#EnMisTiempos

TXT: Arturo J. Flores

“Me han hablado las paredes,

Y me han dicho la verdad.

Mi cerebro ya no tiene,

Derecho a mi enfermedad.”

Espécimen.

 

Decimos que las paredes oyen. Pero no hablamos lo que esas mismas paredes dicen.

Sustituimos el hábito de escucharlas por la compulsión de revisar otros muros. Los de Facebook. O la ventana volátil de una Instagram Story.

Hubo un tiempo en las paredes –las de ladrillo y cemento– fueron determinantes en la historia de la música. Lo que gritaban pesaba.

Ozzy se reunió con Black Sabbath a consecuencia de un anuncio que el cantante colgó en una pared. La de un local al que los músicos de Birmingham acudían con regularidad. Geezer Buttler lo arrancó y se apersonó a la puerta del cantante para preguntar quién había sido el desquiciado que había garrapateado en un papel: “Ozzy Zig needs gig”. En español un aproximado sería: “Ozzy necesita un toquín”.

Así se lo platicó el Amo de las Tinieblas al periodista Chris Ayres cuando escribieron al alimón el libro I am Ozzy. El subtítulo de la edición española es una puta joya: “Confieso que he bebido”.

Pero no es el único caso.

Las paredes le hablaron también a James Hetfield, aunque en su caso, a través de un clasificado que el joven de origen danés Lars Ulrich publicó en la revista Recycler. Buscaba un guitarrista para ensayar algo que se pareciera a la Nueva Ola del Heavy Metal Británico (NWOBHM por sus siglas en inglés) y que con los años se convertiría en discos de Metallica que a muchos de nosotros nos marcaron. Kill em’ all, …And justice for all, Master of Puppets.

Antes de los 90, era común que antes entraras a una tienda de discos y encontraras un tablero de corcho, en el muro tapizado, de anuncios. Bandas incompletas, mutiladas y malformadas que le pedían al azar un parche para cubrir sus carencias. Tecladistas (con equipo propio), cantantes (guapos, de preferencia), guitarristas (hueseros no; es decir, aquellos que como mercenarios se ganaban unos pesos extras interpretando covers en los bares), bajistas (en otros tiempos más difíciles de encontrar que un unicornio) y bateristas (que coordinaran el doble bombo) huérfanos en espera de ser adoptados.

Porque donde se terminaban los amigos que medio supieran cómo funcionaba un instrumento musical , comenzaban las angustias para los grupos de garage.

Hace un par de días caminaba por la colonia Roma cuando una pared me habló.

Hacía mucho que no escuchaba a un muro.

El mensaje podía provenir de otro mundo. Lo firmaba un(a) tal Alien Beach. Lo había colgado en un muro grafiteado y colmado de stickers sobre Monterrey. Me llamó la atención que en tiempos en los que los jóvenes privilegian el diseño, en el que cualquiera puede construir un deslumbrante flyer en su Mac, con fotos en alta resolución y dibujos trazados con una pluma electrónica en una Wacom, La Playa Alienígena hubiera escrito su cartel con plumón en una hoja de papel.

“Se busca guitarrista, bajista y baterista.

Influencias: Noise, Shoegaze, Dream pop, Lo-Fi, Grunge, Garage o la mierda que te guste. Interesado(a)s: 55-18-48-59”.

 

Se había dibujado a su misma o mismo. Incluso se equivocó en un dato y lo tachó. Fue ese conjunto de elementos lo que me hizo confiar en él o ella. El error humano. En pleno 2019, cuando hasta la más mínima errata se corrige digitalmente, el autor o autora había decidido dejar sus pifias por escrito. Quizá se asumiera habitante de otra galaxia, pero a mí me parecía que era una criatura de carne y hueso.

Me intrigó tanto que intenté entrar en contacto con la Playa Alienígena.

Violé la atmósfera old school de la experiencia y le envié un WhatsApp.

Me respondió cinco minutos después y lo entrevisté.

 

Alien Beach dijo llamarse Ernesto Santana. Compositor, cantante y guitarrista de un proyecto independiente con siete meses de antigüedad, que cuenta con un sencillo en YouTube. Me dijo que el nombre se le ocurrió a partir de un par de conceptos. “Alien” por la canción Oshin (Subsume) de la banda neoyorkina DIIV y Beach, en sus palabras “para dar la percepción al oyente de que es una agrupación que toca surf”.

 

Respecto al por qué colgar un anuncio hecho con plumón, me dijo:

“En la actualidad, es un común que alguien busque gente con quién tocar en las redes sociales, pero a mí no me gusta. Decidí escribirlo con plumín porque es más orgánico, que te transmite mucho más que un teclado a través de una pantalla”.

Conmigo, por lo menos, funcionó.

En realidad, el que yo vi no era el único anuncio. Ernesto escribió varios mensajes. Los dispersó a lo largo de la Roma-Condesa y esperó a que alguien contestara.

Ayudemos a la Playa Alienígena a encontrar a los integrantes de su banda de rock.

Quién sabe. Tal vez estás líneas sirvan para escribir una gran historia.

 

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