Hay discos que desde un primer momento quedan ligados a una canción y Gold Record  de Bill Callahan es de esos; basta mencionar que comienza diciendo: “I’m Johnny Cash” y de entrada se muestra como una especie de carta para recorrer de madrugada carreteras nocturnas, pero más adelante cambia de protagonista. La misiva de la que hablamos lleva por título “Pigeons” y es una pieza de folk rock casi desnuda que es cantada por un hombre de voz profunda y serena.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Bill Callahan sabe que tiene detrás una larga e ilustre carrera en el mundo independiente (de más de 30 años) y que puede recurrir a esas maniobras extremas, como iniciar con “El hombre de negro” extendiendo un saludo y cerrar con una estrofa absolutamente llena de poesía contundente y de la mejor cepa: 

“When two atoms from the Big Bang

Get back together with the old gang

I drop them at a fancy dancy boutique hotel

And I drive off alone, but I’m not alone

Sincerely, L. Cohen”

¡Vaya capacidad narrativa! ¡Larga experiencia en el longevo arte de la canción! Y Bill dando cátedra a su manera y cada que le da la gana (nunca se sabe cuándo editará otro disco). A sus 54 años parece estar de vuelta de todo en el mundo de la música y calcular a su gusto cualquiera de sus movimientos. Detrás suyo tiene una larga historia firmando con Smog y ya alcanza siete álbumes bajo su nombre de pila. De lo que también deja constancia el nacido en Maryland es de lo mucho que le ha influido el trasladarse a residir en Austin, conducir esas largas planicies texanas y de lo mucho que le importa la vida en familia. Es lo que tiene más a la mano y con ello trabaja -por ahora-.

Y aunque siempre ha grabado con la cantidad justa de acompañamiento, de Gold Record (Drag city) se debe destacar su austera belleza -casi lacónica- y el predominio acústico; “Protest song” no deja lugar a duda alguna. Bill y una guitarra son suficientes para conducir 10 canciones que huelen a desierto, a los cactus de la portada y a bastante asfalto quemado durante las travesías para componerlo y luego para experimentarlo tocando.

En “Pigeons” detectamos una trompeta susurrante, mientras que en “Cowboy” cabalga por ahí un teclado, pero en cuanto a instrumentación no hay demasiado, como tampoco de trabajo de estudio. Esta entrega es muy directa y llana -como la superficie del estado de la estrella solitaria-, pero su sapiencia y humildad nos descojona cuando le dedica una canción al inmenso Ry Cooder, que lleva el mismo nombre del genial compositor y guitarrista. 

Callahan no tiene nada que ocultar y prácticamente nos ha entregado una bitácora de su vida reciente; es por ello que aparecen “Let’s Move To The Country” y la más que explicita “Breakfast”, que detalla tanto el menú como la experiencia de degustar los primeros alimentos al lado de su esposa. ¡Con cualquier cosa logra una canción interesante! Porque una cosa muy distinta es “35”, que da cuenta de la manera en que su relación con los libros y la lectura va variando con el paso del tiempo.

Estamos delante de un hombre que hace gala de lo que representa el concepto de singer-songwriter, que ha establecido sus propias reglas y que en “Another Song” deja muy en claro la razón para subirse a un escenario y ofrecer -con las entrañas por delante- sus composiciones: “We’ll start working for love, not pay”.

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