#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Porque de ellos es culpa de que llegue a nosotros. Existen muchas formas de hurtarla.

Llevándote un disco ajeno de una fiesta. Adoptándolo como quien le brinda cobijo a un perro callejero que algún descerebrado casi molió a patadas. Dándole de comer un par de oídos nuevos. Llenándolo de recuerdos y nuevos significados. Confieso que en mi adolescencia hurté varios. A veces los hice pasar por préstamos, pero esos discos nunca volvieron con sus dueños. Tampoco me los reclamaron. Por eso sé que hice bien en traerlos.

Haciendo tuya una canción que no lo era. Como cuando la escuchas por casualidad. Caminas ensimismadx en tus pensamientos, escuchando las voces dentro de tu cabeza, peleando batallas contra tus demonios, cuando de repente la oyes. Es La Canción. Y desde entonces no consigues desprenderte de ella. La shazameas. O le preguntas al falso DJ. Te la robas. No es necesario que te lo lleves. De todos modos la música no habita en los discos, sino en los oídos de la otredad. Cualquiera lo sabe. Y a partir de ese instante, puedes hablarle a todos de ella.

Colocando una trampa para ratas. Sabes que a alguien podría gustarle una canción. Pero no la conoce. Entonces la dejas cerca de él o de ella, donde pueda escucharla. En el sitio justo desde el cual la canción pueda extender sus garras, propagar su hechizo y entonces, cuando la víctima no pueda hacer nada, saltarle encima y volverse parte de su historia personal para siempre. Porque además sabes que él o ella es un ladrón profesional de canciones.

Trayéndote pegado un cover. Falso que un cover se vuelve mejor que la original. Lo que pasa es que cuando una versión está muy bien hecha, cuando el covereador se apropia de la esencia, la tritura y la procesa pasándola por el filtro de su propia inspiración, entonces el cover se transmuta en una canción independiente, aparte. Que camina con sus propios pies. Y es el momento de llevársela para siempre.

Cosiéndole unas alas y echándola a volar. Igual que una paloma mensajera, una cometa a la que se le corta el hilo que la mantiene atada o un mensaje que se coloca dentro de una botella, a una canción –sobre todo quien la compuso –se le puede soltar en Internet para que busque su propio camino. Que habite en Soundcloud o en YouTube. Hasta que un ladrón se la apropie, le ponga casa y carro y diga que se la encontró en el ciberespacio pero siempre estuvieron esperándose el uno al otro. Y bendiga al compositor que la dejó en libertad porque no haber dejado que se pudiera en una jaula.

También están los piratas. Pero los que lucran con la música de otros. Esos sí pueden servir de tentempié para el diablo y no volver nunca.

Fotografía de portada tomada en un concierto de Portugal The Man, por Soraya Villanueva