“Por fin un concierto en el que no se subirán Rubén Albarrán ni Jay de la Cueva”, les dije apenas nos acomodamos en la sala. Nos reímos. Semanas antes nos habíamos burlado con la idea de que por primera vez y por gusto, nos levantaríamos de madrugada un sábado. Pero Black Sabbath lo valía. La realidad es que a ninguno nos costó trabajo. La edad te convierte lentamente en una morning person. A tu cuerpo le hacen falta menos horas de sueño, porque sabe que le queda menos tiempo de vida.
TXT:: Arturo J. Flores
“Antes de las doce no me entra un trago”, había dicho Gabriel. El resto de la tropa coincidió, pese a que alguno esgrimió el viejo argumento: “En Inglaterra, ya son las 5”. Preferimos honrar al heavy en su funeral de cuerpo presente con tamales oaxaqueños y café de olla. Pero a Karla le debemos el detalle de haber comprado platos morados y servilletas negras que hicieran juego con la ocasión.




Lo logró, el maldito lo logró
Aún así, se nos escapó algún bostezo antes de que Mastodon nos recetara la primera cachetada sonora. No lo decíamos, pero qué envidia nos dieron los que sí consiguieron boleto para el estadio Villa Park de Birmingham. Mao, por ejemplo, el vocalista de SN7. A mi amigo lo encontré en el bar de AC/DC durante la celebración del Power Trip en Indio, California, en 2023. Chocamos accidentalmente en medio del bullicio y para celebrarlo, esa vez sí chocamos los vasos.
Se trataba del festival en el que supuestamente se presentaría Ozzy por última vez, pero que tuvo que cancelar porque la salud ya no le alcanzó. Y en el que la segunda gloria de Birmingham, Judas Priest, entró al quite. “Este perro sí anda allá”, le escribí a Gabriel cuando iba en el Uber rumbo a su casa y me encontré la foto de Mao en el scroll de Instagram.

El rey tiene Parkinson, ¡viva el rey!
Al final, fueron muchísimos los perros que le ladraron a la luna desde Inglaterra. Sí, como en el disco de Ozzy, lanzado en 1983. Pero muchos más los que nos sentamos delante de un dispositivo a lamernos las heridas. 5.3 millones de mastines conformamos la jauría digital, que reunimos —sí, me incluyo porque estuve entre los que pagamos— un estimado de 140 millones de libras que serán donadas a tres causas benéficas de la ciudad. Entre ellas, una dedicada a encontrar la cura contra el Parkinson, la enfermedad que doblegó al Príncipe de las Tinieblas y lo hizo despedirse sentado en un trono.
A Mastodon lo relevó Rival Sons y a ellos Anthrax. Fue la agrupación liderada por Scott Ian quien interpretó “Into the void”, de los Sabbath. Después vino Lamb of God. Me emocioné muchísimo al ver que Randy Blythe llevaba puesta una camiseta con el símbolo del periodismo Gonzo, el puño de los dos pulgares. Desde algún rincón ardiente del infierno, el doctor Hunter S. Thompson seguramente sonreía complacido. Los de Richmond escupieron una versión brutal de “Children of the grave”. Estábamos acostumbrados a escucharla con White Zombie, quien la grabó para el tributo Nativity in black: A tribute to Black Sabbath, en 1991. Por cierto, a muchos nos llamó la atención la ausencia de Robert Bartleh Cummings en el Back to the begining.
Pero ni son todos los que estuvieron, ni estuvieron todos los que son.

La mujer detrás del Súper Tazón del Metal
Pero entre quienes le presentaron sus respetos a Ozzy, Tony Iommi, Bill Ward y Geezer Butler, además de responder a la convocatoria de Sharon, no hubo desperdicio. Le tiran mucho hate a la señora Osbourne; pero nadie, además de ella, levanta el teléfono y convoca a semejante pléyade de bastardos. Aquí hay algo me llamó la atención. Pese a que una mujer fue la artífice de lo que el Perro Muchacho calificó atinadamente como El Super Bowl Metalero fue una mujer, sólo otra apareció tocando en más de 10 horas: Lzzy Hale, de Hailstorm.
Y antes de que alguien diga “ezdequenohay”, sépase que Doro Pesch subió una historia en la que aparecía haciendo el aguante desde las gradas. Ella debía estar sobre las tablas.

Pongan Black Sabbath
“A los metaleros les gusta ver a otros metaleros tocando canciones de otros metaleros”, dijo en algún momento Gabriel, mientras uno de las dos súper bandas descargaba sus cóvers. Por eso nos brincó la presencia de Billy Corgan. Máximo respeto al líder de Smashing Pumpkins, pero es un extranjero de esta escena. Y aunque la calva lo hermana con Rob Halford, ni en broma alcanza los registros vocales del británico. Por eso “Breaking the law” nos supo descafeinada, rebajada con leche grunge.
Otra cosa fue la comparecencia de Alice in Chains, quienes pese a ser apóstoles del rock alternativo de los 90, definitivamente abrevaron más del metal y el stoner.

Dale un codazo a Aquaman
Tuvo su encanto ser parte de algo como Back to the beginning. Héctor dijo que era como nuestro propio Live Aid. La modernidad nos obliga a pensar la realidad de otras formas. Antes, sencillamente uno no tenía la conciencia de ser un testigo de la historia. En la actualidad, hasta jugamos a adivinar qué de lo que ves terminará inmortalizado en un meme.
Lo intuimos en la presencia de Jason Momoa como presentador. De la manera en la que Aquaman se enfrentó al peor de los mares picados: el slam. Porque no se podía conformar con ver a su banda favorita, Pantera, como un torero cobarde que contemplaría los toros desde la barrera. Sin codazos en las costillas no vale.

Cerdo de guerra el que apoye a Israel
También estuvo justificada y colosal mentada de madre que el vocalista de Disturbed, Erich Awalt, recibió cuando subió al escenario. Se lo ganó por andar estampando su rúbrica en los misiles del genocida Netanyahu. Con ganas de gritarle en la jeta: Evil minds that plot destruction… Sorcerer of death’s construction…
Intentaré resumir en una frase lo que siguió. Brutales estuvieron Gojira, Slayer y Tool. A Guns N´ Roses no se le perdona la mickeymousesación de Axl Rose, pese a que el mismo Ozzy compartió su emoción por saludar al cantante, a quien consideró una leyenda. Metallica hizo lo que mejor sabe hacer. Y… para cuando terminaron, decidimos que ya era hora de beber en México y en el Reino Unido.
Además, habían llegado las pizzas.

Santos murciélagos decapitados, Batman
Compartimos la emoción por ver cómo emergió Ozzy de una plataforma. Porque una vez más iba a compartir el escenario con Zakk Wylde (a quien definitivamente se le nota más cómodo tocando “Mr. Crowley” que “Cowboys from hell”), Mike Inez, Adam Wakeman y Tommy Clufetos.
Como un murciélago al que le hubieran arrancado la cabeza, lo dio todo antes del último aliento. John Michael Osbourne llegó a Black Sabbath por dos razones bien conocidas: era el único en el barrio con equipo de sonido propio y colocó un anuncio en el que dijo que necesitaba un toquín. 50 años después se despidió de una forma similar: era el único que podía organizar un concierto de semejante magnitud y además… quería gig. El último.




Marty, debemos regresar al principio
Se han reproducido cientos de clips en Internet de las personas presentes en Villa Park a quienes se les escaparon sendos lagrimones cuando escucharon “Mama I’m coming home”. Reconozco que yo también, mejor guardé silencio en la sala de Gabriel, porque se me podia romper en cachitos la voz. No recuerdo que él, Salvador o Héctor dijeran una sola palabra mientras sonaba la canción.
Sólo bebí dos cervecitas. Porque no queremos terminar como Ozzy. Pero la segunda fue para brindar por Sabbath. Cuatro canciones les bastaron para sellar el sepulcro. Obviamente tenían que ser “War pigs”, “Nativity in Black (NIB)”, “Iron man” y “Paranoid”. Se la debían a Ward, quien fue relegado de la gran y célebre última gira. Cuando el cantante aún se apoya en sus piernas. A lo mejor por eso al final, el baterista se despojó de la camisa y orgulloso de sus pellejos, sus arrugas y cicatrices, recibió el que quizá sea el su último aplauso en un estadio.
En la pantalla apareció una leyenda de agradecimiento. Back to the beginning había concluido. Me vino a la cabeza la escena de otro regreso, en este caso al futuro, cuando Marty McFly ve cómo se desvanece su mano, ante la imposibilidad de cambiar el pasado. Así los padrinos del metal nos daban la bienvenida al verdadero infierno… No el del silencio o el del retiro, sino el de la orfandad. Aquí no existe un DeLorean que nos regrese lo que perdimos, maldita sea.

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