La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son el fruto de su obra, lleva a cabo por sí mismo todo lo que está en sus manos, y por medio de sus delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo”.  Estas palabras las dijo Maximilien Robespierre en su discurso sobre los Principios de la Moral Política en el 18 Pluvioso, Año II después del año de la Revolución, revolución que no se contentó con eliminar los nombres religiosos de las calles, tirar estatuas y destrozar piedra por piedra la Bastilla, fue más allá y cambió la medición cronológica. Ese Año II para Maximiliano fue el último año, ya que la guillotina cayó sobre su cabeza a los pocos meses de decir estas palabras.

 ¿Y cuál entendía el brillante orador era el deseo del pueblo que sus representantes debían cumplir? Pues perseguir a todo enemigo de la Revolución y así salvaguardar la emancipación de hombres y mujeres,  proteger la libertad y la felicidad. Para ello se instauró La Republica de la Virtud a la que siguió como herramienta ejecutiva de esa Republica la era de El Terror. Los delegados revolucionarios mandaron al patíbulo a decenas de miles de ciudadanos al tiempo que se cambiaba la sociedad por otra donde la Razón fuese sagrada y así, supuestamente, perpetuar la justicia.

Recientemente  PlayGroundmag junto a la fundación Ashoka, ESIC University y Osoigo realizó una interesantísima encuesta entre jóvenes españoles de la que se desprendió, entre otros resultados, que el 71% de los encuestados prohibiría los discursos de odio en redes sociales y los  parlamentos. https://www.europapress.es/epsocial/igualdad/noticia-siete-cada-diez-jovenes-espanoles-prohibiria-discursos-odio-redes-sociales-parlamento-estudio-20210714131632.html

Robespierre creyó tener la sensibilidad suficiente para entender a los ciudadanos de su tiempo sin las herramientas corroboradoras de las que disponemos hoy. Al igual que pensaba el jacobino en el siglo XVIII, el pueblo, los jóvenes,  demandan censura, lo que se denomina hoy eufemísticamente “cultura de la cancelación” o “control democrático”.

Antes de seguir con las procacidades de la masa, masa es masa indenpendientemente de la edad, un poco de innovación juvenil con el primer disco de Simona Zamboli, Ethernity, publicado en un veterano reducto de la transgresión digital Mille Plateaux.

Si es extrapolable esa encuesta y sus resultados a otros países y a otras juventudes no es fácil de decir, aunque los anuncios de Nike o Burguer King indiquen que sí. La sociedad española posee  la peculiaridad del “ellos y nosotros”, característica interclasista, intergeneracional e intergénero, propia de comunidades guerra civilistas como la española, la colombiana y la estadounidense. En estos países la libertad suele ser para predominar sobre los otros.

Si bien los periodos traumáticos, fruto del enfrentamiento bélico grupal, trajeron la tolerancia obligada como dinámica impuesta, y con ella un decoro de las ideas y las pulsiones, el simplismo oportunista del lenguaje en redes sociales ha diluido, en parte, ese civismo sustituyéndolo por una intolerancia ciega.

Criaturas híbridas de las redes como la Primavera Árabe, que expulsó a la casta militar nacionalista para sustituirla por la nacionalista religiosa, y el 15 M en España, que despolitizó  la ideología y así ésta de herramienta para entendimiento, pactos y traiciones en la natural lucha por el poder, pasó a utensilio de imposición moral y exigencia de deber con  colectivos tan supuestamente damnificados como repentinamente sacros por gracia del victimismo: patriotas, gente de barrio, mujeres… han renovado el discurso de la diferencia irreconciliable pues el lugar que se quiere ocupar no es el de la gestion polìtica, sino el de la verdad incompartible.

No se puede entender el resultado de esta encuesta desde una perspectiva renovadora, sino al revés, de la continuación de una tradición frentista que ha encontrado en la era del lIke gasolina para el fuego de un reduccionismo intelectual que amenaza las relaciones humanas. Añadamos a esto aquello que escribió Rosario Castellanos en su obra Álbum de Familia “mis paisanos – los mexicanos- son envidiosos, como buenos descendientes de españoles”.

En esta columna ya se trató hace un año extensamente el problema de la generación woke y su pulsión censora. No es casual que provenga de los púberes USA, otro país cainita.

Si la censura sigue extendiéndose no será por obra de los ciudadanos, pues estos ya no existen, se convirtieron en consumidores, sus vidas en productos y finalmente ambas cosas en valores de la economía de los datos. La paranoia que un simple tuit generaba en las marcas con la llegada de las redes sociales, por el miedo a que un reclamo o disconformidad se extendiese y por lo tanto ver reducido su volumen de compradores, ha traído esta forzada involución moralista espoleada por los departamentos de marketing de empresas y políticos. Se busca un entorno comercial y humano impoluto. Quieren tener 5 millones de seguidores que tan solo expresen loas y likes.

Los delegados jacobinos hoy son los algoritmos capaces de acabar con la divergencia. Si las marcas dudan el mercado tiembla y si el consumidor se aleja de las marcas el entorno virtual se revuelve. La fuerza democrática está en permanecer permeables o no a la publicidad en nuestros perfiles, las revoluciones son patrocinadas, las proclamas esponsorizadas, los programa políticos hastgas. Se critica el odio, pero es justamente ese sentimiento el que quiere acallar al  que se considera otro bando.

Tanta exigencia de virtud revela la pérdida de la necesaria humildad del anonimato, cuando lo único perfecto de los muchach@s, sobre todo para la sociedad digitalmente maquillada, es su cutis, al que la senectud y el paso del tiempo ofenderá de una manera, esta sí, traumática.