TXT: Toño Quintanar

En estos extraños tiempos que corren –tiempos regidos por un servilismo moral que parece ahogar cualquier forma de expresión que no cumpla con los parámetros exigidos por los luchadores sociales de Twitter- rodar una cinta de carácter incorrecto es un acto de auténtica valentía.

Afortunadamente, el influjo de la ética edulcorada aún no ha triunfado de forma total dentro de los círculos creativos más transgresores. Prueba de ello es Alipato: the Very Brief Life of an Ember (2016), cinta que podría definirse como la Gummo del Siglo XXI.

Dirigida por el enigmático realizador filipino Khavn De La Cruz, esta cinta nos sitúa en las delirantes andanzas de una pandilla de niños –los más pequeños no superan los 7 años- quienes se abren camino en medio de un contexto futurista regido por la violencia y la desolación.

El principal ingrediente de esta joyita es su naturaleza decididamente absurda, misma que, sazonada por una serie de agudezas estéticas tremendamente alucinantes, nos presenta una colección de aberraciones que llevan al extremo las capacidades sórdidas de la imagen en movimiento.

Alipato es una auténtica colección de obscenidades que se arraigan férreamente a la susceptibilidad sensorial del receptor. Niños asesinando inocentes de la forma más gráfica posible, sexualidad desgarbada y traumatizante, bebés recién nacidos muriendo aplastados y un dantesco mundo en el que la basura parece ser la argamasa por excelencia del devenir humano son sólo algunos de los componentes de esta barbárica puesta en escena la cual es retratada desde una perspectiva cutre que, lejos de reducir las capacidades enunciadoras del relato, apela a un surrealismo mostrenco, plenamente cautivador, que va de lo hilarante a lo perturbador en fracción de segundos.

El lenguaje fílmico empleado por De la Cruz nos saca de nuestra seguridad de testigos desinteresados para sumergirnos de lleno en un mundo dantesco que parece trazado en bajorrelieve sobre la pantalla.

Definitivamente, un inquietante triunfo del cine grotesco que nos recuerda que no hay analogía social más potente que aquella que nos hiere en lo más profundo de nuestro subconsciente con el fin de visibilizar las atrocidades que yacen adheridas a la propia condición humana.

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