TxT: Toño Quintanar

La reciente muerte de Bernardo Bertolucci ha reabierto el debate acerca de sus metodologías fílmicas; mismas que, para muchos, eran abiertamente misóginas.

El mundo del Séptimo Arte se encuentra repleto de casos que, bajo una perspectiva analítica, resultan innegablemente misóginos.

Emblemáticos son los casos de legendarios directores como Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick o Lars von Trier. Todos ellos creadores reconocidos por llevar a sus actrices a sufrir situaciones plenamente abusivas.

Sin embargo; los antecedentes de estos realizadores palidecen ante los métodos de Bernardo Bertolucci, director quien recientemente, partió de este mundo.

La carrera de este director fue sumamente prolífica; sin embargo, no cabe duda de que su pieza más recordada es El último Tango en París (1972), cinta estelarizada por Marlon Brando y Maria Schneider.

Además de causar revuelo debido a su escandaloso contenido, esta cinta también es recordada como un auténtico epitome de crueldad y dominación.

Célebres son las declaraciones hechas por Schneider que aseveran que la controversial escena de violación que ocurre en la cinta fue real; ya que ella no estaba enterada de que se llevaría a cabo.

Por supuesto, Bertolucci se apresuró a negar estas acusaciones; sin embargo, aún hay varios especialistas quienes aseguran que Brando y el director no dudaron en abusar de la actriz con el fin de obtener su reacción más “convincente”.

Lo cierto es que, después del rodaje, Schneider se sumió en una espiral de depresión sumamente intensa que desembocó en su recaída en las drogas.

Bertolucci fue un gran director y eso nadie puede negarlo; sin embargo, este atributo no es pretexto para perder de vista los actos atroces que fue capaz de cometer en “nombre del arte”. Misma situación que deja en claro que el talento no necesariamente es sinónimo de calidad moral.

¿Debemos de condenar por completo el legado de Bertolucci debido a sus métodos deleznables? La respuesta es: por supuesto que no; sin embargo, es preciso tomar distancia crítica con el fin de no perder de vista los atropellos que su visión fue capaz de conjurar.

Imagen de portada: Time.