El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro llegó para quedarse en el inconsciente colectivo de la cultura mexicana contemporánea. A las versiones de protagonistas y testigos de aquel festival, ahora se suma la visión del director J.M. Cravioto, quien entrega una historia dinámica y ágil, gracias al tono de falso documental, donde Alejandro Speitzer, como Eduardo El Negro Negrete, y Emiliano Zurita, como Justino Compeán, transmiten buena química.
Con una ambientación cuidada y un contexto histórico convenientemente escueto, pero efectivo para contar su historia, Cravioto no ahonda mucho en el México post-masacre 68 ni halconazo 71; la intención aquí es contar la anécdota del origen del Festival de Avándaro desde el punto de vista de sus protagonistas: dos juniors de aquella época. Desmenuzando el mito del “Woodstock mexicano”, Autos, mota y rocanrol expone el accidente histórico de haber reunido a algunos de los grupos de rock más importantes de aquellos años: Peace & Love, Dug Dugs, Three Souls in My Mind, El Ritual, Bandido, Tinta Blanca, Epílogo y La División del Norte.

El carácter circunstancial y orgánico queda bien plasmado en la historia: aquella carrera de autos donde se esperaban no más de cinco mil personas terminó siendo un festival de rock con más de 300 mil asistentes. Una válvula de escape que retó a la autoridad represiva de aquellos años y que dio paso a una de las épocas más oscuras para la sociedad mexicana, principalmente para los jóvenes: la llamada época de la Guerra Sucia que estigmatizó a la cultura rock en nuestro país. Detalle al que no se hace referencia en ningún momento en la cinta. Es aquí donde la película queda a deber. No era su intención, aunque sí causa extrañeza que la historia quede en una anécdota chistosa donde la “ocurrencia” de estos juniors de milagro no acabó en desgracia.
El cierre causa confusión al presentar, por una lado, los éxitos posteriores de sus protagonistas en la vida real: Justino Compeán (productor de la película), siempre al lado de Televisa; por el otro, una omisión: no mencionar la represión que recibió el rock mexicano durante casi veinte años. Y aunque en los créditos finales aparece una nota donde se reconoce a los que mantuvieron la llama del rock encendida en nuestro país (mientras suena “Lo hice por el punk”, de Belafonte Sensacional), Autos, mota y rocanrol no deja de ser una historia donde ganan los de siempre, aquellos que por lo regular terminan contando la historia.
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