Escribo en el día en que las mujeres no están. Intento llenar con música el vacío de su silencio. Me embarco en la búsqueda de una playlist que, al estilo del cuento de Ray Bradbury, sirva como Remedio para melancólicos.

TXT:: Arturo J. Flores

Ni el peso del metal de King Diamond me sirve para aplastar esta ausencia. Tampoco me levanta del asiento el latigazo de energía que Kakkmaddafakka suele inyectarme en la espina. Ahora sí, como dice Megadeth en “Countdown to Extinction”: el silencio habla más fuerte que las palabras.

Nadie me preparó a escuchar a Joy Division junto a ti. Pero mucho menos en el día que no estuvieras. Cuando la guitarra de Bernie Sumner no me erizaría los vellos del cuerpo con su quirúrgico ataque, sino a causa del miedo. Del terror de que faltaras; cuando sólo emerja de una tumba la voz de Curtis para gritar que el amor nos partirá en dos.

No me atrevo a cargar con este silencio hasta la oficina. Ni a dedicarles un minuto de silencio. Por eso lleno cada instante del día de música. Tampoco creo que sea el único. Cierto es que hay los imbéciles que ríen, los que incluso en este escenario negro encuentran humor para bromear. Pero la mayoría nos recetamos unos audífonos que nos salven de nuestros pensamientos.

Cualquier melodía hace más llevadera la excursión por esta ciudad medio habitada. Medio sufrida. A medias hasta la luz, porque el sol ni se decide a salir o esconderse.

Hace un mes tú y yo nos comíamos las uñas por el inminente estreno de The Slow Rush. Acariciábamos los boletos para el concierto de Tame Impala en el Foro Sol con la satisfacción del Aladino consciente de que esos trozos de papel esconden una explosión de magia.

Una semana antes, jugábamos con Ghost a ser satánicos. De pronto, el fantasma eres tú. Casi todas. En la oficina me ubico en medio del estoicismo de estas sillas vacías. Soy prisionero del escaparate en una mueblería que nadie visita.

A la izquierda reposan unos audífonos. Antes de que este cometa cayera, había una amiga que escuchaba a Madame Gandhi. El viernes, ella rubricó con una canción su despedida. La última canción que escuchó fue The future is female.

La Redacción le decimos a estas cuatro paredes en las escribimos, texteamos, hablamos (cada vez menos) por teléfono, reímos, comemos comida chatarra y escuchamos música.

Pero más desconcertante que no escuchar nada es que sólo suene la mitad de todo. Este no es el lado oscuro de la luna, sino el cuarto creciente.

Ahí está el compañero que siempre pone a U2, pero falta la que es fan los Strokes. Vino el que se receta musicales de Broadway enteros, pero ni rastro de la que desde temprano ahuyenta a los vampiros con estacas de reggaetón.

Por la noche asisto al programa de radio en 98.5. Por primera vez en casi un año no veo batallar a la productora al otro lado de la pecera. No vino para prevenirnos a través el monitor que le quedan 15 minutos a la canción. Tampoco nos marca los cortes, coordina escaletas o nos devuelve con sutileza, cuando divagamos, al redil del guion.

A su salud, Bikini Kill.

De regreso en la cueva, otra vez el silencio. El celular y el alma se han quedado sin batería. Pero aún hay tiempo para una última canción. Pienso en los Manic Street Preachers, mientras el paro, igual que un eclipse está a punto de llegar a su fin. “You stole the sun from my heart”, canta James Dean Bradfield.

Lo peor es que no es verdad.

El sol nos lo vamos a quitar nosotros solos.

Por idiotas.