literatura, cine, música, danza, gastronomía y patrimonio cultural dialogan entre sí.
En una época marcada por el consumo acelerado de referencias culturales globales, la apuesta resultó particularmente pertinente. No se trató únicamente de acercar al público mexicano a ciertos libros o autores, sino de ofrecer un contexto más amplio para comprender de qué maneras una cultura se narra, se escucha, se observa y se transforma a sí misma.







