En el libro Chachachá: Un baile y una época, de la editorial Gladys Palmera, se cuenta la historia del género que escandalizó a la sociedad de los años 50 y logró imponerse culturalmente a nivel global con estética, ritmo y lengua propios. En sus brazos cayeron figuras como Marilyn Monroe, Bruce Lee o Brigitte Bardot. Pero, ¿de qué forma el chachachá cruza lazos con el reguetón?

TXT::  Lucho Pacora

Una estrecha y oscura escalera. La penumbra oculta las risas, el cuchicheo, las agitadas exhalaciones y esa masa de ruido redondo en la que, progresivamente, se sumergen las siluetas y sus voces. A cada paso, aquella gravedad sonora va mutando en una fiesta pagana con olor a tabaco, brisa marina y ron. Se abren las puertas. Una ceremonia de poseídos expone sus mejores reverencias en la pista de baile. Una orquesta de demonios del ritmo, llegados desde La Habana, toca una embrujada y novedosa forma musical. Un humo denso despega desde los cuerpos como un aura sensual. Es otra noche más en el Palladium Ballroom de Nueva York.

Pocos géneros musicales conservan una partida de nacimiento tan precisa como el chachachá. De hecho, se podría señalar no sólo el año del alumbramiento sino también el nombre del padre, la madre, los tíos, abuelos y hasta el lugar donde dio sus primeros -y movedizos- pasos. Pero antes, retrocedamos un poco. Hasta 1938. Mientras Hitler se preparaba para iniciar la Segunda Guerra Mundial, en Cuba, la orquesta Arcaño y Sus Maravillas nominaba oficialmente un género musical que, al culminar la guerra, canalizaría el furor contenido de la juventud y escandalizaría a los más conservadores.

 

¡Maaaaaambo! 

Con epicentro en Cuba, el mambo se esparció como una droga entre los jóvenes de México y Estados Unidos gracias a sus irrefrenables movimientos y a excepcionales músicos que emigraron desde la isla: Dámaso Perez Prado y Beny Moré hacia México; Francisco Gutiérrez “Machito” y Kiko Mendive hacia Nueva York. Pirómanos de salón que incendiaban las noches anárquicas, eróticas y liberadoras de la equívocamente llamada Generación Silenciosa. Aquella que, como sucedió con el rock and roll, incorporaría este universo exótico a la filmografía más rutilante de Hollywood.

Como toda sacra manifestación, el mambo pronto tendría un templo dedicado a su alabanza y adoración: el Palladium Ballroom, avenida Broadway con la 53, a una cuadra del Birland y Onix Club, las mecas del jazz neoyorquino. Un salón de baile cuya Santísima Trinidad estaba conformada por las demoledoras orquestas de Tito Rodríguez, “Machito” Gutiérrez y Tito Puente, titanes del ritmo que dirigían misas bailables con antiguos espíritus tropicales. Tan solo unos años después, serían ellos mismos quienes incorporarían la segunda invasión latina en el mundo: el chachachá.

 

Vacilón, qué rico vacilón

La Habana, 1951. Una cadenciosa melodía se desplaza por el segundo piso del restaurante Miami. El aire caliente y la intensa brisa envuelve a danzantes de traje y sombrero. Con innata disposición, auscultan una nueva canción: “A Prado y Neptuno / iba una chiquita / que todos los hombres la tenían que mirar”. Unos violines europeos se entrelazan con una dinámica flauta traversa y una percusión isleña. Es la primera vez que un ritmo incita, premeditadamente, a la intimidad. “Estaba gordita / muy bien formadita / era graciosita / en resumen, colosal”. Un sonriente violinista se percata que su novedosa composición produce un sonido particular en la pista de baile: “cha cha chá, cha cha chá”.

El padre de la criatura responde al nombre de Enrique Jorrín, un joven mozo cubano que bien podría encarnar algún personaje real-maravilloso: huérfano a temprana edad, se apasiona por el violín y con tan solo 11 años compone su primer hit musical. Pasa a formar parte de estelares agrupaciones de charanga como Los Hermanos Contreras y Antonio Arcaño y Sus Maravillas, hasta recalar en la Orquesta América, junto a la cual presentaría por vez primera “La engañadora”, tema fundacional de un género musical que se expandirá por el globo terráqueo y lo convertirá en estrella en impensados lugares como Francia, Estados Unidos o África.

 

“Jorrín fue un genio humilde que, a pesar de su enorme talento, siempre estaba trabajando. De hecho, nunca hablaba de inspiración sino de dedicación”, anota José Arteaga, uno de los artífices de Chachachá: Un baile y una época, publicación multisensorial de Gladys Palmera, plataforma española que difunde la cultura tropical latina y los hallazgos de la colección del mismo nombre, la cual alberga el archivo discográfico más grande de música cubana y afrolatina, bajo el amparo de su devocional fundadora: Alejandra Fierro Eleta.

“Alejandra siempre tuvo una estantería especial para los discos de chachachá. Cuando comenzamos a elaborar Chachachá: Un baile y una época nos dimos cuenta que habían elementos gráficos que tenían mucho parecido unos con otros, desde las modelos que aparecían en diversas portadas hasta instrumentos musicales o tipografías, lo cual nos dio a entender que el chachachá también creó una estética”, agrega el editor, para quien el auge mundial que vivió este género se debió, principalmente, a tres elementos: el baile, la figura femenina y el arte de los discos.

 

Marilyn y Bruce Lee bailan chachachá

Decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu que todo fenómeno cultural está intrínsecamente relacionado con sus procesos económicos. El chachachá es un género que surge en la posguerra, en pleno boom cultural y financiero con epicentro en Los Ángeles, París y Nueva York. Desde luego, aquella eclosión social respondía a la necesidad anímica de celebrar la vida y olvidar los millones de cadáveres que dejó la última conflagración mundial. La bonanza económica que se vivió en esa época permitió el desarrollo de la cultura de masas, de la televisión, el technicolor, los autocinemas, la fast-food y los gansters.

La Generación Silenciosa pasó del puritanismo censor a una sensualidad más abierta y desbocada: “Mi cerebro es lo último, mi cintura es lo único”, decía el gran “Machito” Gutiérrez. Precisamente en La Habana, una sofocante mañana del verano del 56, una bailarina estadounidense alborotaría a los cubanos al pasear plácidamente en topless por las calles de esta ciudad. Al ser detenida por la policía, “Bubbles” Darlene contestó que aquella era su forma de responder al, ciertamente machista, chachachá de Enrique Jorrín. Le pusieron una multa de 9 dólares.

 

Tres años después, Marilyn Monroe, la rubia más deseada del planeta, protagonizaría la película de Billy Wilder, Some like it hot, cuya versión discográfica estaría plenamente dedicada al nuevo furor musical. Sin duda, el cine fue uno de los grandes aliados en la internacionalización del chachachá. Bastaba con incursionar al Palladium Ballroom para encontrarse con estrellas como Marlon Brando o Kim Novak agitando su anglosajona cintura con ondulados pasos de baile.

“El cine ha sido el arte que ha calado más rápido en nuestras sociedades. En aquella época, México era un importante centro de producción cinematográfica a nivel mundial con actores como Tin Tan, Pedro Infante, María Félix, entre otros. Ellos participaron en una cantidad enorme de películas donde sonaba el chachachá. Esto provocó que el género se proyectara a nivel continental, llegando a incluirse en películas de Hollywood o proyecciones en cines y teatros de Europa”, comenta uno de los autores de Chachachá: Un baile y una época, quien agrega: “Si bien en países anglosajones se escuchaba prioritariamente el rock and roll, en lugares como Francia ambos géneros tuvieron el mismo nivel de aceptación, lo cual se constata  en la figura de Brigitte Bardot, quien en varias películas bailaba tanto twist como chachachá”.

Este trepidante ritmo doblegó, incluso, a quien sería el ícono máximo de las artes marciales en el cine. Hacia 1957, un novato Bruce Lee aparecía en un pequeño rol de la película Darling girl como bailarín de chachachá. Al año siguiente, ganaría un concurso de baile del mismo género y nunca más se olvidaría de él. De hecho, si analizamos su performance y estilo de pelea en cada película, observaremos que muchos de sus movimientos de combate son herencia directa de la música y, sobre todo, del baile nacido en La Habana.

 

El arte del deseo

La década de los años 50 fue, sin duda, una de las más prolíficas a nivel cultural: apareció el arte pop, el gutai japonés, la literatura fantástica, el arte cinético, entre otros. Por el lado de la música aparecían en los rankings radiales el twist, el mambo, el jazz bebop, el rock and roll y el chachachá. Un desenfreno sonoro que convivía a la perfección. Arteaga absuelve una inquietud: “Elvis (Presley) tuvo una época de mega-estrella en Las Vegas, tocaba en hoteles, casinos y salones donde también se presentaban orquestas cubanas o agrupaciones neoyorquinas como las de Chico O’Farril o Pupi Campo, sin duda estos artistas compartieron escenario”.

 

Uno de los grandes hallazgos de Chachachá: Un baile y una época es la sección dedicada al arte gráfico del género, de hecho, es la que ocupa la mayor parte de esta proeza editorial, lo cual enriquece la lectura y vence aquel acartonado academicismo de ciertos libros de música. “Cuando nosotros comenzamos a analizar estos hallazgos en la colección Gladys Palmera, nos dimos cuenta que el diseño de las portadas era un elemento muy valioso del ritmo que comenzó a difundirse en discos de 10 pulgadas”, anota Arteaga, recordando que antes de la llegada de este género, las portadas de discos eran meramente decorativas. Probablemente influenciadas por los grandes carteles de Hollywood y la publicidad, las disqueras modernizaron las fundas de los discos hasta convertirlas en obras de arte.

Al igual que el reguetón, el chachachá se valió del deseo como estrategia de marketing y la mujer como objeto de consumo: se impuso culturalmente con chicas en trajes sensuales, músicos de conga y maracas, letras en español y una rítmica creada por Belcebú. “La mujer es un elemento central para mostrar elementos que se vendían mejor a través de ellas: el baile por ejemplo”, dice el editor y periodista colombiano, y agrega: “Hay que tener en cuenta que antes de la aparición del género, los discos tenían un diseño decorativo bastante simple, es con el chachachá que se crea una estética donde la mujer es un elemento fundamental”.

 

Reguetón y chachachá

Además del idioma, la estética, su rítmica erótica y su machismo militante, el chachachá guarda otro parentesco con el reguetón: tuvo a tres jinetes del Apocalipsis que cabalgaron sin cesar por los salones de baile de Estados Unidos. Allí está “Machito” Gutiérrez, el Daddy Yankee de los 50, excepcional músico y cantante cubano que desarrolló un mestizaje formidable entre la música afrocubana de raíz y el jazz más alucinógeno que se tocaba en Nueva York. Tito Rodríguez, el J Balvin boricua, quien, junto a su orquesta, enardecía las noches del Palladium a ritmo de mambos, pachangas y chachachá. Finalmente, Tito Puente, el inagotable y legendario percusionista a quien sus colegas llamaban “The bitch on vibes” cada vez que se abalanzaba sobre el vibráfono.

“Toda la música ha pasado por épocas de censura: el mambo, el chachachá o el reguetón. Salvando las distancias, es verdad que existen similitudes: la censura, lo latino, la calle, el baile, el papel de la mujer, entre otros. Si te fijas en el timbre o la armonía, su sencilla estructura musical hace que sean dos ritmos que apelan a lo más básico y por eso logran ser fácilmente asimilados. En el proceso se le va añadiendo elementos de otros ritmos como la cumbia, el tango, el rock o la música flamenca”, explica Arteaga. Así como éstas, son muchas las historias que se pueden leer, tocar, bailar y escuchar en Chachachá: Un baile y una época, esencial publicación de Gladys Palmera, quienes ya preparan otros, necesarios, aportes para la historia de la música latina, aquel mágico universo donde se celebra la vida y se baila la muerte.