TXT :: PABLO PULIDO

 

Me gusta estar triste, o al menos me gusta creer que lo estoy. Es mi estado emocional favorito, porque te conviertes en un mejor receptor (una cualidad necesaria en estos tiempos de hipermovilidad). Uno está más atento a las palabras y a las imágenes; lejos de vagas interpretaciones, estando triste, también puedes encontrar la vulnerabilidad oculta de las personas, porque entre homólogos nos entendemos, de eso estoy seguro. Entonces, estar triste es ver las cosas como realmente lo son.

No es gratuito que las mayores obras de arte hayan sido creadas en un momento frágil del autor. Ahí tenemos a Shakespeare, Van Gogh, Bukowski, Fleetwood Mac, entre otros, que nos enseñan que de la desesperanza se puede sacar provecho, incluso puede ser rentable, tal y como lo hace Adele con su discurso sobre la imposibilidad de ser estables emocionalmente.

Claro, estar triste conlleva escuchar canciones tristes. Hay gente que acude a José José, otros a Yuridia, algunos a la Banda MS y muchos más a Guns N’ Roses. Yo prefiero otras cosas, como voces y letras que me sean fáciles de adoptar en la vida diaria, músicos que lidien con las emociones de la manera más cercana a como yo lo hago. Identificación, al fin y al cabo.

Buscando canciones tristes, hace un par de años me encontraba en una tienda de discos con mi pareja de aquel entonces, un muchacho de temperamento voluble que no soportaba la música, o más bien la música que a mí me gustaba. Ahí me encontré con Little Broken Hearts de Norah Jones; en esa época comenzaba a comprar vinilos como loco, el dólar aún no devaluaba tanto al peso y tenía un novio con tarjeta de crédito. A pesar de sus refunfuños durante todo el regreso a casa, al final tenía en mis manos ese disco que sabía me iba a encantar sólo por su título.

Cinco años después, me encuentro escuchando de nueva cuenta este álbum, y es gracioso como describe al pie de la letra mi ruptura con quien me había ayudado a poseer esas canciones. Descubrimiento que justo coincidió con el relato de un amigo, sobre una compañera suya de la universidad que quería con él y lo retó a no relacionarse seriamente con alguien durante los dos años escolares restantes (¿a manera de asegurar su soltería a beneficio propio, tal vez?). En caso de que alguno de los dos perdiera, el otro tenía que regalarle algo que deseara. Para su suerte, mi amigo se declaró victorioso y pidió una copia de Little Broken Hearts, sin saber que fue ella la que había ganado: había resultado ilesa de un amor que si bien no fue correspondido, al menos no le fue arrebatado por alguien más. ¿Tenemos miedo a enamorarnos o el amor nos es irrelevante tanto como para apostarlo?

Resultado de una tormentosa ruptura, Little Broken Hearts fue un emocionante cambió sonoro de la señorita Jones, quien hacía unos años, se encontraba disfrutando de las dulces mieles de la escena jazz, que la aburrió en algún momento y decidió juntarse con Danger Mouse para editar este disco lleno de polvoso folk con tintes de blues y anécdotas de un amor mal masticado. El experimento duró poco, la compositora pronto regresó al piano y la improvisación, pero la enseñanza de Little Broken Hearts durará para siempre: podrás engañar a todos, menos a ti, así que mejor ahórrate el disfraz y desmenuza todo sufrimiento de la forma que te sea más cómoda.

Siempre digo que la preparatoria es la mejor época de todas. Las restricciones por la edad disminuyen y experimentas los beneficios de la edad adulta, sin tomártelo tan en serio, porque aún faltan años para entrar de verdadera cuenta al juego de las responsabilidades. En esos años, el alcohol y las drogas son prioridad en toda decisión; curiosamente, en medio de esos grisáceos escenarios de vicios, durante una sesión de aguas locas, un amigo de un amigo (de esos llamados “anarquistas”, de pelo rapado y tatuajes intimidantes) me prestó su iPod para poner una canción en el estéreo, sorpresa la mía encontrarme entre Black Flag y Circle Jerks, a una delicada Cat Power. La única canción que tenía era “I Don’t Blame You”, pero al final decidí no ponerla, por miedo a ser víctima de miradas de reprobación de toda la fiesta punk en la que me encontraba.

“Me gusta porque me pone mal”, me decía este tipo que no podía ocultarme su sensibilidad a pesar del contexto en el que se desenvolvía. Y mientras al fondo un par de chicos comenzaba a golpearse, no dejaba de sonar en mi cabeza la voz de Chan Marshall, quien siempre se ha caracterizado por su fragilidad personal y artística. Esa misma franqueza, lograba que hasta el más serio se destapara. Pero, ¿por qué tenemos que ocultar lo que sentimos? “Porque no sentimos nada”, me dijo este anarquista para luego tomar, de un solo trago, ese menjurje de mezcal barato y horchata en polvo, servido en un bote de pintura.

Si de personas recientes que vivieron tragedias amorosas hablamos, Sharon Van Etten es una vocera de las partes débiles (adjetivo no necesariamente negativo). Su disco Epic, es el documento que rescata los restos del final de su relación con un hombre controlador que ni siquiera le permitía tener una guitarra. Escenario que no difiere con el que sufrí a los 14 años con un ex (mayor que yo) y que amenazaba con golpearme si me atrevía a dejarlo. Entonces, surgió en mi la duda si realmente valía la pena ser sinceros o mentir para estar a salvo. “Bueno, soy mala, soy mala al amar”, canta Van Etten en “Leonard”, ¿acaso no lo somos todos? ¿O es que amamos mal a quien no queremos realmente? En el primer intento, fui yo quien rompió el corazón de alguien y el karma iba a cobrármelas durante un gran rato.

Según un estudio sobre la relación entre la depresión y la creatividad, realizado por la John Hopkins Carey Business School de Baltimore, una persona que está acostumbrada a la segregación, el rechazo puede ser una forma de aceptación y el motivo principal para la que estas personas muestran mejores aptitudes en el campo creativo. Probablemente, tú que lees este texto, recordarás haber sido excepcional en algún momento en esas actividades escolares que exigían cierto tipo de esfuerzo subjetivo o incluso, pudiste haber tenido talento todo el tiempo, si es el caso, felicidades, eras una persona triste.

“Me dijiste que el día que me mostraras tu rostro, estaríamos en problemas durante un largo tiempo”, canta Van Etten al inicio de su disco Are We There?, como recordándonos la posición del rechazado, lugar que hemos ocupado al menos una vez. Esperado fue el aplauso mediático y de público acerca de esta obra; creatividad y empatía resultado de las heridas de un salvaje amor

Si escuchar canciones tristes me ha dado el beneficio de la honestidad, entonces se debe estar preparado para sufrir. El circo es esencial para la poca benevolencia de los actos en el ser humano y yo no puedo jugar, no me gusta jugar, porque no se siente igual como saber la verdad sobre lo que no puede sentir tu corazón.