#EnMisTiempos

TXT: Arturo J. Flores

Imposible no enamorarse de ella. Por la dulzura de su voz de ardilla o por la infinita tristeza de su mirada, pero a su lado uno camina irremediablemente sobre la superficie de la luna. Anda uno en la pendeja, pues.

A una Sad Morrita hay que cuidarle los ojos porque en cualquier momento se le pueden romper. Escurrirán hasta la tierra y del charco que se forma, brotará un ramo de flores de color azul. Hortensias que un día saldrán disparadas hacia otra galaxia.

A la Sad Morrita le gustan las canciones tristes. Entre más corta venas, mejor. Durante los festivales se tenderá bocarriba en el césped, cruzará las manos por debajo de la nuca y mientras Massive Attack derrama tristeza en el escenario, interpretando completo el Mezzanine en su 21 aniversario, la Sad Morrita contemplará la luna.

Porque 21 años no se cumplen todos los días y parece una edad perfecta para conmemorar la hermosura que habita en la tristeza.

Sad Morrita.

Seguro te has encontrado con una.

Es la que se sabe todas las canciones. En otra vida fue una rocola y tal vez en el futuro reencarne en ruiseñor. Baila electrocumbia y reggaetón, pero sacude la cabeza cuando escucha heavy metal y aunque antes de que le rompieran por primera vez el corazón, no le gustaba el mariachi, ahora se queda afónica cuando de cantar rancheras se trata.

Todas las canciones le llegan, le tocan el alma. Hasta perrea con sentimiento. Se lo dedica a alguien que habita en su imaginación. El primero en enviar llamitas a sus historias de Instagram.

Por mucho que posea una sonrisa enorme, a menudo la Sad Morrita se deprime. Escribe poemas en la orilla de sus cuadernos. Dibuja ensortijados garabatos que pudieron ser corazones junto a su tarea, a los encargos de un profesor que le roban el sueño. El amor es al mismo tiempo su anhelo y su maldición.

Se enamora cada quince minutos y sufre cada puesta de sol. Se acostumbra a ver las películas detrás de una cortina de lagrimas. Combate en el insomnio de todas las noches sepultándose en una cama habitada por decenas de muñecos de peluche, teniendo como centinela a un librero con volúmenes subrayados de poesía y un caja de chocolates a medio terminar.

Para la Sad Morrita no hay vida sin música. A cada postal de su vida corresponde una canción. Una de Aphex Twin para las tardes lluviosas, alguna de Rosalía si es que las hormonas la rebasan y las rola de Pussy Riot para que suenen de fondo cuando el enojo la inunda y quiere salir a la calle a protestar.

Porque a la Sad Morrita le causa tristeza la injusticia, el infortunio, la desgracia ajena y la enfermedad. Si pudiera curar al mundo con sus lágrimas no pararía de llorar. Le regalaría a los ángeles una USB llena de canciones felices para que, desde el cielo, cayeran como granizo y todo fuera puro pinche amor.

Ojalá nunca se acaben las Sad Morritas ni estén en peligro de extinción. Jamás se apague la hoguera que les arde en el pecho y el torrente de cursilería que les corre entre la epidermis y el riñón. ¿Te has tomado una copa de vino junto a una Sad Morrita? ¿Compartido un fetuccini al pesto con el mismo tenedor? Ten cuidado con sus besos, porque algo de heroína sexual tienen. Si entras en contacto con ellos, querrás desmoronarte en vida para levantarte convertido en otra cosa. Tal vez un Sad morrito o un Sadñor.

Dicen que Ceremonia estará lleno de ellas. Sad Morritas que usan shorts cuando hace calor, que como las ninfas del Foro Pegaso bailarán des-pa-ci-to cerca de las tornamesas con una cerveza en la mano, ebrias de melancolía y candor.

Cuidado.

No digan que no se les advirtió.

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