TXT: Toño Quintanar

Muy probablemente, después de Stephen King, Clive Barker es el escritor de horror más prolífico dentro de la segunda mitad del Siglo XX.

Los motivos por los que Barker jamás alcanzó la viralidad de su colega de Maine son evidentes, aunque harto complejas.

A diferencia de la mayoría de los protagonistas de King –héroes y antihéroes con los que enseguida establecemos cierto lazo de calidez-, los personajes hilvanados por Barker son entes chocantes, moralmente podridos, auténticos esperpentos humanos quienes se adhieren a un mundo subterráneo el cual generalmente guarda para ellos un destino cuando menos terrible.

Incluso aquellos que no son adeptos a algún tipo de erratismo malévololo rápidamente se transforman en evidentes receptáculos de pusilanimidad; misma situación que, en nuestra vena de lectores sádicos, nos invita a sentir legítimo placer cuando finalmente son arrojados a su atroz final.

Sin embargo, esta suerte de “marginalidad” dentro de la cultura más mainstream no significa que los textos de Barker no sean notable ejercicios de fantasía oscura los cuales han reformulado en buena medida los conceptos y estilos que actualmente perfilan nuestra percepción con respecto al género del horror. Misma situación que se ve rematada por una carrera bastante variada la cual incluye formatos que van de la dirección audiovisual hasta el diseño de videojuegos y figuras de acción.

Pues bien, recientemente Hulu tuvo a bien revisitar la carrera de este laureado artista mediante una nueva adaptación de Books of Blood, antología de relatos que podríamos definir como una de las cartas de presentación más emblemáticas de Barker.

Una postura lógica hubiera sido la de elegir cuatro o cinco de los relatos más destacables para producir una cinta de carácter antológico, sin embargo, es difícil no vislumbrar cierto halo de comodidad pasiva en dicha opción.

Consciente de este dilema, el director Brannon Braga opta por ofrecer un metarrelato el cual retoma el cuento inaugural titulado Los Muertos tienen Autopistas –por mucho, uno de los mejores ejercicios de especulación sobrenatural en Barker- para mezclarlo con una serie de visiones personales las cuales, lejos de dar como resultado una mera adaptación, codifican un apunte autorreflexivo que expande y homenajea la visión original del autor.

El resultado de estas mescolanzas es un producto el cual, a pesar de no estar exento de errores y desatinos, logra ofrecernos una experiencia singular que, por instantes, logra poner la carne de gallina.

Por supuesto muchos se quejarán de los excesivos “permisos” tomados por el director. Especialmente tomando en cuenta que el relato en el que se basa buena parte de la historia es una pieza maestra sin desperdicio la cual hubiera valido la pena adaptar al pie de la letra.

Misma situación a la que se suman una serie de exageraciones argumentales las cuales pueden llegar a antojarse sumamente tramposas.

Al mismo tiempo, vale la pena apuntar que MUCHOS de los personajes que aparecen a lo largo de la cinta se antojan como de caricatura; es decir, son seres un tanto acartonados y carentes de substancia que, por momentos, nos remiten a algunos clichés más elementales dentro del género del horror, aunque, siendo honestos, varios de los personajes del mundo literario de Barker resultan igual de estereotipados.

Fuera de estos desatinos podemos afirmar que la cinta opera de la misma forma en que lo hace el estilo narrativo fomentado por el escritor originario de Reino Unido.

La atmósfera siniestra, lóbrega y descorazonadora que es consustancial a Clive prevalece de forma vívida a lo largo de la historia para sumergir al espectador en un mundo que no sólo se antoja macabro, sino también abiertamente lastimero e insalvable.

A pesar de sus evidentes tropiezos, la cinta logra entretejer una retrato bastante contundente con respecto a esa unidad que define en gran medida a la existencia humana: el dolor; misma situación que la convierte en una buena opción para esas tardes otoñales en las que el horizonte se antoja poblado por presencias etéreas.