Los chavos y chavas quedan pare verse en las barricadas, se sienten libres bloqueando ciudades, las redes y sus chats cristalizan en performances de protesta. El hambre por lo que  ven pero no poseen es más grande y poderoso que las fotos que hacen parecer por un instante congelado que son parte del sueño capitalista. La furia es estética, desde siempre. Este pasado 2020 la furia estética expandió su catálogo contra estatuas y señaló a la historia como producto del patriarcado blanco, un objetivo fácil pues se mueve gordo entre sílfides, féminas, pobladores originarios y población negra erradicada de manera obligatoria.

En Colombia la furia viene de lejos, pero hay furia también en las casas que las barricadas rodean y pretenden aislar. El odio de una población atemorizada durante décadas, secuestrada, asesinada. Una clase media, alta y también trabajadora, que solo quiere lograr una vida mejor, en paz y con el abanico de posibilidades del mercado liberal. El no poder desplazarse a las afueras de la ciudad les recuerda demasiado un tiempo donde la guerrilla acechaba en los límites urbanos y secuestraba a destajo, como una fábrica en cadena de levantones. No ayudan los daños colaterales propios de las decisiones drásticas. Los  bebes muertos en ambulancias a las que no son permitidas traspasar los bloqueos pues en las redes de los que protestan – sí, de nuevo las redes, mana de verdades en fotitos y memecitos- circulan informaciones sobre ambulancias que transportan armas para la contra insurgencia. Pero estas tragedias no ocultan la larga lista de razones que empujan a algunos a protestar y a otros a bloquear. Un país con altísimos niveles de pobreza y violencia donde se puede morir asesinado por defender tus ideas o los recursos naturales de tu población, o por unas zapatillas, que no deja de dar motivos para que pobres, descontentos, ideologizados de hastag, militantes de la izquierda nostálgica, indígenas  y cualquier persona con algo de conciencia social e histórica se movilice.

A este crisol de descontento la derecha a la derecha de la derecha colombiana lo denomina Revolución Molecular Atomizada. El  término, que ha dado vueltas las últimas semanas por el mundo, lo reprodujo el expresidente mandatario Uribe. Su inventor en cambio es un chileno ligado al neo nazismo. En ambos casos se trata de personajes con una visión de la acción política de calentón en rancho. En lo que es atinado el neologismo es en lo de atomizado. El mayor riesgo insurgente, aunque más caótico que eficiente, es la mezcla de hartazgos y pobreza en noches calientes y surtidas de armas, en las que guerrilleros rememoren mejores tiempos, sicarios ajusten cuentas y hordas de consumidores se surtan gratis de pantallas de plasma. De lo que no hay rastro, ni sobre todo capacidad, frente a la teoría de Uribe y otros tantos, es de una conspiración organizada para establecer la revolución en Colombia, o Chile, uniendo estas moléculas atomizadas. Ni por mucho que invoquen al diablo personal de la derecha a la derecha de la derecha: Nicolas Maduro.

No hay riesgo de guerra civil convencional en Colombia porque no hay dos bandos definidos armados, hay un caos que mantienen aquellos que sacan réditos de la debilidad institucional. Existe un claro peligro de que este desmadre aumente gradualmente y la violencia militarice más, todavía, el país. Ya en las sobremesas de algunos salones de Colombia se afirma la idea de que si esta situación se prolonga hasta las próximas elecciones, será porque el candidato de la izquierda, el ex guerrillero Petro, lo propicia para facilitar su victoria que traerá, según los comensales, el chavismo a Colombia, miedo irracional  que solo de ser mencionado suscita ruegos bélicos de señoras bien. ¿No sería este caos pre revolucionario justificación suficiente para restringir garantías constitucionales? Entre aguardientes muchos dicen, exclaman quedo, un rotundo sí. El nuevo disco de Dinosawroid-Mane, titulado AOB, sería la propuesta sonora para ese bizarrismo de la supervivencia post colonial. El disco editado en  Opal Tapes es noise violento de origen auditivo selvático con sus fieras y tambores, una BSO que seguro serviría para los temores nocturnos de unos cuantos. Se agradecen las exploraciones experimentales de lo negativo.

Juzgar la realidad de cualquier sociedad desde fuera de ésta es un acto yermo y arrogante. Pero esto debería ser justamente el aliciente para intentar comprender al que disiente desde dentro. En Colombia como en tantos lugares la fracción social es ya costumbre. Pero no miremos al país andino. Solo contemplemos el silencio estadístico y testimonial al que se está sometiendo a los que deciden no vacunarse, no vaya a ser convenzan a alguien.