Axel Flores viajó desde Aragón, Ciudad de México, hasta la Sala Urbana, en Naucalpan, Edo. De México, para ver a su banda favorita de la escena local, Grito Exclamación. Como entusiasta de la música emergente, llegó alrededor de las 11:40 AM para ver a la primera de los 28 actos que se presentarían en ese mismo lugar, ese mismo día, en un mismo escenario dividido en dos. El ruido inmersivo de los sueños. Cuando la banda comenzó a tocar, Axel se acostó encima de los brazos de los primeros enérgicos asistentes mientras gritaba apasionadamente lo que significaba para él estar ahí, al medio día, en el Primer Gran Festival de Bandemia: “¡a huevo!”.
TXT:: Antonio Moreno
Como él, muchos otros jóvenes no mayores de 20 años de edad comenzaron a llegar a este lugar oscurecido por una carpa que apenas dejaba ver las horas del sol. Llegaron con el cuerpo dispuesto a aguantar las más de 12 horas que duraría el festival, sin saber de qué manera soportarían tanto tiempo con un aire entrecortado, restricciones a zonas exclusivas, precios altos y una fila aletargada para poder comprar una sopa instantánea u otro snack. La Sala Urbana: un ambiente similar al de la asfixia.

Un gran momento lejos de la libertad inventada
Pájaros Vampiro entonó un cover de Caifanes que culminó en un ruidoso pop, invitando a brincar al público que todavía no quería hacerlo. Del lado izquierdo, Risin’ Sun ya preparaba el último ajuste a sus instrumentos para tocar a las 14 horas en punto. El tiempo avanzaba agresivo sin espacio para el descanso visual, sonoro o físico. Las bandas tocaron a medias durante exactamente 30 minutos ocupando su mitad del escenario. Después de una banda seguía otra de inmediato… al menos ese era el plan organizado por Luis Tejeda, principal responsable de Bandemia, quien con poco más de 20 años de vida ha tejido una red de conciertos en la república dedicada a la difusión de bandas emergentes entre las que destacan Mengers, Grito Exclamación, Unperro Andaluz, Sgt. Papers, Mint Field, Macario Martínez, El Shirota y Valgur por mencionar algunas.
Tejeda, acompañado de Axel Novoa (Estoy Harto de Todo el Mundo), serían los principales encargados del show de ese día, el cual nació como alternativa a eventos realizados por OCESA y otros monstruos del entretenimiento. Sin embargo las zonas VIP –áreas con mayor ventilación y lugares de descanso– eran para los que tenían pulsera dorada. Los meseros con chaleco negro y camisa blanca atendían a los adolescentes con ropas negras y playeras sudadas, mayordomos al servicio de quienes no quieren guardar más la compostura de una libertad inventada. El recinto, con sus detalles cálidos y barras de piedra lisa, albergaba un público deseoso de sentirse seguro, de escuchar buena música y tener un gran momento entre amistades.

“Con ustedes, la mejor banda del país”, dijo el vocalista de Risin’ Sun al presentar a Sgt. Papers, quienes arrancaron con un potente riff escoltado por un estridente bombo; los hermanos García tenían media hora para soltar lo mejor de su repertorio. El público ya no cabía en la primera zona para ver a las bandas, las vallas se debilitaban y con ello comenzó la primera hostilidad por parte de los que portaban chaqueta fluorescente. El slam subía de intensidad al ritmo que chicas y chicos navegaban entre brazos. El calor goteaba de los cuerpos, la sed crecía y ya no se extrañaba el color del cielo. Los asistentes olvidaron lo que pasaba afuera, querían ver desfilar a todas las bandas anunciadas.
Así continuó Niño Viejo, quien invitó a cantar a Ed Maverick para después bajar del escenario e integrarse al público general. Los problemas de audio comenzaron durante el set de la banda de Mexicali, el lado izquierdo del escenario no se escuchaba bien. Mientras, las filas desesperaban el hambre y las paredes luchaban por sostener el cansancio de una espalda más. Para Angélica Victoria, de Niña Diablo, esto parecía raro, no lo entendía bien, pero consideró que se trataba de “un festival necesario en la escena nacional, algo que debe existir”. Por su parte, Ale Guerrero, de Belafonte Sensacional, criticó entre la multitud las acciones de Bandemia: “Son las mismas que las de las grandes productoras, no hay diferencia con el staff ni con el cuidado del público. Si quieren ser un festival alternativo no deberían sostener las formas que el capitalismo ha mantenido en eventos de este tipo”.

Del panorama oscuro a la energía fluida
Por ahí andaba Axel Novoa, caminando nervioso, con un torbellino en la cabeza, su andar invisible llegaba a un punto, al backstage y de regreso, algo quería solucionar, o al menos comunicar de una situación cuidadosa. No saludaba ni se detenía a mirar al público, su mirada se enfocaba en sus pasos. Así, Saturnino comenzó su set con una base de krautrock y una voz parecida a la de Saúl Hernández. ¿Bandemia sería el lugar ideal para definir la nueva música de este país, una luz alejada de cánones, fórmulas y géneros? Entonces arribó una iluminación sonora como la de Mabe Fratti, quien comenzó a golpear las cuerdas de su cello para dirigir su poderosa orquesta de cuatro integrantes.
De esta increíble agrupación (una guitarra que evoca un látigo cósmico, una trompeta con sonido de las cavernas, una batería precisamente caótica y la voz dulcemente estruendosa de la cellista) salían destellos de un lenguaje musical que no se habló en el pasado. Nueva música que inducía a estados emocionales parecidos a la nostalgia por el futuro, pues las letras de Mabe evocaban ese extrañar novedoso. En Bandemia, su música fue una bola de cristal por donde el devenir se asomó a través de notas, ritmos y silencios. Dejar claro que la música nueva (e interesante) puede existir: esa fue la tarea de la siguiente banda: Ven y Mira. Así los músicos de la periferia irrumpieron, con guitarras disonantes que armonizaron los gritos de quien cantaba.

El público giró en una danza de golpes para sentir la intensa música, volvió a poner a Axel Flores arriba sobre brazos; fue la apoteosis de “la escena”, todo lo que se esperaba que daría el Bandemia. Ven y Mira. Las imágenes que surgen de las bandas al público operaban como retrospectiva (y retruécano) para una nueva generación. Al momento, Delirio se anunciaba listo para entrar en acción, pero una falla eléctrica nos dejó en oscuridad unos minutos durante el primer retraso en un set. Al fin un momento de descanso para los asistentes. El panorama oscurecía, pero la energía del público continuaba fluyendo. Quienes estaban hasta adelante fueron al baño, por algo para tomar o simplemente buscaron otro aire qué respirar, dejando su lugar a nuevos cuerpos habitando el apretado espacio.

Más volumen a todo
Algunos cantaron las mañanitas a los hermanos Mengers, a quienes les desearon feliz cumpleaños en pantalla, tal vez refiriéndose a los hermanos Calderón. Los Mengers hicieron lo suyo, tan único como el baile involuntario de una descarga eléctrica. Pero su voz resultó inaudible hasta que con el dedo índice pidieron que subieran el volumen. Para cuando Sonic Emerson tocó, el público ya era quien pedía más volumen a todo: de la batería sólo sonaba la tarola, de la voz el susurro, de las guitarras los pedales; de Axel Novoa sólo se veía la silueta… “una falta de respeto para los músicos”, consideró en su momento Angélica.
En el público despertó la irritabilidad al momento que Jaxho subió al escenario, pero no por la culpa de éste. A pesar de que el sonido era mucho mejor, entre las personas existía la pesadez de la sobreestimulación y el aburrimiento de la forma. Había que esperar casi dos horas para comprar unas palomitas, sin respirar aire fresco. Los aplausos para Jaxho sonaron cansados. A la hora de Jaz, la Sala Urbana estaba casi llena. De hecho, los guardias de seguridad dejaban pasar a las zonas VIP a todas las personas, notaron que faltaba espacio para respirar, estirarse o por lo menos alejarse de la pantalla, del sonido, de las luces. Era antihumano ese estímulo constante de una banda tras otra.

El humo de la mariguana se elevaba en distintos puntos del foro, los cigarros se prendían con encendedores ajenos y se apilaban más de tres vasos de cerveza en diversas manos. Quienes vinieron al Bandemia tomaron entonces el control, tal como querían que fuera. ¡Corran, suban por aquí!, gritaron algunos desde la escalera de los baños a los que se atrevieron a dar portazo por la salida de emergencia que estaba a un lado de la taquilla. Pues sí wey, hay un chingo de banda esperando entrar desde hace dos horas, decía una persona en el vestíbulo. Mientras, quienes dieron el portazo ya se escabullían entre el público.
Macario Martínez subió al escenario para dar uno de los shows más esperados en Bandemia. Lo hizo con una chaqueta que brillaba ante un público feliz, que aplaudía energizando la sala. Todos querían oír su más famosa canción, por lo que al final de cada tema aplaudían y gritaban hasta saturar con eco las paredes… Pero algo estaba mal. Parecía ser grave. Chicas y chicos caminaban hacia el escenario con el cuello de la playera cubriendo su nariz. Algunos otros tosían. Se escuchan murmullos de reproches. A Macario se le fue la luz.

Gaseando a la banda
¡Están echando gas lacrimógeno!, decían las personas que iban del vestíbulo al escenario, con los ojos irritados y la garganta seca. En la entrada principal, algunos jóvenes se insultaban con el equipo de seguridad de la Sala Urbana, otros más coreaban ¡culero, culero, culero! Parecía que la entrada había sido absorbida por una nube, los polvos de los extintores con los que amedrentaron a las personas afuera también afectaban a quienes estaban dentro. Pues wey, yo salí a ver qué pedo. Salí por una amiga que me estaba esperando para que la pasara y entonces vi que la cortina estaba cerrada y ya habían puesto vallas. Fue cuando la banda empezó a mover las vallas que se armó el desmadre, contaba Rafael Romay, de Grito Exclamación, una vez que le permitieron acceder al backstage.
La cara pálida de Rafa caminaba furiosa y triste por el pasillo donde los integrantes de Belafonte Sensacional pasaban cargando sus instrumentos, diciendo que no iban a tocar si “están gaseando a la banda”. Los músicos cruzaban rápido y salían con sus guitarras, pedales y otros enseres. Wey, sólo me quiero ir ya, decía Estrella del Sol, de Mint Field, quien tocó apenas unas canciones cuando el público tuvo que avisarle (a gritos) lo que estaba sucediendo afuera y por lo cual decidió terminar el set e irse.

“Por contrato, la capacidad del recinto era de 2500 [personas]. Nunca hubo sobreventa; sin embargo, al momento en que ingresaron aproximadamente 1,700 personas, el venue decidió cerrar puertas sin consultarnos y sin previo aviso”, se leería en un comunicado emitido por Bandemia después. Sala Urbana tomó sus propias decisiones: golpear al público, no dejar salir a quienes deseaban irse en medio del pánico, no permitir entrar a nadie y censurar a quienes documentaban con videos lo sucedido. Bandemia comenzó a desmarcarse de Sala Urbana en el escenario, afirmando que también condenaban los actos de violencia y que la seguridad no era parte de su equipo.
“¡El Shirota tampoco va a tocar!”, se escuchaba entre los músicos, amigos, personas relacionadas con la música, parejas de músicos y otros colados. “Pues valió verga, lo mejor es no tocar. No en estas condiciones”, contaba Marcos, baterista de Unperro Andaluz, después de pedirle un cigarro a este reportero. Al instante en el que las bandas cancelaban, un par de personas que no tenía nada que hacer ahí sostenía una conversación sobre su relación: un vínculo confuso que se le salió de las manos. El pasillo donde nos hallamos parecía una cama donde el caos hacía el amor. “Chale, yo sí quería ver a Juan Cirerol”, se escuchó por allá.


Cancelación, voluntad moral y ética
Arriba, en el escenario, luego de que el cantante de Leoguzpe fracasara en su intento por sobrellevar la situación, reapareció Axel Novoa. Confundido por no empatizar con el público, preguntó si éste quería que el festival siguiera o no. Lo sometió a una votación. ¿Qué quieren, alzar el puño? Ok… “Qué hijo de puta”, le responden. En ese momento Novoa no pensó en cómo el staff de Sala Urbana disparó gas de extintor a quemarropa, directamente a la cara de quienes pagaron su entrada al concierto, no imaginó las pistolas desenfundadas de la policía municipal que rodeó a los inconformes; sus intenciones de continuar con el festival se vieron acabadas cuando los asistentes tomaron la voluntad moral y ética de cancelar El Primer Gran Festival de Bandemia. Fue el público quien tuvo que detenerlo todo. “El evento queda cancelado, muchas gracias”, finalmente dijo Axel Novoa, dejando el micrófono para desaparecer.
“Perdón que no te salude, estoy muy sacado de onda con esto que pasó”, confesó Gerardo Ponce, de Diles que no me Maten, mientras avanzaba camino a recoger su instrumento. En el pasillo tras bambalinas había un ambiente de funeral, pero sabíamos que al muerto le gusta echar desmadre. Se fumaban cigarros, mariguana, se veía la keta y la coca en manos escondidas. Se preguntaba por el after. ¿Dónde está el faro illuminati?. Las risas se compartían entre grupos de amigos, el murmullo rellenaba el vacío que dejaba quien ya se fue. “Ya pedí el Uber, ¿quién viene con nosotras?”. Se alcanzaban a despedir unos; no volverían a verse otros.
La Sala Urbana quedó rodeada por patrullas de la Guardia Municipal de Naucalpan. El público esperaba en la calle y coordinaba su regreso a casa. Acordando la ida al after, algunos se volvían a preguntar si todos estaban a salvo. Para entonces, de la lluvia sólo quedaba el charco; de Bandemia, la incertidumbre. Una cita tan necesaria, donde las bandas emergentes pudieron mostrar su talento y arte a las nuevas generaciones, esta vez no pudo ser.

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