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Camila Guevara: La promesa que dio flores

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En diciembre de 2021 me sentí un intruso en el primer concierto de Camila Guevara. Era un bar pequeño, el ambiente de una fiesta familiar, y en unas notas que nunca publiqué fui especialmente duro, calificando su presentación más como un juego que como algo serio. Hoy me divierte aquel exceso de rigor, pero mi escepticismo inicial es precisamente la vara que me sirve para medir la magnitud de su evolución. Casi cuatro años después, la transformación es radical: la muchacha de entonces ha dado paso a una artista adulta, segura e irónica, respaldada por una banda que la reta y la eleva, y en la que finalmente encuentro todo lo que entonces le exigía.

TXT:: Rafa G. Escalona

En el camino algo cambió. La Camila de Dame flores (Sony Music, 2025), su álbum debut lanzado el pasado mayo, parece otra persona. El catalizador de esta metamorfosis es, precisamente, ese disco. En una tranquila tarde de enero, en un café de la colonia Roma Sur en la Ciudad de México, justo antes de su participación como invitada en un concierto de Fito Páez en el Auditorio Nacional, me senté con ella para desentrañar el proceso. “Las canciones [del disco] me han llevado a entenderme más”, me cuenta.

El álbum es, en palabras de la propia artista, un ejercicio terapéutico de 12 canciones que ha funcionado como su personal camino de Santiago, un viaje de sanación y reinvención. En el trayecto, ha ido aprendiendo tanto de su pasado como de su porvenir. “A veces las canciones me decían cosas que yo todavía no sabía”, reflexiona. Me pone como ejemplo “Lluvia“, una canción que escribió a los veintiún años, donde habla de “resucitar con la muerte que venga”, una frase que adquirió una resonancia escalofriante tras la posterior pérdida de sus padres en 2022. El arte se las arregló para manifestar una especie de profecía inconsciente, un mapa emocional trazado a ciegas, antes de conocer el territorio.

Este viaje introspectivo está atravesado por el dolor, la vulnerabilidad y la ira; sin embargo, el propósito no es regodearse en ellos, sino transmutarlos en ejercicios creativos de sanación. Ella misma describe cómo las canciones nacen de emociones diversas: algunas surgen de “la ira, de la frustración y del dolor, y se convierten en eso: un reproche, un despecho”, mientras que otras brotan “desde la calma o la ternura”, comentó en entrevista para la agencia EFE.

El deseo de salir de su zona de confort, impulsado por su mánager, transformó un proyecto que originalmente apuntaba a un EP intimista y de fuerte acento poético en un álbum expansivo. El resultado es una obra donde caben todos los sonidos de la América contemporánea. “Cariño” abre como un susurro confesional, íntimo y quebradizo, como si Camila le cantara a alguien dormido al lado. El arreglo, minimalista y electrónico, permite que la emoción flote sin distracciones. Uno puede imaginarla compartiendo esta canción con Gaby Moreno o Natalia Lafourcade, y nada tendría más sentido. En el extremo opuesto, “Crueldá” es el estallido: una salsa rabiosa, teatral, que evoca a La Lupe en pleno trance. Aquí, Camila se lanza sin red, entre metales afilados y congas que no perdonan, en un acto de amor propio reivindicado.

La propia Camila concibió el disco como una “playlist emocional”, un reflejo de los hábitos de escucha de su generación y de su propia necesidad de transitar por diferentes estados anímicos. “A veces, no me gusta escuchar un álbum entero porque necesito diferentes emociones”, ha comentado en varias ocasiones.

La diversidad sonora de Dame flores fusiona géneros y revoluciones varias. El álbum avanza como una conversación entre mundos —el son cubano, el reguetón, la trova, el rap y el rock— donde cada estilo sirve como elemento de una navaja suiza en las manos de Camila. Entre la melancolía del bolero y el pop más energético, esta ductilidad la emparenta más con artistas camaleónicas como Nathy Peluso o Irepelusa, que con el espíritu folk de Silvana Estrada o el purismo poético de Violeta Parra. Camila no se pliega a una estética, sino que la conduce a su antojo canción por canción. En “Cómo arde“, por ejemplo, su voz se desliza entre un bolero-chá juguetón y un hip hop mestizo de versos punzantes que recuerda al mejor Orishas. “Vienen survass apuesta por un ritmo sinuoso sofisticado donde el deseo y la ironía se entrelazan en una lírica desafiante.

Pero para que este universo sonoro pudiera tomar forma, primero tuvo que existir la materia prima: un conjunto de canciones nacidas de la urgencia y el dolor. El álbum se sostiene sobre tres pilares: una mánager con visión, un productor cómplice y, fundamentalmente, una tragedia personal que actuó como el catalizador de todo. El año 2022 fue un punto de inflexión brutal en la vida de Camila. En cuestión de meses, perdió a su madre, la cantante y gestora cultural Suylén Milanés; a su padre, Camilo Guevara March; y a su abuelo, el legendario Pablo Milanés. Este triple duelo se convirtió en el crisol emocional del álbum.

Vida“, la pista que da cierre al disco, abre con una línea de una honestidad brutal: Hola, muerte / me has estado rondando este año. La melodía se arrastra con un tono confesional, sobre una base austera donde el piano y unos efectos mínimos parecen respirar con ella. Cada palabra pesa, como si estuviera dictada por el cuerpo más que por la voz. Es una elegía sin lamentos, más cerca de la aceptación serena que del dramatismo. Un recitación que funciona como salmo final y que parece decirnos que ya sanó, o empezó a sanar. Lejos de paralizarla, el dolor actuó como impulso vital. “Fue como: ‘Ya no me importa ni qué me pase a mí, quiero aprovechar este tiempo que estoy aquí’”, explicó a El País, señalando una necesidad urgente de vivir más intensamente.

Desde Cuba, sintiendo la necesidad de pensar “más allá” del relato insular, Camila se lanzó a contactar a Margarita Bruzzone, una veterana de la industria musical argentina. La elección no fue casual. La trayectoria de Bruzzone, que incluye el manejo de artistas del calibre de Kevin Johansen, Natalia Lafourcade, Conociendo Rusia y Lila Downs, demostraba una apuesta por carreras con identidad y a largo plazo. “Le escribí a Margarita porque me encantó cómo la veía, muy humana”, me dice Camila. Bruzzone no solo apostó por ella, sino que jugó un papel decisivo en la dirección del proyecto. Fue ella quien identificó el verdadero potencial en las canciones más experimentales donde Camila rapeaba, empujándola a salir de su zona de confort. Su filosofía de trabajo, centrada en un crecimiento paso a paso y sólido, le han proporcionado a la joven artista la estructura y la confianza necesarias para forjar su autoestima y su carrera sin desesperarse por resultados inmediatos.

Tras firmar con Sony, la búsqueda del productor adecuado se convirtió en una odisea. Camila probó con algunos de los sospechosos habituales de la escena latinoamericana como Eduardo Cabra, Adan Jodorowsky y Nico Cotton, pero sentía que su voz podía perderse. “Es diferente cuando trabajas con personas que ya están establecidas”, explica, “pero yo sentía que me iba a sentir mucho más libre [con un productor menos establecido]”. Su intuición le pedía un diálogo entre pares, alguien que entendiera la esencia de sus composiciones.

La solución llegó de forma orgánica. Le pidió a Javier Sampedro, una de las figuras más interesantes de la escena musical cubana contemporánea, que le enseñara algunos “tips de producción”. Sampedro, conocido por su trabajo con artistas como Melanie Santiler y Liana Milanés, y por su experiencia como una de las mitades del ecléctico dúo Isla Escarlata —un proyecto que fusionaba trap, guajira y conga, situándose deliberadamente al margen del hip-hop cubano más tradicional—, conectó inmediatamente con la visión de Camila. La colaboración, nacida de la confianza y la afinidad generacional, se convirtió en el motor creativo del disco. “Me gustó la visión de Javi, cómo veía las canciones y que estuviera emocionado”, recuerda ella.

Este andamiaje final —una artista con una visión clara, un productor de su misma escena, una mánager con experiencia panregional y el respaldo de una multinacional— demuestra un modelo de desarrollo artístico que, si bien es excepcional y no la norma para la mayoría de los músicos en la isla, equilibra la autenticidad local con una estrategia de alcance global. La decisión de grabar con músicos cubanos, amigos suyos, fue una declaración de principios: “Me gustaba la idea de que saliera una cosa de mi lugar para el mundo”. Sony Music, por su parte, adoptó una postura de apoyo y le dio a Camila el espacio para ser ella misma.

La biografía de Camila Guevara está marcada por dos de los apellidos más resonantes de la historia cubana del siglo XX. Su identidad artística se forja en la confluencia y, a veces, en la tensión entre un legado de revolución artística y otro de revolución política. Crecer en el clan Milanés significaba estar inmerso en un torrente musical constante. Su abuelo, Pablo Milanés, no era solo una figura familiar, sino un pilar de la cultura cubana, cofundador del movimiento de la Nueva Trova Cubana y un cantautor de talla mundial. Su influencia fue directa: “Mi abuelo ha sido como un maestro para mí. Realmente, he estudiado su manera de cantar porque era un virtuoso”, declaró a El País.

No menos importante fue la figura de su madre, Suylén Milanés. Más allá de su propia carrera como cantante, Suylén fue una visionaria gestora cultural. Su proyecto más emblemático fue el Festival Internacional de Música Electrónica Eyeife, un evento diseñado para fusionar los sonidos electrónicos globales con las raíces afrocubanas, con el objetivo de proyectar el talento de la isla al mundo. El festival, cuyo nombre proviene de un signo de la santería que simboliza el equilibrio, buscaba conectar a las nuevas generaciones con su herencia cultural a través de la música de la era digital. Completa el cuadro su tía, Haydée Milanés, otra cantante respetada que también ha tenido que labrarse un camino propio bajo la sombra de un apellido ilustre. La imagen de una pequeña Camila emulando a su tía sobre las mesas de la casa familiar ilustra la naturalidad con la que absorbió este linaje artístico. El trabajo de Suylén con Eyeife parece un eslabón crucial, un puente entre la tradición de la Nueva Trova de su padre y la fusión global que su propia hija, Camila, encarna hoy.

Por vía paterna, Camila es nieta de Ernesto Che Guevara. Es un legado de un peso histórico y político inmenso, del cual ella se ha distanciado conscientemente en el plano artístico. Su postura es clara y la ha repetido en entrevistas: “ni Pablo Milanés ni Ernesto Che Guevara… Yo me estoy permitiendo ser quien quiero ser”, dijo a EFE. Reconoce la influencia de su padre, Camilo Guevara, a quien describe como un hombre de “sensibilidad poética” que le inculcó el amor por el rock, pero distingue esa herencia de la musical, que proviene del lado Milanés. El tatuaje con la firma del Che que lleva en el brazo parece más un guiño personal e íntimo que una declaración ideológica. Su revolución, si la hay, es sonora.

Camila Guevara no es un fenómeno aislado. Su música es una manifestación paradigmática de una “nueva escena musical cubana” que está redefiniendo la identidad sonora de la isla para el siglo XXI. Este movimiento se caracteriza por una actitud desprejuiciada y ecléctica. Artistas jóvenes están fusionando con naturalidad los ritmos tradicionales cubanos —son, rumba, bolero— con influencias globales como el R&B, el trap, el reguetón, el funk y la electrónica. No se trata de una negación de la herencia, sino de una recontextualización. Como explica Camila, “siento que es importante saber qué pasó, para poder incluso hacer tu aporte”.

El objetivo es hablarle a un público global, escapar de los clichés de la “música cubana” y crear un sonido que, aunque arraigado en la isla, sea transnacional. Esta generación, como señala Camila, está marcada por la globalización y la cultura digital: “La generación de mi hermana, que tiene catorce años, a veces habla como memes”. Esa permeabilidad cultural se refleja en su arte. El álbum Dame flores es un caso de estudio de esta nueva ola. Su mezcla de géneros, su producción moderna y sus temáticas universales encajan perfectamente en esta corriente. La propia Camila se ve como parte de este movimiento, aunque reconoce la singularidad de su oportunidad: “obviamente no todo el mundo tiene una oportunidad como esta, y eso me hace sentir en la obligación de estar más atenta, de pertenecer más a ese movimiento”. Su colaboración con Cimafunk, otro de los grandes exponentes de esta fusión de ritmos afrocubanos con funk, subraya su conexión con esta escena.

Este fenómeno es alimentado tanto por el flujo de información que llega a la isla como por la creciente influencia de la diáspora cubana en centros como Miami o Barcelona, creando un circuito de retroalimentación cultural. La trayectoria de Camila —una artista cubana que graba con un productor cubano, es manejada por una agente argentina desde México y firma con una disquera global— si bien es un caso excepcional y no la norma, ilustra el potencial de esta nueva realidad transnacional que está redefiniendo lo que significa hacer música cubana hoy.

Tras el lanzamiento del álbum, el sueño de muchos se convierte para Camila Guevara en apenas el comienzo. Ahora enfrenta el reto de construir una carrera sostenible, un desafío que aborda con una madurez que desmiente su juventud. Reconoce que el trabajo en redes sociales le resulta “muy pesado” y “frustrante”, pero su estrategia no es perseguir la viralidad efímera. En cambio, busca construir una “comunidad a largo plazo”, mostrándose de forma auténtica, “no meterme en un personaje o hacer un trend para poder coger unos likes“. Esta visión, que prioriza la conexión genuina sobre las métricas superficiales, resuena con el consejo de su mánager de construir una carrera sólida y paso a paso. “Yo siento que es un camino más largo, pero da muchos frutos porque la gente conecta de verdad con lo que tienes para decir”, afirma.

Su ambición es clara. Admira a los artistas “que no se quedan en un mismo lugar, que siempre están siguiendo lo que les emociona”. Su objetivo es seguir explorando, liberándose a través de su arte. “Mientras más saco canciones, más me libero”, dice, reconociendo que aún debe trabajar en su timidez. La conversación termina con una sonrisa y una declaración de intenciones que encapsula su confianza y su visión de futuro: “Aún tengo que trabajar, pero me imagino una diva total”.

Le toca ahora defender sus canciones como si no tuviera más nada en este mundo. Atrás quedó la muchacha que en 2021 me pareció un juego. Mi escepticismo inicial se ha transformado en la más profunda de las expectativas. Ya me sorprendió una vez, y tengo la certeza de que volverá a hacerlo.

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