Cuando vi el Tiny Desk de la National Public Radio (NPR) de Ca7riel y Paco Amoroso por primera vez, creí estar presenciando la aparición de un talento nuevo. Hasta entonces, las sesiones de NPR me parecían más una ceremonia de consagración para los grandes artistas que una plataforma para los pequeños. No sabía ni siquiera quién era Ca7riel y cuál Paco, uno llevaba gorra azul afelpada o el otro chaleco de corazoncitos.
TXT::José María Vázquez
Eran dos argentinos extravagantes en una oficina llena de libros. El dominio con el que se movían en el escenario era impresionante. En medio del caos, sabían perfectamente lo que hacían. Después descubrí que lo que veía era el trabajo de diez años condensado en unos veinte minutos. Las letras me gustaron por su sentido del humor. Ahí estaban dos amigos cantando acerca de cómo descubrieron que se acostaban con la misma mujer.
Hablaban de sexo, de dinero y de viajes en jets privados de una manera que hacía imposible saber cuándo era en serio y cuando se estaban burlando de sí mismos. La sección rítmica empujaba cada canción a la siguiente, el poder del bajista parecía emanar más de los tres pares de lentes que llevaba puestos que de su propio instrumento, los coros agregaban un toque angelical hasta a las letras más burdas, los metales irrumpían para darle a las canciones un estilo que hacía pensar más en el jazz que en el trap.
Algunos músicos llevaban playeras con sus visas para entrar a Estados Unidos impresas y otros playeras con sus rostros gigantes. Era una presentación calculadamente ridícula, y en esa disposición había un carisma enorme. No tenían que demostrar nada a nadie. Fue en esa grabación donde muchos tuvimos nuestra primera probada de la Cato and Paco Experience. En su música había algo para todos. Cada canción cambiaba de piel a mitad del camino. Del funk al trap, del pop al jazz.
No era la novedad lo que hacía fascinante la propuesta. Muchas de esas cosas ya las había escuchado antes, solo que repartidas entre artistas distintos. Ahora estaban por primera vez en los mismos intérpretes, a veces hasta en la misma canción. Convivían, se estorbaban unas a otras y, aun así, funcionaban. Era como cambiar de estación de radio cada treinta segundos y descubrir que todas transmitían el mismo tema. Detrás de esa variedad, de esa voluntad de experimentación, podía intuirse que no se trataba de novatos.
Ambos habían sido formados en un conservatorio en Buenos Aires y llevaban más de veinte años haciendo música juntos. Incluso hay videos en YouTube de los dos interpretando canciones de próceres del rock en español como Spinetta, Cerati y Los Abuelos de la Nada. Antes de convertirse en el dúo que hoy conocemos, habían tenido una banda de rock progresivo llamada Astor y Las Flores de Marte. Se conocían desde los seis años. Nada de eso había comenzado con el Tiny Desk.
El descubrimiento tardío no tardó en generar la reacción de seguidores de antaño en redes sociales, quienes salieron en defensa de la trayectoria del dúo, recordándonos que llevaban años publicando sencillos. No es que uno sea malvado, simplemente es ignorante. Nadie puede escuchar toda la música del mundo, y mucho menos en una época en la que cada día se publica más de la que cualquiera podría escuchar en una vida. A veces no encontramos a un artista hasta que las circunstancias (o el algoritmo) terminan por ponerlo frente a nosotros.
Es probable que el primer acercamiento a las grabaciones de estudio del dúo haya desconcertado a más de una persona que los descubrió gracias al Tiny Desk, como yo. En lugar de los metales, los coros y el aire de jazz fusión que marcaron aquella presentación, las versiones de estudio apostaban por un sonido mucho más electrónico con voces ligeramente distorsionadas, sintetizadores, bajos programados y ritmos digitales. Era diferente, pero ahí seguían el humor, la provocación y esa capacidad para mezclar registros que a tantos nos había fascinado.
La pregunta que muchos teníamos entonces era si el siguiente lanzamiento seguiría la fórmula Tiny Desk o si continuaría con el sonido más electrónico de Baño María (2024) —precedido por Papota, en 2025. Con su promesa de liberar el espíritu, Free spirits (2026) fue grabado para desconcertar antes que convencer. “Ay ay ay” comienza jugando con ritmos tropicales para hablar del mejor sexo que han tenido en su vida; “Ha ha” arranca como música de elevador para transformarse en estallido techno; y “Hasta Jesús tuvo un mal día”, grabada junto a Sting, posee un título sacado de un disco de rock cristiano, pero con una melodía pop irresistible. El absurdo como propuesta artística, dos músicos con dominio de su arte, que se divierten con la saturación del internet.
Apenas unos días antes de que iniciaran su gira en México, tuve la oportunidad de presenciar el fenómeno catopacoamoroso en una de sus últimas fechas en Estados Unidos. Antes de que aparecieran en el escenario, una mujer realizó una meditación guiada con platillos tibetanos e invocaciones a la paz espiritual. Seguí los ejercicios de respiración y cerré los ojos. La voz en off de Sting nos comentó que estábamos a punto de recibir un tratamiento que culminaría en la liberación de nuestros espíritus. Para lograrlo, tendríamos que atravesar diferentes emociones.
Durante noventa minutos vivimos una feria de música donde trap, rock, electrónica, funk, pop y hasta ritmos latinos desfilaron uno tras otro, nada fuera de lugar. Sin hablar demasiado, el dúo argentino supo ganarse al público con sus bromas y estilo estrafalario. La gente cantaba a todo pulmón hasta los versos más disparatados y, para mi sorpresa, las canciones de Free spirits despertaron más entusiasmo que las del Tiny Desk.
Sting no nos había mentido. Para cuando el concierto terminó, nuestros espíritus eran un poco más libres. Y supongo que los de Ca7riel y Paco también.
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