Por Arturo J. Flores

Desde mi punto de vista, la música que escucho cabe en esas dos categorías. Y no me parece sexista escribir “eyacular” si tomamos en cuenta que las mujeres son biológicamente capaces de hacerlo. Al mismo tiempo que a nosotros los hombres, aunque haya quienes por sexismo se nieguen a reconocerlo, también nos fascina llorar a escondidas. Tampoco es que cada vez que hagas lo uno o lo otro, tenga que brotar un fluido de tu cuerpo. Verter una lágrima o alcanzar un orgasmo también podrían definirse como meros estados de ánimo.

Una vez aclarado el punto, les cuento. Aunque he intentado comprender algo de teoría musical, la realidad es que no he conseguido avanzar demasiado. Quizá en el fondo tampoco me interesa. He pensado que quizá disfruto tanto la música porque ignoro a ciencia cierta cómo está hecha. Mi acercamiento a ella sigue siendo la del niño que se para con la boca abierta delante del mago. Lo que uno menos desea es que le cuenten el truco. Mentiría si dijera que cuando escucho música valoro la armonía, califico la melodía y enjuicio su ritmo. Distinto entre do y re. Si acaso medio analizo críticamente la letra, porque tampoco me puedo deshacer de mi profesión de escritor. Entendido, como siempre sostengo que escritor es el que escribe. Si lo hace bien o mal eso es harina de otro costal.

Desconozco por qué  me gusta una canción, un disco o un artista. Es decir, en el estricto sentido sí lo sé. Pero al mismo tiempo lo ignoro. Me explico. Mientras me baño me gusta poner música en el celular. Sobre todo la playlist de “Descubrimiento semanal” de Spotify. El otro día, a media ducha, comenzó a sonar algo que me erizó los vellos de la espalda igual que a un gato asustado. No pude reprimir los deseos de saber qué rayos era aquella maravilla. Un ritmo apelmazado de blues, sobrecogedor, inundaba la claustrofóbica área del baño. Pero no un blues antiquísimo. Digamos que aquello parecía una reinterpretación moderna del blues. Escurriendo aún y tiritando de frío, me enteré que la canción era “Don’t let ‘em bring you down”, de unos tales My Midnight Creeps. Una vez seco y envuelto en la toalla, los googleé. Resultaron ser noruegos, activos entre 2003 y 2007, año en el que su guitarrista –el autor de unas figuras que se te hunden en el pecho como afiladas cuchillas de hielo– Robert Buras fue encontrado sin vida en su apartamento. El disco que incluye la canción que me hizo, figuradamente, “eyacular”, se llama “Histamin”. Con él se firmó el deceso del grupo.

 

 

Eyacular por la música es eso. Perder el control de ti mismo. Experimentar la misma emoción que te inunda la primera vez que acaricias el cuerpo desnudo de alguien que te gusta. Dejar el resto del mundo en pausa para permitir que únicamente la música golpee tus sentidos. Salirte empapado de la ducha para averiguar, sin perder el tiempo, quién te embrujó.

No es muy distinto a lo que me refiero con canciones para llorar. Tampoco se reduce a lo que la mayoría conoce como música “cortavenas”. Porque ésta normalmente se relaciona con letras de desamor. Mis canciones para llorar son aquellas que poseen una parta especialmente mágica, poderosa, irrepetible, que pudiera por sí misma, al margen de la canción, una obra de arte. Repito: en mi opinión. Son aquellas canciones que, cuando las escuchas en vivo y alguien está platicando, le dices: “si no te callas la puta boca, te la reviento”. Canción para llorar es aquella que tienes que escuchar a todo volumen, sin distracciones, saboreando cada segundo. Me pasa con el último coro de “Deep silent complete”, de Nightwish; el solo de guitarra de “Comfortabily numb”, de Pink Floyd; la que recién descubrí percusión inicial de “Stonefist”, de Health; y los arpegeos de “Come join me the murder”, de The White Buffalo & The Forest Rangers, compuesta para el soundtrack de “Sons of Anarchy”.

Suena muy cursi, pero me recuerda algo que una vez me contaron. No diré cuál para no influenciar lo que piensen de la historia, pero una amiga decía que cuando llovía, le gustaba salir a caminar descalza en su jardín mientras sonaba estridentemente la música. Eso, para mí, es eyacular.

Y contra lo que pudiera pensarse, escucho mucha música nueva. Toda la que me hacen llegar. Porque quiero encontrar motivos que me permitan seguirme emocionando. Canciones para eyacular y también para llorar. Montones de ellas.

Lloro con ésta y ni letra tiene:

 

¿Se sigue haciendo música con ese objetivo? Mover a las personas. Tocarlas. Conmoverlas. ¡Por supuesto que sí! Podrá o no gustarnos el reggaetón, la banda, el pop y cuantos géneros más han sido desacreditados por razones clasistas y prejuicios exquisitos. Lo cierto es que mientras haya quienes experimenten el gozo, en forma de una lágrima o una eyaculación simbólica, esa música, todas las músicas, se habrán salido con la suya.

Un orgasmo se puede fingir, también el llanto. Pero a nadie le interesa “hacer como que disfruta” una canción que no le provoca nada. [m]