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Belle and Sebastian en el corazón de la CDMX

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Belle and Sebastian en el corazón de la CDMX

La agrupación de Glasgow regresó a la Ciudad de México para celebrar tres décadas de trayectoria; Marvin estuvo presente en el Metropólitan para atestiguar la vigencia de sus himnos invisibles

Por: Carlos Priego

Hubo un momento la noche del pasado miércoles 13 de mayo, casi al principio de la efervescente presentación de Belle and Sebastian en el Metropólitan, en el que pareció posible ver, a través de sus muchas capas, la médula espinal de su discografía.

Fue entonces cuando el público —que en su mayoría se había contenido durante las dos primeras canciones del repertorio— ya no pudo seguir de brazos cruzados, como si estuviera en una iglesia. Hasta ese punto, el show había sido delicado y melancólico (y, por momentos, lo siguió siendo). Pero de pronto, incluso los reductos más sobrios del Teatro Metropólitan, aquellos que parecían aferrarse a lo agridulce de letras como “The stars of track and field” o “Seeing other people”, terminaron por ceder y empezaron a dar palmas al ritmo de la armónica rasposa de “Me and the major”. Esta pieza es fundamental para la banda, pues establece su arquetipo narrativo: la observación detallada de personajes incomprendidos, envuelta en un pop de cámara melancólico pero brillante.

Stuart Murdoch se bajó del piano. Stevie Jackson dejó a un lado la guitarra, tomó la armónica, bebió agua y, con un pequeño y afilado destello de sonrisa, dijo para sus adentros: “Yo me encargo de esto”.

¡Vaya si se encargó! Pero no se confundan: más allá del Belle and Sebastian 30th Anniversary Tour 2026 —que tuvo dos fechas programadas en la Ciudad de México—, la banda es en esencia una agrupación coral donde la visión de Stuart Murdoch sirve como brújula, pero el sonido final es el resultado de una democracia de talentos. Las presentaciones de los de Glasgow son un organismo vivo gracias a la versatilidad de músicos como Sarah Martin o Bob Kildea. No son el típico rugido de estadio diseñado para el consumo masivo, ni un alboroto de taberna. Mucho menos intentan ser un musical de libreto de los que te fuerzan a sentirte bien, ni una gramola impecable y blanqueada al estilo de Jersey Boys. Lo que sucede aquí es algo más extraño y honesto: una celebración de la fragilidad que se siente tan viva como imperfecta.

Más bien, el Belle and Sebastian 30th Anniversary Tour 2026 se plantea como un doloroso, aunque emocionante, balance a los treinta años de trayectoria: una declaración mayor sobre la obra de una vida, pero también una revisión profunda de la misma. Como propuesta musical, tiene más en común con el expansivo Dear Catastrophe Waitress (2003) que con un concierto de grandes éxitos de alguien como Rod Stewart o Billy Joel, donde el repertorio se siente como una pieza de museo inamovible en lugar de un organismo vivo.

Podríamos llamarlo un concierto de “himnos de la invisibilidad”: esas canciones que no fueron escritas para sonar en estadios, sino para acompañar a quien se siente fuera de lugar, y que, sin embargo, la anoche pasada hicieron retumbar las paredes del Metropólitan. Es por eso que la versión de Judy and the “Dream of horses” admitió palmas: interpretada a un tiempo más lento de lo habitual y acompañada por Murdoch con una máscara de caballo, la pieza ya no es una simple postal de realismo social y melancolía juvenil, sino un testamento de resistencia cultural. En un mundo hiperconectado y digitalizado al extremo, la imagen de Judy leyendo bajo las sábanas con una linterna ha dejado de ser una anécdota adolescente para convertirse en un acto de resistencia analógica. Hoy, esa imagen significa defender el espacio privado de la mente frente al bombardeo exterior.

Esta nostalgia no es gratuita: desde antes de que sonara la primera nota e incluso durante el show, las pantallas del Metropólitan proyectaron un montaje de archivo que funciona como el diario privado de la banda. Son ráfagas de su propia juventud; fotografías, vinilos y grabaciones caseras que datan de 1995 y 1996, capturando el momento exacto en que gestaron Tigermilk e If You’re Feeling Sinister. Ver esas imágenes mientras los mismos protagonistas ejecutan sus canciones treinta años después, dota a la presentación de una capa de honestidad brutal: hoy, defender el espacio privado de la mente significa también honrar el origen.

Tampoco “Get me away from here, I’m dying”es el emblema definitivo del indie-pop que desafió a la radio comercial en su momento, cuando el Britpop vivía su máxima efervescencia y bandas como Oasis, Blur y Pulp dominaban las listas. Con estribillos de ritmo ágil pero contenido y versos melancólicos, la canción nació de una “amargura” juvenil, según confesó Stuart Murdoch en el teatro capitalino. Tres décadas después de dudar si llegarían a algún lugar, Murdoch sentenció frente a los miles de asistentes capitalinos: “¿Saben qué? ¡Ganamos!”, transformando aquel ruego de escape en una declaración final de lealtad.

Esto no será novedad para los fans que siguieron de cerca las tres décadas transcurridas desde la aparición de Tigermilk e If you’re feeling sinister, ni para quienes presenciaron su impacto global cuando su música en la película Alta fidelidad desató aquel apogeo de camisetas. Tampoco lo será para quien haya leído el inmersivo If You’re Feeling Sinister de Scott Plagenhoef, el texto de referencia para sus seguidores más devotos. Belle and Sebastian no solo compone canciones; esculpió el canon estético del indie. Más que una banda, funcionan como arquitectos de una sensibilidad que entiende la música como un sistema de referencias compartidas, y de un ideal de artista que “choca con los tiempos” para transformarlos. El 30th Anniversary Tour 2026 destila ese mismo sueño sobrecogedor; sus intervenciones habladas, que ocuparon una buena parte de las casi dos horas de espectáculo, son la prueba definitiva de ello.

La música apenas se detuvo, incluso en las pausas. Mientras Murdoch compartía historias sobre su antigua novia o bromeaba con una final del mundo entre México y Escocia, punteaba su guitarra e improvisaba versos que incluían al público local en la narrativa. Allí estaba de nuevo: esa figura de optimista invencible —un tipo que baila con la ligereza de quien ha convertido sus antiguas penas en una celebración—, capaz de pausar el show para recordar con ironía sus años de anonimato frente al fenómeno de masas que fue Pulp:

—Comenzó en un supermercado… pero él tiene estilo, mucho estilo —soltó Murdoch entre risas, mientras el público celebraba la referencia a “Common people”—. Mi novia amaba a Jarvis Cocker más que a mí, ¿saben? Ella vio la portada de una revista, fue a un concierto y dijo: “¡Ay, es encantador!”. Simplemente no pude competir con eso; me cambió por Jarvis Cocker.

Murdoch se refería, con esa honestidad brutal que lo caracteriza, a Joanne Kenney —la misma que aparece en la icónica portada de Tigermilk amamantando a un tigre bebé de peluche—. Es el cierre de un círculo perfecto: el autor que alguna vez perdió ante el brillo del mainstream estaba ahí, décadas después, reclamando su propia victoria ante un teatro lleno.

Esa confesión cargada de humor escocés llegó luego de que el cantante y su nutrido ensamble sostuvieran, durante casi dos horas, los acompañamientos hipnóticos necesarios para crear esa atmósfera de “fiesta de salón” que termina por desbordarse. Canciones como “I’m a cuckoo”, “Dear catastrophe waitress”, “The boy with the arab strap” o el gran cierre con “Sleep the clock around”, extraen su expresividad de (o a pesar de) una sensación compartida de confinamiento.

Ciertamente, la noche del pasado miércoles se trató de una historia muy pulida: el autorretrato de múltiples facetas. Existen varias de ellas a lo largo de los años: desde el ciclo de la introspección (de Tigermilk a The boy with the arab strap), pasando por el giro hacia el exterior con Dear catastrophe waitress, hasta la madurez bailable que se extiende desde The life pursuit hacia adelante. Cada una de estas etapas se ha desarrollado a través de canciones que, lejos de contradecirse, se complementaron sin anularse entre sí.

Staff

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