Entrevista por Juan Carlos Hidalgo

Esta novela corta inicia con un par de certeras definiciones de la palabra Balada; vamos, para que el lector sepa qué terrenos pisa. Pero pronto nos instalamos en la cantina El purgatorio, localizada en la parte no turística de Zihuatanejo; ahí se reúnen los viejos amigos y, por qué no, también los pescadores –esos hombres que vienen del mar y se marchan al amanecer–.

En un momento dado de la juerga el protagonista recibe algo inesperado: “Tomé el regalo y vi el título: Parábola de la desdicha. No recuerdo el autor. Pero esa noche, luego de tanto whisco; de asimilar una buena sorpresa; de observar a las garzas de pico morado; esa noche alguien robó mi libro. Al día siguiente, al despertar con una cruda diabólica, recordé el regalo extraviado. De puro coraje me puse a leer el diccionario. Pero antes, desperté a la mujer que había dormido conmigo y le di los buenos días debajo de las sábanas”.

Así es la vida en la Tierra Caliente… derecha, directa; no hacen falta los circunloquios. Por lo que suponemos que los anhelos y las iniciativas también son contundentes. Basta que un bebedor se proponga conquistar a una mujer o formar su propio grupo musical sin saber nada al respecto para que ponga manos a la obra.

Claro que el fracaso siempre está al acecho; por eso es que conversamos con Paul Medrano, la mente tras Balada de Testaferro (publicada en la serie Tinta Sonora de la Revista Marvin). De tal suerte que podremos saber si una pretensión desmedida puede lograrse en los bajos fondos guerrerenses mientras también nos enteramos que contienen las rocolas taberneras de por aquellos lares. Tenemos con nosotros al escritor de un libro del que se dice que puede ser usado como un manual del patetismo, un recetario de la desdicha o un singular mixtape poético. De todo eso y más conversamos con el también autor de Flor de Capomo.

En general, la balada es un género denostado por la crítica o los melómanos, más bien le dan el trato de una expresión musical que se considera de baja estofa o descaradamente comercial. ¿Por qué decidiste acercarte a ella? ¿Calculaste que podría despertar ámpula en mucha gente?

Para los nacidos en los 70, la balada ha estado presente desde el momento en que nacimos. Mi generación, una generación en su mayoría de clase baja, creció en un México cuya despensa musical estaba limitada a la radio, la televisión y un mercado de discos bastante parco. En los 80 y 90 había un género preponderante: la balada. Si se compraba un disco o si se buscaba la nueva producción de fulano o mengano, se buscaba “una buena balada”, la cual, generalmente era la que se usaba para enganchar y claro, también para el payoleo. Este bombardeo de melodías cursilísimas, por supuesto que marcó la vida de miles de niños y adolescentes. Aunque varios lo nieguen, la balada está en alguna parte de su subconciente. Hay que reconocer que unas son bastante ridículas, otras rayan en lo genial. El asunto es que un género muy socorrido y ha estado ahí, conmigo, desde niño.

Uno escribe de lo que sabe y yo me sé muchas, pero muchas baladas. Las coleccioné, primero en odiosos casettes, luego en sensibles cidís y finalmente, en formato digital. Lo curioso es que, en la medida en que crecí y conocí gente, gente incluso de otros estados (o de otros países), todos coincidíamos en algo: teníamos “nuestras” baladas (algo que los millenials no entenderán; ni modo). Canciones que, auspiciadas por el desamor, la nostalgia o el dolor, se convierten en una suerte de templos a los que uno asiste, ora borracho, ora triste o sencillamente porque nos amanece nublado. Con no pocos escritores hemos trazado un vínculo muy frágil entre la balada y la poesía: algunas (algunos, aclaro) de sus estrofas no tienen nada que envidiarle a la poesía. Sé que esto puede ser una blasfemia para los vates exquisitos, pero en los hechos, la balada remueve, conmociona o sacude tanto o más que un gran poema. Obvio, los canales son distintos. Quienes participan en este proceso son distintos. Más lo que provocan en el aparato emocional, es afín.

¿De qué manera influye en tu escritura la vida en Zihuatanejo? Por un lado es un sitio paradisiaco, pero también un lugar donde no existe una vida cultural en forma. Siempre te ha funcionado para tu obra no radicar en las grandes ciudades.

Parafraseando a Guillermo Saccomanno, vivir en Zihuatanejo me preserva de mí y de la histeria. Nunca me he preocupado (ni me preocupa) la carrera literaria (no vivo de la literatura, vivo para la literatura). En esta vaina, vemos a los grandes atletas, gente que con cada libro que publica avanza grandes distancias a paso largo y respiración firme. Generalmente llevan muchos reflectores (y grupis y críticos) consigo. Ellos marcan un sendero. Este sendero será caminado por cientos de tipos que quieren ser como los grandes atletas: usan los mismos shores, los mismos tenis y si se puede, hasta la misma banda en la cabeza. Sin embargo, corren a ritmo desesperado y pasos descompuestos con tal de parecerse a los grandes. Muy atrás, quedamos otro tipo de corredores. Gente que avanzamos a nuestro ritmo, sin ropa deportiva ni tenis, gente que nos salimos del sendero una y otra vez, porque no llevamos prisa. Nos detenemos a ver el paisaje, a platicar con amigos y a beber un rato. La vida es demasiado corta como para intentar caminar los pasos de Tolstoi. Mejor, andamos el camino a nuestro ritmo y de cuando en cuando, tiramos pal monte, a escribir.

Este desapego del mundo literario me ha permitido vivir donde yo quiero, sin el pendiente de perderme tal o cual charla. Sin la frustración de no estar en tal presentación. Me dan mucha güeva las ciudades, sus aglomeraciones y su modo de vida histérico. Zihuatanejo es un pueblito con mar y sin conciertos. Aquí está mi familia, mis libros, mis discos y con eso tengo bastante.

Esas cantinas tradicionales, sobre todo en un puerto, revisten un gran encanto. ¿Qué buscabas obtener de ellas para Balada de Testaferro?

Las cantinas y las baladas hacen la simbiosis perfecta. No entras a una cantina a escuchar hardcore. Podrás hacerlo con una o dos tandas de cerveza. Pero después de seis tragos, es inevitable no buscar baladas en la rocola. Para eso, toda cantina que se precie de serlo, cuenta con un gran bajage del género. Incluso en otros idiomas. Escribir sobre la balada sin una cantina, era una contradicción hasta cierto punto, ética. Ahora bien, así como la balada me ha acompañado desde niño, el alcohol también ha estado muy cerca. Mi padre era un gran bebedor, tengo varios parientes y amigos cercanos que son excelsos dipsómanos, incluso, yo he vivido etapas muy duras con la bebida. Actualmente vivo una grata etapa de sobriedad, por eso quise contar esta historia. Uno no escribe pensando en publicar, lo haces porque tienes la necesidad de sacar algo dentro de ti. Escribí esta novela hace dos años. Estuvo a punto de ganar dos concursos y me resigné a que se iba a quedar inédita. Finalmente surge la opción de que vea la luz. Un amigo dijo que era justicia. Yo digo que solo es paciencia. Insisto, no hay ninguna pinchi prisa.

Fuiste recopilando libros de poemas de varios autores y tomaste algunos de ellos para convertirlos en las letras de Los Testaferros. ¿Cómo fue este proceso? ¿Fue fácil la transformación?

En el sur abundan los poetas. Crecí con varios de ellos. Creí que había llegado el momento de homenajear poemas que de algún modo han marcado mi vida, como algunas baladas. Y como dije, hay una delgada línea entre el poema y la balada, noté que existen versos que podrían ser parte o la letra completa de una de ellas. Así empezaron a surgir los temas para el grupo imaginario que protagoniza esta novelita. Todos los fragmentos incluidos son parte de poemarios reales, que están publicados. Hice una especie de sampleos, para unirlos a la balada y la bebida.

De alguna manera, siento que Los Testaferros tienen alguna relación con Rigo Tovar o Los Ángeles Negros, pero esto puede ser sólo mi percepción. ¿Tenías en mente algunos artistas reales a la hora de inventarlos?

Hay guiños a Rigo Tovar, a Los Ángeles Negros, a Los Bukis, pero también a Los Beatles, a Los Secretos, a Robert Jhonson o a la generación Beat. Quería trazar un vínculo entre todo eso y finalmente lo encontré en la balada. Sin embargo, el mayor guiño es que cada uno de los integrantes de los Testaferros está inspirado en varios miembros de un colectivo cultural Tarántula Dormida, formado hace 20 años en Chilpancingo, Guerrero y del que formo parte. Ellos no lo saben y espero que nunca se den cuenta.

Balada de Testaferro tiene su lado sexual –digamos- y por otro esa parte de un grupo que sólo quiere tocar baladas sobreviviendo en el ambiente cantinero. Este registro toma distancia de la literatura negra a la que has recurrido. ¿Cómo fue que encontraste el tono correcto para narrar y desarrollar sin problema alguno esta historia?

Me defino como un narrador 4×4. Siempre ando entre un género y otro: voy del cuento a la nota roja; de la novela al artículo; de la crónica al cuento infantil. Hay trabajos que los narradores no quieren hacer. Por “falta de inspiración”, “de tiempo”, porque no están “empapados”. Escribo todos los días, sin horario fijo, ni lugar. Siempre tengo escritos en proceso. Una tarde, mientras saboreaba un whisky con agua de coco (así se bebe por acá) me vino a mente el tono de la novela con tintes beat que siempre quise hacer. Escribirla fue divertidísimo, lo cual agradezco, pues me ayudó a sobrellevar el tormento que vino al intentar publicarla.

¿Por qué crees que la conexión de literatura y música produce obras con las que la gente se identifica de forma inmediata? ¿La consideras una buena manera para conjugar sus pasiones?

Claro que hacen conexión, tal vez porque música y literatura son mundos bien cercanos, aunque en la actualidad se les conciba separados. La simbiosis música-literatura no es nueva, pero tampoco es perfecta. Pueden, eso sí, comerse en el mismo plato, lo cual muchas veces llega a ser suculento.

 

No te pierdas la presentación de esta novela que forma parte de la colección #TintaSonora.