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Belafonte Sensacional en Monterrey: Blandito, vuelto aceite en plena canícula

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Belafonte Sensacional en Monterrey: Blandito, vuelto aceite en plena canícula

No sé en qué día vivo. ¿Hoy pasó el camión de la basura? ¿Será miércoles? Recibo un mensaje: ¿a qué hora mañana? Cierto, debo salir a enfrentarme con la canícula. Entonces estamos en julio, y me descalzo porque dicen que tocar el piso te devuelve un poco más a ti, sobre todo cuando tienes un montón de cosas rondando la cabeza. A saber si es cierto, pero lo agradezco y me muevo de un lado a otro oyendo a Pavement, con mi cabeza distorsionada, como las guitarras de “Summer babe“.  

TXT::Sara Chávez

Es que la música es lo único que me mantiene un poco menos al borde, respondo por Whatsapp. Me siento intranquila, mejor bailo mientras Ramón me ve desde el sillón, con esa mirada apacible. Me gusta llenarlo de besos, lo hago. Mientras, los focos parpadean y se va la luz. Me obligo a tomar de la mesa el abanico de papel que suelo tener cerca en esta temporada. Lo llevo siempre en el carro porque, otra vez, no me sirve el clima.  

Salir en el coche es una tortura cada vez que el semáforo se pone en rojo. No circula el aire por las ventanas y encima debo escuchar la rola de Kenia Os que lleva el auto de al lado. Me abanico unas veinte veces por minuto, un sorbo de agua y sigo al volante. Esta vez creo que es… ¿sábado? Me dirijo al centro de la ciudad por la música. Necesito encontrarme con ella, me hace falta; es medicina para mi hipocondríaco cuerpo.  

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Me encuentro con una chica aburrida en su celular esperando a que su novio termine de hacer algunos trucos en su tabla de skate y también una fila larguísima afuera de Patio Barrio. Me sorprende porque pienso que todos están ahí por Belafonte Sensacional, pero la mitad espera para entrar a otra cosa, un Kitty Perreo Intenso cuyo anuncio advierte que regalan Kittychelas (buena publicidad).  

Llevo una temporada sin pisar Patio Barrio. Era el punto en el Barrio Antiguo para el precopeo o el poscopeo de aquellos sábados de gloria en que la cruda no pegaba tan fuerte. Recorro un pasillo hasta hallarme con Aves de Mar y su set eléctrico-acústico. Son canciones que suenan a lo que huele la tierra mojada, dice su perfil en Spotify. Los efectos vocales de Alfredo Robinson resuenan en mi cabeza distorsionada.

Jehú Jehú sigue para recordarnos que ya no tenemos dieciocho con “Ya estás grande”. ¿Será que alguna vez aceptaremos que no siempre las cosas son como creemos? Quién sabe tú. En eso pienso cuando “Santa Catarina me gustas, pero me agüitas un buen” suena en la tarima como un guiño profundo a esta ciudad. Encontrarse con la música cuando uno no sabe ni cuál noche de que día se vive funciona como un pedacito de algo.

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Luego, “Noches de suicidas” está ya en la voz de Belafonte Sensacional. Israel Ramirez solito, abrazado a su guitarra eléctrica, onda Bob Dylan en Newport. Like a rolling stone, chingá. Pero aquí no nos escandalizamos. Nel. Lejos estamos de eso. Engullimos felices sus canciones, bebiendo cheve directo de la botella, sin Kittychelas. Llamas, Llamas, Llamas recio arden desde el micrófono. Hace calor y me acomodo al lado de uno de los aires acondicionados pegados a las paredes.  

También lejos estamos de llorar con “No llores, Cumbias“; bailamos, oscilamos unos bien pegados a los otros aunque la canícula nos derrita y nos volvamos aceite, como ese que se mezcla con colores al fondo, en los visuales de la pantalla. Somos almas devotas a este destroy eléctrico y solitario. “Valedor” hace lo suyo entonces, y nosotros rezamos junto a Belafonte siguiendo sus rimas como blues de nostalgia subterránea. Así  mero.

Luego nos encontramos con un pedacito de la capital del país aquí, en el norte, con “Todavía DF“. Que absurdos tiempos traen los días. No sé en qué día vivo e, insisto, mi cabeza suena a distorsión. Bailo tantito como si estuviera descalza, veo por la rendija del techo laminado que sigue siendo de noche, ubicándome en el espacio-tiempo cuando “Fuera del amorse convierte en abrazo cálido. Chido, valedor, por venir a cantarnos con pasión en la oscuridad de esta bodega; porque aydiós, cuánta verdad hay en eso de que aprender duele duro en la piel.

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Jovita verano” y “Las distancias han de apretar alguno que otro corazón, y con “Lo hice por el punknace una mentada de madre chiflada y gritada a la autoridad, con Isra tocando las cuerdas como solo él sabe. Qué bien se siente estar vivo —aunque de pronto uno crea que está perdido— en un lugar como este, con gente atenta a las canciones. Mimetizarse a oscuras con sudor en la frente. Sin ese desmadre que suele haber en los destroys. Poniéndonos blanditos.  

Salgo de Patio Barrio y recuerdo mis noches de risas, amigos, cerveza tibia y calor. Subo al coche y recorro la ciudad de madrugada. Ya no cuesta tanto esperar en el semáforo: sin un sol abrasador, la cabeza se siente menos distorsionada. Estoy convencida de que la música logra eso: hacernos sentir mejor. Poco a poco habré de saber en qué día vivo y encontraré el camino de vuelta, “Como Kerouac on the road“.

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Staff

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So Long, and Thanks for All the Fish.

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