#ENMISTIEMPOS

por Arturo J. Flores

Escribió Octavio Paz: “si dos se besan, el mundo cambia”. Le faltó decir que un beso también te permite viajar en el tiempo.

Si el doctor Emmett Brown sostenía que para realizar un salto del presente al pasado, y de ahí al futuro, hacía falta que 1.21 jigowatts de energía golpearan directamente al condensador de flujos instalado en un DeLorean, al desquiciado científico se le pasó explicar que esa misma reacción se conseguía colocando una boca encima de otra. Hurgando con la lengua en su interior.

¿Has besado a tu ex?

Por 10, 20, 30 o quizá sólo 5 segundos, te transportas al pretérito que creías superado y, en algunos casos, sepultado. Pero apenas abres los ojos y cierras los labios, te das cuenta que has regresado al presente… con las heridas abiertas y sangrantes.

En un episodio de los especiales de terror de los Simpson, Homero viaja al pasado con ayuda de una tostadora. Aunque le aconsejaron que no tocara nada, él mata de un manotazo a un mosquito prehistórico, lo que desencadena una consecuencia desastrosa en el futuro. Flanders se ha convertido en un dictador.

El Efecto Mariposa, que le dicen.

Así tú, así yo, cuando creíamos superado un viejo amor o un crush atorado entre el pecho y la espalda.

¿Qué tanto puede pasar si nos damos un último beso?

¿Si coshamos como si el tiempo se detuviera?

Mentira que lo que no fue en tu año no te hace daño, porque en el fondo todos fueron, son y serán tus años. Tampoco te tragues aquello de que “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”. Porque así suceda en Los Dinamos, en el fondo te pasa a ti y se queda contigo.

En ese sentido, ten cuidado con los besos. Acércate a ellos como a rosas llenas de espinas. Tenía razón Paz. Basta un rozón de labios para que el mundo se sacuda, se transforme, se convierta en el oscuro hocico abierto de un lobo ansioso por tragarte.

Y la música, tristemente va de la mano. Acompaña nuestros viajes en el tiempo.

Llamémosla Sirena, aunque no tenía cola de pescado. Pero le fascinaba el mar. Lo extrañaba, se diría. Igual que si un tritón la estuviera esperando detrás de la marea para proponerle matrimonio. Una vez, mientras compartíamos un churro, me dijo que ella imaginaba que las olas eran lo único que mantenía a raya a la humanidad. Si no fuera por ellas ya nos habríamos metido de cabeza en el océano para destruirlo. Porque así de idiotas somos los seres humanos.

Después nos besamos y viajé asido a su cuerpo a mis propios 20.

Un amigo que se enfermó de lo mismo, me advirtió que no me enamorara de una mujer tan joven. Porque me dedicaría canciones horribles. Unas que me recordarían que el cabello había comenzado a caérseme y la barba a pintarse de canas. Canciones presentes que para mí no significarían nada. El soundtrack que a Lolita disfruta bailar, representa –me dijo– el martirio de Humbert.

Lo que no me advirtió es que muchas de esas me gustarían, que encontraría maravillosa esa expedición a un presente de Leoneslarreguis, Camiloséptimos, Elsaylosmares y Álvarosdíaz. Porque viajaría cobijado por la tibieza existente entre un paladar y una lengua.

Tampoco me dijo ese sobreviviente de los viajes en el tiempo que a Sirena también le agradaría transformase en un relámpago disparado al pretérito de la mano de mis canciones. “Me gusta que me pongas las de tu época”, me susurró una vez, suplicante. “Es como mirarte por dentro, cuando eras más joven”.

Como dice Jarvis Cocker, aquella precoz paleontóloga se llenaba los oídos con tracks de Caifanes, La Barranca y Fito.

Lo peor es que no hice caso al consejo que le dieron a Homero. Viajé en el tiempo y toqué. Tal vez más de lo conveniente. Porque regresé al ¿presente? ¿pasado? ¿futuro? Profundamente tocado. Adicto a esa fragancia de Sirena, la que un día regresó al fondo del océano.

Pero me dejó un titipuchal de malditas canciones nuevas en mi reproductor.

Cuidado: si alguna vez viajas en el tiempo dentro de la cápsula estelar de un beso… deja las canciones afuera.