#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Freud y los Rolling Stones tenían algo en común. El primero sostuvo que los celos nos enfrentan a la comprensión dolorosa de que es imposible tener todo lo que queramos, por más intensamente que lo deseemos y lo mucho que creamos merecerlo.

Los británicos ya cantaban en un lejano 1969: “you can’t always get what you want”.

“Imaginarte con otra persona me parte el alma”, dijo ella una vez entre lágrimas. Si a la Santa Inquisición le sobrara más crueldad, hubiera sometido a los acusados de brujería a quemarse lentamente al fuego de los celos. A experimentar esa ansiedad destructora, ese mareo incurable que sobreviene cuando la duda te hunde las garras en el corazón.

Si Otelo, el protagonista de la obra de William Shakeapeare, hubiera tenido a la mano el celular desbloqueado de Desdémona es posible que no la hubiera estrangulado. No habría encontrado nada.

Porque el infierno que el moro atravesó se parece mucho al que la tecnología actual nos condena. Las Instagram stories, la última hora de conexión, los “estados” crípticos a los que nuestro Lucifer personal siempre nos aconseja que demos una interpretación equivocada. Son todos ingredientes del amargo coctel de los celos.

“Esta con otrx”, susurra siempre Lucifer por encima del hombro.

El demonio que nos acelera el pulso, nos quita el sueño y el hambre, nos receta incansables ataques de ansiedad, cuando el ser depositario de nuestras pasiones desaparece del mapa digital. El que te susurra en la oscuridad, como dijera Lovecraft, “está besando otra boca, acariciando otra piel”.

En Compadre lobo, la novela de Gustavo Sainz, se describe una de los más crueles despertares de la pesadilla celotípica. La novia del protagonista, Amparo Carmen Teresa Yolanda, le confirma al aspirante a escritor las sospechas que tenía respecto a la cornamenta de alce que ella le ha estado asestando…

“–Pues yo vengo de hacer el amor con tu mejor amigo –bramó. Su vehemencia era aterradora.

            –¿Y te gustó? –no por agredirla, sino interesado, quizás para ganar un poco de tiempo y encontrar una respuesta más adecuada.

            –¡Tengo el útero lleno de semen! –gritaba y trataba de embarrarme la cara con los dedos probablemente pegosteosos.

            La golpeé derribándola sobre las cobijas.

            –¿No reconoces este olor? ¿No quieres saber quién me dio estas mordidas en las piernas? ¡Toca mi sexo, tócalo! (…) ¿No quieres saber quién me rasguñó? ¿No quieres saber por qué están erectos mis pezones? Mira mi vagina, mira…”.

El tiempo corre distinto para la víctima de los celos. Un minuto de desazón, de incertidumbre, equivale a caer en una especie de coma. A saberse prisionero dentro del propio cuerpo. Quisiera uno escaparse de sus propia imaginación que le proyecta infames películas porno en la que la persona amada es protagonista y nosotros, como Alex DeLarge en Naranja mecánica, somos obligados espectadores.

Pero a diferencia del personaje de Anthony Burges, a los celosos, el dolor puede orillarlos a realizar actos criminales.

Canta Alaska a propósito de un asesinato con premeditación, alevosía y ventaja que una mujer realiza contra el adúltero masculino, pútrido receptáculo de su decepción:

“No me arrepiento,

volvería a hacerlo,

son los celos”.

¿Quién no, en medio de un ataque de malacopa, se ha abierto el pecho delante de la persona a la que pensamos infiel, para que caiga sobre ella la furia de nuestros demonios? Los insultos, la oscuridad, la mierda.

Todo lo que vomitamos alimentado por la sospecha tarde o temprano habrá que tragárnoslo, por lo que hay que procurar que nuestra bazofia sea lo más dulce posible. Evitar asomarse al celular ajeno puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Aunque después de haber destrozado la casa, transformarnos en la peor versión de nosotros y terminar sorbiendo los mocos que el llanto te dejó en la garganta, queda la posibilidad de pedir perdón.

Quien no haya celado nunca, que arroje la primera piedra.