En 2018, los matemáticos de la Universidad de Oslo, Nils Lid Hjort y Célinen Cunen, publicaron un estudio en el que determinaban cronológicamente el mayor periodo de paz en la historia, tomando en cuenta las guerras entre estados como fenómeno de medición. Lo fijaron a partir de 1965, en plena Guerra de Vietnam. El estudio contó, entre otros, con la aprobación de Steven Pinkle, autor de The Better Angels of Our Nature, hasta entonces, libro referencial sobre el asunto, y al que refutaban los noruegos. Pinkle había marcado la fecha de inicio en 1945, año de finalización de la Segunda Guerra Mundial. Tras el estudio estadístico acecha la gran pregunta: por qué. 

Los propios autores apuntan a un fenómeno de concientización de las sociedades, debido a que, la antes mencionada Guerra de Vietnam, fue el primer conflicto bélico televisado. Es sabido cómo, los años 60, dejaron un importante legado pacifista en la sociedad que llegó casi hasta nuestros días. Podríamos decir que la conciencia de la televisión mató la conciencia guerrera de las naciones. La creación cultural posterior dio fe de este cambio en la mentalidad. El anti belicismo dejó su impronta en el arte, la música fue su gran canal difusor. Del pacifismo a la paranoia nuclear, de los años 60 a las 80, de Jefferson Airplane, pasando por el  festival No Nukes,  a Duran Duran cantando “Is There Something I Should Know”.

Pero al igual que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, frase atribuida a Joseph Goebbels , líder de propaganda nazi que estaría sumamente orgulloso en estos días, al comprobar cómo, su revolucionario lenguaje de propaganda, es seguido por casi todos los gobiernos actuales, para afrontar la comunicación en tiempos de pandemia; una imagen vista mil veces pierde su significado para convertirse en otra cosa. Las escenas de violencia eliminaron el componente humano, se modificaron mecánicamente,  la imagen de la violencia acabó por imitar a la misma imagen, no a la realidad. Reservoir Dogs, largometraje de Quentin Tarantino del año 1992, ejemplifica ese salto endogámico.  Poco a poco, película a película, video juego a video juego, la violencia ha recuperado su poética de la mano de la estética y el desafío, mismo valores que alimentaban la mística de los húsares. Añadamos el  patriotismo, que, en países como España e Italia, entre otros,  anda muy rehabilitado por gobiernos y oposiciones,  por sus departamentos de comunicación y voceros. Es especialmente llamativo que  ocurra en estos dos estados, en los que la última vez que asomó el término “patria” con tanto descaro, uno se vio envuelto en una dictadura y guerra mundial, y el otro en una guerra civil y 40 años de autocracia. 

En la última década hasta el cine bélico de cierta crudeza, tiene en su estructura visual y narrativa un pasa-pantallas. Mario Bros, director de escena de 1917. En cuanto a causas sociales abrazadas por creadores sonoros, hay mucho feminismo maniqueo, pero el ecologismo es el que parece llevarse la atención de gran parte del talento. Grimes, Pearl Jam, Ramiro Lezcano, Lila Downs o Neil young, en estos últimos meses, muestran su eco inquietud con sus más recientes trabajos. El cambio de prioridades queda especificado en el título del  disco de Tripeo, Green is the New Red, publicado en abril. El verde de la naturaleza, antes que el rojo de la sangre humana. El despliegue imaginario de los peligros que acechan al ser humano en occidente no incluye el miedo a la guerra. No se cuestionan los presupuestos militares con movimientos o manifestaciones. En oriente sí existen corrientes culturales preocupadas por el belicismo. La nueva literatura rusa está permeada por el temor a un conflicto que lo cambie todo. Chechenia en el pasado y Ucrania en el presente, sumado a la presencia de Rusia en varios puntos calientes como Venezuela y Siria, puede explicar la temática de guerra y post apocalipsis de Zajar Pripelin y Olga Slavnikova, entre otros autores recientes.

La pandemia ha dado un paso más a la normalización bélica de la sociedad. Tenemos un escenario propicio para que lo militar se vuelva familiar, la tan anunciada nueva normalidad, fijada con control estatal y tecnológico. Las decisiones de muchos países de militarizar el espacio civil, para garantizar el cumplimiento de los confinamientos o para sanitizar, sumado a la renuncia, en casos voluntaria, en casos obligada, de los derechos civiles, nos recuerda el orden castrense que sustenta el geográfico. 

Este fenómeno pandémico que en otros tiempos era tomado como castigo divino, azote merecido de los dioses, hoy provoca nulos ejercicios de auto crítica en los gobiernos y escasos en lo individual. La pandemia se utiliza con  fines partidistas, y para tapar errores se destapan metáforas bélicas. Según el politólogo italiano Roberto Esposito, en su libro Confines de lo Político, “el lenguaje no solo no es nada ajeno a la violencia, sino que constituye el canal privilegiado precisamente cuando la violencia renuncia a presentarse como tal para asumir una forma superior de dominio”. El presidente de EEUU primero acusa a China de la invención del virus y luego compara sus efectos con Pearl Harbor y el 11-S, los dos episodios que embarcaron a EEUU a una acción bélica internacional. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, el pasado 19 de abril participó en una manifestación a favor de un golpe de estado militar contra el gobierno que él mismo dirige, Pedro Sánchez, en España, habla de estado de alarma o “caos”. Los médicos y enfermeros no son profesionales que cumplen con su servicio a la ciudadanía, sino héroes de la patria.  Las leyes también se acomodan a este cambio de pautas lingüísticas, aprovechando la confusión social y la atención mediática en la pandemia, México, primero militarizó hospitales, dando protección castrense a la deshumanización del personal médico, resultado de ser unos de los países de la OCDE con menor número de sanitarios por habitante. Después, el presidente López Obrador, firmó un decreto por el que el militariza la seguridad pública hasta 2024. Pocos países han sabido o querido evitar esta deriva resultante de la crisis sanitaria y los cambios recientes de paradigmas políticos, sociales y culturales.

La pandemia frenó la actividad de las amenazas de los ecosistemas naturales: la industria, los autos, el turismo, la actividad humana en definitiva. Los ‘green warriors’ pueden estar satisfechos por ese lado. A los pacifistas recordarles las palabras de Bob Dylan, la paz es para los que trabajan, a ver si Zimmerman tenía razón  y tirados en casa nos hemos hecho más guerreros.

Nota: El gasto militar mundial experimentó -en 2019- el mayor aumento desde hace diez años, según el informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz SIPRI publicado el lunes 27.04.2020.